Que tengan cuidado con la bruma de nuestros mares
que estallan y llegan hasta nuestros sembrados,
es bruma de millones de lágrimas, de los sin tierra
que hemos dicho basta.
Este torrencial de tambores llama a levantarnos,
que todos se levanten,
que se llame a todos,
que no haya un pueblo ni dos pueblos que se queden atrás de los demás,
es tiempo de caminar juntos el mismo paso,
el mismo ritmo,
la misma voz.
Auldárico Hernández*
En un solitario párrafo de un artículo dedicado a varios temas, el arqueólogo Ignacio Rodríguez García consideró que el concepto Mesoamérica había perdido validez. Además, lo sugirió como tema de un debate entre otros a los cuales dedicó unas líneas más.1 Esto motivó una crítica de diez párrafos, publicados en la misma revista donde el arqueólogo mencionó el asunto casi de paso.2 ¿A qué vino tal desproporción que dio lugar a una respuesta,3 su respectiva réplica4 y a un cónclave con varios colegas?
Como se sabe, los antecedentes de toda acción suelen remontarse tan lejos en el tiempo que exigen averiguaciones detenidas. De momento, evítese tal exageración y véase lo inmediato. En 1993, el crítico de Rodríguez García había participado en una conferencia colectiva a propósito de la entonces reciente aparición de dos libros: Los mitos del tlacuache de Alfredo López Austin y La mitad del mundo de Jacques Galinier.5 Entonces, siguiendo a Andrés Medina, él abordó las repercusiones que tales obras tenían en la etnografía mexicana, como modelos que mostraban la existencia antigua y contemporánea de un simbolismo imaginario entre los pueblos mesoamericanos y sus descendientes. A propósito de ello, él se refirió a la siempre crítica relación entre la etnología y la antropología social. Mientras una hacía ver cómo se pierde la envoltura que engloba el todo social, cuando se mantiene la vista puesta sólo en lo inmediato y los ingentes problemas sociales, la segunda reprochaba a la primera la falta de una visión mínima del presente y sus más candentes cuestiones. De hecho, las dos críticas tenían razón y, por tanto, podía esperarse de las dos disciplinas un acercamiento mutuamente complementario. De más está decir que la etnología dedicada al trasfondo cultural que subyace tras la problemática social estaba asociada a la historia mesoamericana, como Galinier y López Austin lo confirmaron. Se trataba pues, más que de negar importancia a los temas de una u otra disciplina, de encontrar los hilos que los imbricaban.
Tiempo después, tuvo lugar una mesa redonda sobre la visión integral en ciencias sociales.6 El futuro crítico de Rodríguez García participó esta vez pronunciándose por el mantenimiento y cultivo -al menos entre un sector del gremio- de la visión integral de la antropología, señalando la mesoamericanología como el campo propicio para ella. Durante las intervenciones fue evidente para él la existencia de una posición que negaba vigencia a dicha visión: unos por desconocimiento, pues recibieron formación diferente a la mexicana integrativa que, hasta hace una o dos décadas, se ofrecía en algunas escuelas de antropología; otros, por provenir de otras profesiones interesadas en abrir su propio campo de acción. Ambos negaron actualidad a una antropología integral sin caracterizar la naturaleza de lo que negaba y sin proponer el tipo de antropología que pregonaban. En el segundo caso porque simplemente deseaban desplazarla para ocupar su lugar (empleos y presupuestos) en las instituciones. Un argumento aducido insistentemente fue el de la caducidad de los problemas antropológicos integrales (que nunca se identificaron) y la existencia de otra problemática actualizada (que tampoco se especificó).
Hubo otros hechos similares presenciados por el multicitado crítico, quien confirmó su impresión de muchos años atrás, en el sentido de que, en México, la visión integral estaba reduciéndose a su mínima expresión. El abandono de los temas antropológicos por parte de los antropólogos físicos y el cada vez menor número de lingüístas antropólogos eran evidencias palpables. Los estudios con los que sustituían los anteriores tenían su interés y relevancia, pero dejaban huérfano todo un inmenso campo de trabajo, en cuya atención los etnólogos no pueden darse abasto. ¿Acaso los problemas antropológicos ya estaban resueltos?, ¿no eran problema?, ¿habían desaparecido como tales?, ¿habían dejado de ser relevantes?
Quizá la mayoría de los miembros del gremio antropológico mexicano estaba convencida de algunas de esas suposiciones. Pero ahí estaban las obras de Galinier y López Austin. Ahí estaba Resistencia y utopía de Antonio García de León, un monumento de historia antropológica sobre los pueblos de Chiapas y sus luchas. Una inquietud que tenía a la antigua civilización mesoamericana como fondo, seguía viva en congresos y recintos de investigación y docencia.
La negación de ello debía tener alguna explicación, más que en el simple rechazo a figuras caciquiles ya intangibles (como la de Alfonso Caso) y a un pasado de mediocridad burocrática que sólo recuerdan unos cuantos viejos sobrevivientes. Las vacas sagradas finalmente se extinguieron del planeta. Y el burocratismo y la mediocrización contemporánea tienen otro origen ajeno a la mesoamericanología, la cual dejaron de conocer y aplicar muchos, si no es que todos los funcionarios académicos: el despojo de la capacidad antropológica para contestar preguntas y su conversión en una actividad para realizar tareas rutinarias.
La pista debía estar en otro lado (pensó el crítico), y la encontró casualmente en 1996, durante la XXIV Reunión de Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología (SMA).7 Ésta fue dedicada a la Antropología e Historia del Occidente de México, después de casi 50 años de la Cuarta Reunión que la propia SMA organizó para discutir sobre El Occidente de México en 1946. Entonces, la existencia en el pasado de dicha área presentaba una problemática interesante vinculada a la mesoamericanología. Los recursos empíricos y teóricos disponibles en aquellos años para, al menos, establecer en qué consistía esa problemática eran pocos. Sin embargo, algo pudo adelantarse. Muertos casi todos los participantes originales, cincuenta años después, justo fue que se convocara a una reunión para replantearla y evaluar en qué se había avanzado, en qué se había retrocedido o equivocado y, sobre todo, en qué consistía ahora el problema histórico antropológico de los pueblos del Occidente Mesoamericano. Con tal idea y suponiendo que la Mesa había sido preparada de manera que pudiera llevarse a cabo tal confrontación, el crítico tan insistentemente citado, acudió a la reunión en Tepic. Ahí protagonizó un altercado al intervenir ante la falta de la polémica crítica que había caracterizado originalmente dichas mesas, fundadas para deliberar más que para el regodeo de sus ponentes invitados.
En retrospectiva, el crítico se percata ahora de lo que no vio entonces. La mesa fue organizada bajo la influencia de figuras de instituciones académicas con sede en estados del noroeste mexicano. Dada esa circunstancia, la organización fue influida por la fuerte tradición de la historia convencional regional que privilegia, como fuente de conocimiento, el documento de archivo; es decir, y aquí la pista empieza a aflorar, de las fuentes para la historia de los españoles criollos.
El Occidente como palabra de uso público existía desde tiempo inmemorial, tal como lo demuestra el conocidísimo lema: “Guadalajara, la perla del Occidente.” Pero al crítico le llamó la atención la insistencia del uso de la palabra como concepto cultural -retomándolo ahora de la antropología- para aplicarlo al presente, cuando en realidad se basa en datos arqueológicos y la etnografía de sociedades antiguas. Evidentemente, se estaba dando un uso ideológico a un concepto antropológico. En este punto, el crítico que peca siempre de imprudencia, saltó cuando en una de las sesiones de la mesa un ponente preguntó para qué se había ido a tal reunión. Poco antes, una alemana criolla -entonces funcionaria de una institución cultural- había afirmado que ahora había otros problemas a los cuales dedicarse, negando así la actualidad de la problemática antropológica. Lo curioso es que dicha funcionaria era miembro de ¡la Comisión Organizadora! Pero, junto con otros ponentes, parecía haberse dedicado a señalar que había otros temas tal vez más importantes que el antropológico. ¿Entonces, para qué se había citado a una mesa dedicada a una de las cuestiones notables de la mesoamericanología? ¿Acaso para negar su pertinencia? Fue la gota que derramó el vaso.
Los detalles del incidente fueron tema de corrillo y estaría de más mencionarlos aquí. En cambio, importa saber que el crítico aceptó que se habían ido descubriendo otras cuestiones de la mayor importancia e interés, pero eso no suponía que las viejas preguntas que aún tuvieran vigencia se hubieran respondido y que, por tanto, carecía de sentido menospreciarlas y, tal vez, abrigar su intolerante rechazo. Asimismo, vale conocer la interpretación hipotética que, a posteriori, el crítico infirió de tal actitud: una corriente de intelectuales estaba construyendo una identidad cultural adecuada para las clases dominantes regionales y su base sociodemográfica: los descendientes de españoles criollos que habitan amplias franjas de El Bajío y otras regiones de los estados de Michoacán y Jalisco. Se trataba pues, de recrear un Occidente específico donde: a) el pueblo que tenga la hegemonía cultural sea el español criollo, y b) las clases que posean el poder y el control ideológico sean la empresarial y la oligarquía de viejo cuño. Un Occidente “sin indios viables”, cuyos habitantes descendientes de los pueblos mesoamericanos sean tratados como minorías en extinción o extinguibles, de los cuales sólo sean útiles su folclor y lo que de su historia sirva para legitimar el dominio de la nueva derecha.
Tal tendencia puede percibirse en la complaciente y lujosa obra culinaria Michoacán a la mesa,8 que es una compilación de artículos y olvida dedicar un espacio a su contexto social y al hambre y la desnutrición en dicho estado. Infinitamente lejos de aquella línea latinoamericana de estudio sobre estos temas, cuya expresión mexicana fue Diagnóstico sobre el hambre en Sudzal, Yucatán, de Guillermo Bonfil Batalla.9 Una amnesia significativa.
En tal sesión había predominado la participación de historiadores. Por supuesto, la polémica estuvo lejos de centrarse en una disputa intergremial, como pareció entonces, mal se haría en reducirlo sólo a eso. El asunto es que fue la historia española peninsular y criolla la que preocupaba. Sin duda, tal historia forma parte indisoluble de la región y la nación, pero mal haría en negar la de los pueblos mesoamericanos.
Incluso, se hizo menos la problemática tarasca al considerarla como una más de entre otras. En efecto, lo que en el pasado se llamó “el problema tarasco” se conformó por un conjunto abigarrado de cuestiones, entre ellas aquellas relativas a:
• El sustrato de culturas arcaicas en el suelo hoy llamado michoacano.
• Los pueblos, sociedades y culturas mesoamericanas radicadas posteriormente.
• El arribo y las características de los tarasco chichimecas fundadores.
• El aislamiento de su lengua.
• Las semejanzas con pueblos sudamericanos.
• La aculturación de tales cazadores chichimecas y su transformación en unos de los más poderosos señores mesoamericanos del siglo XVI.
• La asociación simultánea con otros pueblos y lenguas (como los nautlanos) en el mismo territorio.
• Las migraciones tarascas hacia otras regiones.
• Las sobrevivencias actuales del pasado tarasco antiguo.
Tras la configuración del conjunto de éstos y otros asuntos que constituyeron sin duda uno de los más grandes problemas científicos de la mesoamericanología, apenas ha vuelto a plantearse su revisión. Con seguridad, una síntesis actualizada mantendría vigentes algunos de ellos e incluiría otros más, tales como la conformación del pueblo purépecha novohispanizado, la constitución de comunidades agrarias corporativizadas con sus respectivos gobiernos, las sucesivas reestructuraciones socioeconómicas y políticas, la reconfiguración étnica y clasista a partir del siglo XVI, etcétera.
Temas como éste era de esperar que fueran tratados en la XXIV Mesa Redonda, pero una tendencia intelectual se esforzó por ignorarlos olímpicamente, pues “tal vez ahora hay otros problemas”. ¿Cómo cuáles?, sería bueno saberlo puesto que, precisamente, el descubrimiento de preguntas de creciente complejidad es una tarea necesaria para avanzar en la investigación.
¿Estamos ante una nueva expresión de la pugna hispanismo versus americanismo? Tal vez, pero también frente a una expresión ideológica de la oligarquía criolla neoconservadora que se empeña en construir un país “sin indios”, cuya guerra clasista y racial incluye la reescritura y recreación histórica que no precise de Mesoamérica como cimiento de su pasado.
En fin, sean cuales hayan sido las intenciones y orientaciones sobre las cuales en este texto sólo se ha especulado, lo cierto es que, las preguntas formuladas hace cincuenta años sobre el Occidente sólo se han respondido de forma parcial y limitada. El ejemplo más conocido es el problema del origen de la lengua tarasca, hasta ahora sin solución. Hay otras preguntas descubiertas entretanto, algunas tienen que ver con la historia de otros pueblos posteriores en el tiempo. Pero el conocimiento antropológico avanza respondiendo o reformulando preguntas, no desechándolas por irrelevantes conforme a valores de dudosa naturaleza científica.
En este contexto personal, el artículo de Ignacio Rodríguez García aparece con un pequeño párrafo alusivo al tema. ¿Alguien puede ahora considerar desproporcionada una reacción ante una declaración que, a diferencia de lo que su autor piensa, recoge una corriente importante de opinión?
El marco mesoamericano de la antropología es visto con desconfianza, entre otras razones, por su asociación en el pasado con el nacionalismo “oficial” (cualquier cosa que con eso quieran decir los que de él hablan) y los cacicazgos y monopolios intelectuales y administrativos de figuras hegemónicas y sus seguidores. Respecto del nacionalismo, el marco mesoamericano impulsó la antropología en la primera mitad del siglo XX, pero esta ideología tuvo infinidad de interpretaciones, desde la popular hasta la fascista. Por lo demás, la idea de Mesoamérica surgió en una antropología que daba importancia a los estudios comparativos de pueblos, sociedades y culturas de todas partes del mundo. Por ello, la civilización mesoamericana fue perfilada en el contexto del lugar que ocupaba en la evolución de la humanidad, la comparación de sus rasgos con los de otras áreas culturales y civilizatorias, y la confluencia de una diversidad de corrientes. Varias circunstancias cercaron la idea en un nacionalismo cerrado, pero Kirchhoff todavía en 1972 seguía estudiando la difusión (no influencias) de otras civilizaciones en la mesoamericana, mientras sus atónitos alumnos se resistían a dejar de considerar que lo mesoamericano fuera un desarrollo nativo.10 Así que el uso del término Mesoamérica como una entidad pura y excluyente traicionó sus orígenes intelectuales.
Respecto de los controles administrativos, al menos un par de caciques pretendieron serlo intelectualmente también, logrando imponer tareas y enfoques en ciertas dependencias mientras las gobernaron. Pero su absolutismo se limitó a ellas y, a veces, sólo parcialmente, pues siempre hubo manera de darles por su lado, mientras se aprovechaba para hacer otras cosas de diversa índole a las impuestas. Ningún intento de avasallar totalmente al conjunto de las disciplinas antropológicas tuvo éxito. Además, el temor es ahora infundado pues difícilmente podría siquiera intentarse reinstaurar un cacicazgo tal, en todo caso es improbable que prosperara el intento. La diversificación institucional y la protección sindical permiten la existencia de tendencias diferentes, algunas prosperando con apoyo presupuestal y otras con entusiasmo espontáneo. La antropología mexicana en su conjunto es un verdadero arco iris de posiciones políticas y enfoques teóricos. Por tanto, ahora es posible meditar en la proposición mesoamericanóloga en términos académicos sin los temores del pasado y sin recurrir a las reiterativas quejas por el aparato burocrático de las instituciones y las imposiciones de funcionarios. Ello existe y da una endemoniada lata obstaculizante, pero la iniciativa académica sigue estando en manos de los antropólogos, pues los jefes administrativos carentes de proyecto científico alguno, más bien se dedican a disfrutar la ilusión de grandeza que les proporcionan sus pequeños puestos.
Por supuesto, contrario a lo que ocurría antes, la crítica se ejerce ahora para acallar voces, sino para poner en tela de juicio las afirmaciones de todos. También para alentar el surgimiento o continuación de proyectos académico políticos que prometen resultados y que responden a inquietudes contemporáneas. En efecto, en esta polémica pueden tenerse entre manos al menos dos proyectos, uno científico y otro político.
Un proyecto científico: la civilización mesoamericana
Los antecedentes -mexicanos y extranjeros- del concepto Mesoamérica pueden ser rastreados desde el decenio 1910-1920. Este término fue acuñado por Paul Kirchhoff, quien tras una investigación de unos cuatro años, lo dio a conocer el sábado 23 de enero de 1943 durante una conferencia dictada para la SMA en la Ciudad de México.11 Aquel sábado, hace más de 57 años, quizás ni su propio autor imaginó el éxito nacional e internacional que su concepto tendría desde entonces. Ese mismo año, lo puso por escrito en su célebre artículo “Mesoamérica. Sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales”.12 Según su propio autor, en éste trabajo intentó “[…] señalar lo que tenían en común los pueblos y las culturas de una determinada parte del continente americano, y lo que los separaba de los demás”, para lo cual se limitó a “[…] enumerar sólo aquellos rasgos culturales que eran propiedad exclusiva de esos pueblos, sin intentar hacer una caracterización de la totalidad de su vida cultural” y sin analizar la formación y estructura de su civilización “[…] que obviamente es más que la suma de sus partes”.13 Pudo así, establecer la delimitación geográfica que en el siglo XVI tuvo la superárea cultural en la que se había expandido sus pueblos portadores, su composición étnica y sus características culturales.
Ello fue resultado del primero de una serie de estudios sucesivos que, según pensó Kirchhoff, debían realizar varios investigadores además de él mismo, para caracterizar la totalidad de la vida cultural de esos pueblos, analizar la configuración y estructuración de su civilización, establecer la división interna de la superárea en áreas culturales distintivas por su grado de desarrollo y complejidad alcanzada, y reconstruir la situación en épocas anteriores al siglo XVI, “[…] retrocediendo paso a paso hasta la formación misma de la civilización mesoamericana”.14 Un conjunto de tareas de gran envergadura.
En la actualidad, el concepto exige una crítica a fondo. El propio autor lo pidió en la publicación del breve artículo donde lo dio a conocer y volvió a hacerlo en su reedición en 1960.15 Aparte de la crítica al concepto mismo de “área cultural”, al menos otros tres aspectos deben ser objeto de ella: los datos, el método y el objetivo.
Los datos
Desafortunadamente, Kirchhof -como acostumbro en la gran mayoría de sus escritos- casi omitió sus fuentes y la historia de cómo realizó su trabajo. Existen varios testimonios orales según los cuales un grupo de estudiantes dirigidos por él se dedicó a “peinar” varias fuentes históricas, hasta ahora no identificadas plenamente en ninguna publicación sobre el tema, excepto las únicas referencias vagas del autor a las crónicas de Torquemada, Sahagún, Ixtlilxóchitl y la Historia tolteca chichimeca. En efecto, se presume que reunió predominantemente crónicas e informes escritos en el siglo XVI, de manera que usó datos etnográficos de dicha época sobre todo. Además, consideró también datos arqueológicos y lingüística histórica. Una crítica que ahora recibe el uso privilegiado de esas fuentes, es el desperdicio de la gran cantidad de datos etnográficos del siglo XX pertinentes al tema. Lo mismo podría decirse del conocimiento de las lenguas mesoamericanas vivas, cuyos datos son invaluables para conocer la presencia, movimientos y características de diversos pueblos; y ni qué decir de la antropología física histórica que permite identificar grandes movimientos y mezclas de bloques humanos. Curiosamente, falta un esfuerzo reciente que, con la gran cantidad de datos nuevos ahora disponibles, reformule la existencia de una macroárea cultural mesoamericana ateniéndose al mismo método seguido por Kirchhoff.
El método
Una de las estudiantes que participó en el proyecto, sin recibir crédito alguno por parte de Kirchhoff por cierto, fue la sueca Barbro Dahlgren. Según su testimonio publicado, el etnólogo alemán se basaba en datos localizables en el espacio y el tiempo, para con ellos aplicar un método geográfico histórico y lingüístico, para identificar elementos culturales “diagnósticos”. Con base en tales elementos, estableció áreas y subáreas culturales en el marco continental. De ese modo, él fue abarcando, uno por uno, los diversos niveles socioculturales en América, desde aquellos de los pueblos de Baja California hasta los de las altas culturas. Los indicadores que utilizó variaron según el nivel de desarrollo de los pueblos estudiados. Así, en el caso de los pueblos bajacalifornianos, tales indicadores permitieron darse cuenta de la ausencia de elementos básicos en la mayoría del resto de los pueblos mesoamericanos, por lo cual los incorporó después entre los pueblos de Aridoamérica. Según ella, el autor –consciente- de que el concepto de Aridoamérica excluía a los agricultores dispersos en dicha área- prestó mayor atención a factores ecológicos y tradiciones tecnológicas, refinado su concepto al añadirle el de Oasisamérica.16
Al parecer, desde 1939 Kirchhoff empezó su basta encuesta de los rasgos y complejos distintivos que le permitió concebir Mesoamérica, finalmente ayudado por varios estudiantes y, según se sabe, con al menos la cercanía crítica de Wigberto Jiménez Moreno. Esta macroárea la concibió caracterizada por una base económica suficiente para sostener una superestructura ideológica, de la cual destacaron una religión propia y varios logros intelectuales (calendario, anales, históricos, etcétera) manifiestos en estelas escultóricas y crónicas pictográficas, con pocos rivales americanos.17
Desafortunadamente, ningún otro método alternativo ha podido ser ensayado con igual éxito por antropólogos mexicanos para reemprender la identificación de macroáreas culturales en América. Así, pues, el método Kirchhoffiano puesto en evidencia con testimonios como el citado y lo que pueda inferirse del análisis de sus escritos, está sujeto a debate: tanto los postulados en los cuales se basa, como su funcionalidad o falta de ella.
La funcionalidad
El concepto hace referencia a la existencia en el siglo XVI de un área cultural con ciertos rasgos, al final de la era mesoamericana. Por tanto, tal área pudo ser diferente en el pasado anterior, incluso pudo estar fraccionada. También pudo sobrevivir algunos cuantos años tras la caída de la civilización mesoamericana. Como fuera, evidentemente es inaplicable al estudio del pasado anterior al siglo XVI, y con mayor razón, a la historia posterior. Y la necesidad de tener delimitada geográficamente el área mesoamericana para que pudiera ser útil en la investigación, de ser tomada al pie de la letra puede darle un carácter de extrema rigidez. Además en realidad el asunto de la delimitación geográfica es secundario, pues se deriva del resultado de la discusión de los temas mencionados y de los avances de la investigación. Así pues, como delimitación espacial y temporal requiere la adaptabilidad que exige el estudio de la naturaleza misma de la evolución mesoamericana.18 Aunque su concepción supuso las interrelaciones y confluencias continentales e intracontinentales, dio lugar a la idea de la existencia de una especie de “isla”, opuesta a las áreas circunvecinas, dentro de la cual la antropología se redujo a discutir quién si y quien no pertenecía a ella, sin dar un paso más allá de una fatídica línea fronteriza excluyente e impenetrable. Ya sea recuperando la flexibilidad original perdida en su uso posterior, dotándola de ella o sustituyéndolo por otro concepto que sí la posea, es preciso experimentar constantemente qué tanto puede seguir siendo instrumento para descubrir problemas y, por su puesto, si su objetivo sigue siendo pertinente.
El objetivo
Kirchhoff pretendió con Mesoamérica delimitar una cultura americana que, por resaltar de las demás, merecía estudio aparte.19 Pero, la ventaja, importancia e interés del propósito mismo de establecer la existencia y delimitación en el espacio y el tiempo de las áreas culturales de las civilizaciones y su respectiva clasificación, es también un tema debatible por sí mismo.
Ahora bien, independientemente de la suerte de este concepto, la civilización mesoamericana sigue siendo el gran reto de la antropología mexicana, pese a que quiera olvidarse, desecharse, minimizarse o reprimirse. ¿O cómo es posible hacer una arqueología que ignore la existencia de tal proceso civilizatorio, así se practique lo más al norte posible del país?20
Desde hace al menos tres mil años, tuvo lugar un conjunto de procesos históricos de integración y desintegración intermitente de sociedades y los pueblos que las conformaron, originando una de las siete grandes civilizaciones que el mundo ha conocido: la mesoamericana. Tal proceso civilizatorio pudo haberse originado en regiones de los actuales estados de Tabasco y Veracruz, generado por pueblos no identificados, cuyos orígenes siguen siendo motivo de dilucidación histórica. El principio de sociedades urbanas y la organización estatal se dio en lugares como Cuicuilco. Varios focos de difusión cultural –como el maya- se desarrollaron en regiones y tiempos diferentes, sin que ninguno lograra la hegemonía y a veces coexistiendo con otros. El Altiplano central fue escenario tardío de uno de esos focos, pero no el único de su época.
Las influencias culturales de múltiples pueblos situados en su periferia e, incluso, lejanos a ella fue patente, así como la influencia de la civilización mesoamericana se dejo sentir hasta puntos lejanos de Norteamérica, Centroamérica, el Caribe y Sudamérica, generando una especie de torbellino cultural cuyo movimiento fue atrayendo a cada vez más pueblos. Así, otros diferentes a los mesoamericanos originales no dejaron de llegar nunca y adentrarse geográfica y culturalmente en sus ámbitos, si bien en general, al ser atrapados por la dinámica civilizatoria, circunscribieron sus futuras migraciones dentro del área mesoamericana. Se dio el caso, como en Asia y Europa, de pueblos “bárbaros” que llegaron a convertirse en señores y herederos de altas culturas (como ocurrió con los tarascos y los nahuas).
Las regiones centrales de tal civilización se desplazaron muchas veces, en ocasiones compitiendo varias simultáneamente, sin que ninguna llegara a centralizar el control nunca, ni cultural ni mucho menos político y militar, como si ocurrió en la civilización de la cuenca del Mediterráneo; ninguna Roma mesoamericana llegó a existir, a pesar de la existencia de ciudades de la magnitud de Teotihuacan. Ni cultural, ni políticamente existió un centro. El centro fue una creación de la sociedad novohispana, fueron los españoles quienes lo establecieron, pero en la antigüedad hubo centros de diverso poder e influencia coexistiendo siempre. De forma equivocada, se ha llamado a dicha civilización, como Kirchhoff gusto, el México antiguo. Jamás esta civilización cristalizó una unidad centralizada que permita hablar de una política. Las naciones son realidades de la sociedad capitalista, la civilización mesoamericana no alcanzó a evolucionar hasta ese punto. Y México Tenochtitlán fue sólo una de las cabeceras de uno de los, al menos, dos dominios imperialistas antiguos que crecían en el siglo XVI (Ts´intsúntsani era otra cabecera rival). Y ni siquiera estas cabeceras tenían todos los hilos del poder de sus reinos en las manos, pues era coejercido entre varios señoríos.
Por lo mismo, ningún pueblo en particular llegó a dominar a todos, aunque algunos de ellos, como el totonaco, el tarasco, el maya y el nahua, sí lograron predominar e incluso avasallar a otros en muchas regiones. Éstos levantaron ciudades estado como Palenque, Copán y Tikal. Pero el derrumbe de metrópolis y subsecuentes diásporas fue fenómeno recurrente.
Movimiento e intermitencia constantes fueron rasgos característicos de este fenómeno histórico. Los pueblos que cultivaron la civilización mesoamericana fueron muchos y procedieron de varias regiones; las del Norte parecen haber jugado un papel fundamental, si bien las migraciones norteñas ocurrieron en un periodo muy largo y fueron de diversa índole. Por lo demás, las relaciones humanas entre Norte y Sur, y entre costas y tierra adentro estuvieron incluidas y mantuvieron siempre su relevancia. La complejidad de la evolución, la organización social y la estructura política, así como de la cultura y la cosmovisión que alcanzó altos grados de refinamiento, sigue siendo difícil de desentrañar.
Para la antropología china, el estudio de la civilización que se originó en Asia es algo ineludible. ¿Alguien imagina una egipcia que ignore la civilización que se gestó en el antiguo Egipto? Asimismo, los antropólogos e historiadores europeos tuvieron como colosal tarea el estudio de la más grande civilización conocida: la originada en la cuenca del Mediterráneo, mal llamada “Occidental”. Los estudios acerca de esta última, elaborados por innumerables investigadores durante muchas generaciones, colman bibliotecas completas.
Más que la existencia del área cultural de una civilización mesoamericana, vislumbrada desde el siglo XVI en el pensamiento occidental, a veces, uno puede pensar si lo que Kirchhoff descubrió en realidad fue la tarea de la antropología mexicana. Nada menos. Esto es, el estudio de tres complejos de problemas relacionados con:
1. Los antecedentes y orígenes de la civilización mesoamericana.
2. La evolución y características del proceso civilizatorio mesoamericano.
3. La desintegración de éste por la invasión del europeo, su acoplamiento y las subsecuentes secuelas hasta la actualidad.21
Kirchhoff y quienes le precedieron y acompañaron en su empresa descubrieron el objeto por antonomasia de la antropología mexicana: la diversidad de pueblos y sociedades que protagonizaron un proceso civilizatorio, sus orígenes y desarrollo y las consecuencias de la invasión de sus tierras, la conquista de su gente y la sujeción a otros pueblos del proceso civilizatorio europeo. En efecto, el estudio comparativo de los rasgos y peculiaridades de las sociedades americanas forman parte del esfuerzo por comprender el fenómeno humano.
Pero como tal objetivo está lejos de ser universal, debe exponerse de manera más explícita: lo que descubrieron los mesoamericanólogos no fue lo que todos tenían que hacer, descubrieron la problemática de la historia antigua y, al hacerlo, hicieron posible conectarla con la historia subsecuente. Por ello, a la mesoamericanología se debe en parte el que la arqueología y la etnología mexicanas se hayan ligado en el estudio de la antigüedad.22 De esta manera es posible, como en China o Europa, reconstruir una historia general que corre de sus orígenes hasta la actualidad, incluyendo todas sus transformaciones revolucionarias y cortes traumáticos, en vez de esa anormalidad intelectual que prevalece en algunos círculos que dividen como dos grandes gajos la historia de América (“antes y después”), sin que parezca haber entre ellos algún vínculo realmente importante.23
La indagación del pasado remoto permite conocer tendencias macrohistóricas, muchas veces perturbadas, obstaculizadas y hasta detenidas temporalmente, difíciles de identificar como tales en el presente porque se desconoce su prolongada existencia en el pasado como es el caso por ejemplo, de la cultura cíclica del maíz. La mesoamericanología ha permitido interpretar fragmentos, a veces cifrados, de la historia de sociedades cuya articulación le ha sido posible ir estableciendo, indagando entre otras formas de conocimiento que desplazaron a las antiguas.24 Por ello, se van descubriendo las preguntas macroregionales que dan sentido a indagaciones locales.
Algunos autores sostienen que la historia del continente -ahora llamado América- sufrió un corte prácticamente “de cuchillo”, tras la empresa colombina que puso en contacto a dos grandes procesos civilizatorios.25 Incluso, sostienen la inexistencia de “puentes” entre el pasado mesoamericano y el presente. En ese sentido, la continuidad de lo antiguo en el proceso que imperó habría sido algo mínimo y de importancia no determinante en todo caso. El desarrollo del capitalismo mercantil primero y el industrial y financiero después, así como del imperialismo moderno suplantaron las sociedades tributarias. Lógico es pues encuadrar el estudio histórico posterior en esquemas teóricos diversos al mesoamericano, en tanto los factores determinantes del desarrollo pasaron a ser otros esencialmente diferentes, de importancia tal como la propiedad patrimonial, el surgimiento de sociedades de clase, la acumulación de capital y la gestación de naciones, sólo por mencionar ejemplos aparatosos.
Insistir pues, en la existencia de una articulación histórica entre una civilización antigua varias veces centenaria y el presente antropológico les resulta francamente necio a muchos, en particular, a la antropología social que tiene muchos años de desarrollarse al margen de la mesoamericanología, incluso como carrera profesional independiente en varias escuelas, con tendencias reacias a la visión integral de antaño. En buena medida hay también una actitud política de rechazo a la mesoamericanología poco útil, e incluso, entorpecedora del tratamiento de problemas ingentes como la lumpenización explosiva de grandes proporciones en las ciudades del país, el gigantesco desempleo, el fraude electoral, la derrota de la clase obrera, el despojo agrario del campesinado, la explotación voraz de los recursos naturales, la expansión de empresas transnacionales en el ámbito rural, la desnutrición, la expansión y monopolio de medios de difusión masiva de ideas e imágenes, la geopolítica imperialista, etcétera. Este rechazo es compartido por corrientes tanto defensoras del mercado capitalista, como de las favorables a las reivindicaciones de los trabajadores y desposeídos.
Parece entonces natural que se vea como curiosidades los estudios que del subsuelo del gremio antropológico mexicano salen de vez en vez, para revelar -por ejemplo- la persistencia del culto a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, pues se consideran reductos culturales de minúsculos estratos lúmpenes.26 O que estudios dedicados a las jícaras huicholas se consideren digresiones de investigaciones para tesis escolares.27 Y con todo, estos estudios salen año con año, uno a uno, evidenciando que, a las disciplinas antropológicas mexicanas y mexicanólogas, les es casi imposible evadir el sustrato histórico cultural donde se ligan antigüedad mesoamericana y realidades del pasado y presente que abordan.
Llama la atención cómo se cree de poca o nula utilidad las indagaciones mesoamericanólogas en antropología social. Ciertamente, se pueden abordar fenómenos sociales actuales en el área mazahua, tratándolos como problemas agrarios, laborales, políticos y urbanos; y puede pensarse que poca o nula utilidad tienen en su estudio tales indagaciones. Sin embargo, cualquier intento por conocer y comprender los rasgos del pueblo mazahua y su cultura fracasaría si sólo pretendiera usarse en cuestas e informes de sociología actual, ignorando su historia y el marco civilizatorio del cual formó parte. A menos que se sostenga que estudiar su cosmovisión y sus danzas por ejemplo, es una tontería que no viene al caso para estudiar la problemática laboral de la mujer obrera mazahua en la fábrica de Pastejé, ignorando así la posición asignada a la mujer en la sociedad y reflejada en una cultura femenina inherente que se rastrea desde siglos atrás. O que conocer la transformación de la población aparentemente mestiza de la cuenca del Lerma es un tema de la sociología urbana. Pero quien así piense puede toparse, como le ocurrió a una antropóloga, con los calzones de manta bajo el vestido de un “santo” blanco en una fiesta religiosa supuestamente mestiza.28
El propio Kirchhoff sostuvo que las meras descripciones del momento actual en la vida de un pueblo, descuidan el estudio de su evolución histórica que proporciona la clave para comprender y solucionar sus problemas. En efecto, sólo comprendiendo la génesis de un fenómeno social puede solucionarse racionalmente los problemas prácticos que plantea; de ahí lo fundamental del estudio y reconstrucción de la historia de los pueblos en tiempos mesoamericanos y posteriores.29
Así pues, más que discutir la extensión territorial de un área cultural, se trata de conocer un proceso civilizatorio y la profundidad y presencia de su tradición. Por tanto, debe evitarse confundir este propósito con las tareas de la arqueología descriptiva, pues se trata de entender algo más profundo: el proceso de mesoamericanización. O para decirlo de otra manera, responder a la pregunta: ¿Cuánto de la historia mesoamericana está presente en la constitución del México contemporáneo, marca su cultura y tiene que ver con las sociedades nacional y regionales, así como con las preocupaciones teóricas y políticas de la antropología mexicana?30
En efecto, ¿acaso los tipos biológicos, las lenguas, los pueblos y las sociedades regionales actuales tienen que ver en alguna medida con la heterogénea y contradictoria constitución de la civilización mesoamericana? Así, el sentido de las disciplinas antropológicas radica en el análisis del proceso histórico completo.
Por supuesto, debe evitarse confundir esto con la búsqueda -en el pasado y el presente- de una supuesta esencia prístina de la civilización mesoamericana, sino la de una tradición cuyo origen pudo incluso ser diferente a su posterior desarrollo y carecer a veces de elementos importantes de identificación. Lo relevante es entender su proceso histórico como algo que, aunque sea indefinible por una esencia característica, se fue transformando con el tiempo. Lo que importa conocer es más la evolución de esta tradición, que la posesión o no de elementos culturales distintivos.31
Toda una tradición científica de estudios acerca de la antigüedad se ha desarrollado desde el siglo XVI, confluyendo en ella diferentes disciplinas. El peso de esta tradición estuvo detrás del surgimiento y desarrollo de la empresa mesoamericanóloga. Tema central de ambos fue la civilización antigua y la cuestión del papel de ésta en la constitución de la sociedad novohispana que hizo posible el nacimiento de la nación mexicana posterior. La empresa mesoamericanóloga es de tal magnitud y complejidad que por sí misma constituye un verdadero proyecto colectivo a largo plazo, el cual involucra a todas las disciplinas antropológicas y a una parte sustancial del gremio, pues “solo entre todos sabemos de todo”.32
Sin embargo, pese a su importancia, es una línea de trabajo entre otras posibles, de ninguna manera una ruta única ni obligatoria. Es una tarea que se elige. Así, de hecho y sin necesidad de manifiestos a la nación, se ha venido haciendo otros tipos de antropología que, tal vez, han estado poniendo en práctica verdaderos proyectos alternativos, aunque todavía estén en proceso de hacerse explícitos. En Antropología social esto tiene varias décadas de ocurrir, pero incluso en etnología se hacen estudios con otros enfoques; véanse los publicados recientemente en la compilación Las danzas de conquista o la obra El salvaje de Roger Bartra. El primero aborda un tema calificado por algunos con ese inútil adjetivo de “tradicional”, pero abordado con una óptica lejana a la problemática mesoamericanóloga, proporcionando una interesante visión del tema estudiado con rigor. El segundo voltea hacia otras latitudes para hacer antropología de la civilización europea.
Efectivamente, de la misma manera en que la antropología de Egipto no puede ser reducida a la egiptología, tampoco en México debe reducirse a la mesoamericanología, pues puede y debe hacerse antropología de otras civilizaciones, sociedades, culturas y pueblos fuera y dentro del territorio mexicano. Tampoco es posible ignorar la existencia pasada de sociedades antiguas de complejidad característica, cuya comprensión es un reto permanente de las comunidades científicas de estos países. La atención de dicho reto merece prosperar y rendir sus propios frutos para brindar a la sociedad una de las ventanas desde donde mirar su pasado y presente, y mantener un camino siempre abierto al tránsito.
Vista pues la historia mesoamericana como la historia de un proceso civilizatorio, incluye el interés por el Norte, esté no dentro de las fronteras territoriales mesoamericanas, pues es necesario analizar las interrelaciones asimétricas con éste (propias de toda civilización), las cuales para ser analizadas requieren de una teoría social mucho más amplia que la propia de estudios locales. Es inadecuado usar Mesoamérica como marco territorial limitante.
La competencia actual entre los diversos proyectos de antropología se ha venido dando, más que en la crítica, con sus respectivas obras que alcanzan a elaborarse como auténticos modelos de cómo hacer antropología y como interpretar sus temas. El caciquismo político intelectual que usó la idea de Mesoamérica como uno de sus caballitos de batalla condenó al ostracismo a su autor. Pero el derrumbamiento posterior de tal caciquismo no lo provocó la publicación del compendio crítico De eso que llaman antropología mexicana; no, lo arrasó la ola de investigaciones que, con estudios de campo y archivo hechos con mayor rigor y ambición teórica, dejaron en ridículo textos como el de la definición del término “indio” de Alfonso Caso, poniendo de relieve la pobreza de la antropología prevaleciente y atendiendo toda la gama de problemas históricos y sociales que se habían ignorado o condenado a las catacumbas. Los estudios que se refieren al campesinado y la cuestión agraria, la clase obrera, la antropología urbana, la cuestión étnica, el surgimiento del estado, etcétera, levantaron una enorme polvareda y, tras su paso, no dejaron ni el recuerdo de la antropología del viejo régimen caciquil que nunca más pudo volver a levantarse. De la misma manera, ahora la suerte de las diversas antropologías practicadas en el país se está jugando con las investigaciones científicas que se realizan y con los libros que se escriben con sus resultados. Coloquios como éste ayudan a dirimir lo que está pasando, pero la verdadera palestra de la antropología está en la investigación.
Así, mientras se preparaba este Coloquio, una estudiante presentó en la ENAH un estudio para sustentar la tesis de que hay una relación entre la configuración espacial –como microcosmos- de las jícaras huicholas, y el recurrente esquema mesoamericano de un centro y cuatro puntos cardinales, basado en el curso anual del paso del Sol por la bóveda celeste, dividido en cuatro momentos principales marcados por los solsticios y equinoccios.33 Estudios como estos siguen detonando series de preguntas que mantienen vigente la empresa mesoamericanóloga como un proyecto científico.
Un proyecto político: el zapatismo
Existe una implicación política potencial en el mesoamericanismo, de la cual sólo algunos participan, pues evidentemente sus practicantes se adhieren a una gama extensa de posiciones teóricas y políticas. Se trata de lo que, al principio de la ponencia se esbozó: la resistencia al exterminio por hambre y represión de los pueblos de origen mesoamericano en el país, la defensa de sus derechos y el apoyo a su autodeterminación; así como a la imposición de una cultura desnacionalizante y una ideología histórica que niegue pertinencia a la historia antigua y sus secuelas posteriores. Y aún más allá de la resistencia, el mesoamericanismo aporta elementos históricos para un proyecto cultural popular alternativo.
Raza, etnia y clase han experimentado diversas asociaciones históricas en la antigüedad, la era novohispana y los siglos XIX y XX. En general, la especificidad de esa asociación está por conocerse con mayor detalle.
En la actualidad, mediante conexiones con intereses transnacionales, un segmento social -vanguardia de la casta criolla que prevalece en las clases dominantes- se desprendió de la sociedad mexicana para imponerle un proyecto histórico que satisface sus reivindicaciones históricas y pone en práctica los dictados del capitalismo financiero. Con tal propósito, se abocaron a transformar las relaciones clasistas y políticas atropellando la constitución política del país y derrotando los logros históricos de las clases trabajadoras. Su proyecto es impresionante, pues abarca todos los ámbitos de la vida mexicana, desde el económico y político hasta el militar y policiaco, pasando por lo religioso, lo educativo y lo agrario, así como las relaciones laborales, la distribución del espacio y los recursos, los medios de difusión, el narcotráfico, el desmantelamiento del Estado, la dictadura de la empresa privada, etcétera.
El criollato neoconservador ha emprendido una guerra clasista contra el pueblo mexicano. Los indicios de que esa feroz guerra se ha estado realizando en México son abrumadores, los más visibles son el despliegue sin precedente de las fuerzas militares y policiacas en todo el país y la violación masiva y sistemática de los derechos humanos y los enormes confinamientos territoriales de la población lumpenizada. Pero también los hay más sutiles, como los fenómenos lingüísticos de generación de maneras nuevas de hablar que distinguen a la gente acomodada de la del pueblo, hasta convertirse en verdaderos dialectos diferenciadores. La peligrosa polarización étnico clasista que ello está provocando da señales cotidianas que los antropólogos pueden registrar. Así, durante la campaña electoral de 1997 en el Distrito Federal para nombrar jefe de gobierno, cuando el candidato del Partido Acción Nacional, un blanco yucateco derechista, visitó la delegación de Iztapalapa, a uno de sus correligionarios que repartía propaganda lo rechazó un habitante con la frase: “Ni te me acerques güerito, aquí solo queremos mexicanos, no descendientes”.
El proyecto ahora dominante está ligado a lo que, en su tiempo, se llamó “la revolución de la nueva derecha”, un proceso mundial que ha obtenido logros indudables para sus causas (tiempo después disfrazado bajo el inadecuado apelativo de “neoliberal”). Dos de los más espectaculares fue el derrumbamiento de la alternativa socialista y la masiva reversión de la liberalización cultural lograda en la década de los años sesenta del siglo XX.
En México, este proyecto comprende la expansión de la cultura de su conexión transnacional, asociada a la desarticulación de la nación, a costa de la asfixia de las culturas regionales y nacional e imponiendo un pensamiento que apela a los valores del conservadurismo decimonónico y rechaza los populares. Al hacer esto, ha puesto en juego el vínculo y la identidad de la sociedad mexicana con la tierra y su gente. En este punto, provocó una ruptura cultural irreversible con los portadores de las culturas mayoritarias, pero a la sociedad le puede resultar intolerable la amenaza de cortar sus relaciones existenciales básicas contenidas en sus culturas primordiales. Mientras las luchas entre las clases sociales se desarrollaron en un sistema cultural policlasista, el dominio de las clases dominantes pareció disponer de recursos para engañar a todos con la idea de que ellas encarnaban a la nación y, por tanto, portaban la cultura nacional, la cual podían manipular para sí. Pero la sociedad puede sentir que se está agrediendo la esencia de lo que la vincula e identifica, al ver que el grupo apoderado del poder atenta contra esa cultura, convencido y obstinado en que el pueblo mexicano es inviable y que la sociedad, cuya representatividad le arrebataron, debe ser parte de la Norteamérica estadunidense, abandonar sus culturas y absorber la de su alianza transnacional.
Difícilmente pueden ser extirpadas las venas culturales que corren en los pisos más amplios de la sociedad mexicana. Cuando se intentó arrasar en una operación militar a los campesinos zapatistas chiapanecos, la sociedad respondió con la más grande y heterogénea manifestación popular que ha visto la Ciudad de México. Y fue también ahí, en este complejo de etnias y clases, donde el zapatismo recibió uno de sus más firmes apoyos y donde el viejo régimen ha recibido sus mayores derrotas electorales. La Cuenca de México, uno de los más prodigiosos escenarios mesoamericanos en el pasado y teatro contemporáneo de la mayor cantidad de lenguas americanas habladas en el país, ha manifestado lo que la mesoamericanología había dicho: una intrincada red sociocultural corre de norte a sur. La implicación política de ello fue totalmente desapercibida por Kirchhoff.
Él propuso a la antropología mexicana el proyecto mesoamericanólogo, asociándolo incluso con los estudios sobre el Norte. Alrededor de 28 años después, esta proposición puede cobrar un significado político puesto a flote desde el Sur profundo del país. En efecto, el México popular tiene una alternativa cultural disponible si decide reconstruirse sobre la base de origen mesoamericano que le da arraigo telúrico e identidad propia. Sobre esa base, articulando el gran Norte mexicano y anudando su destino con Centroamérica y el Caribe, una nación propiamente mexicana construida por el pueblo poliétnico y policultural tiene un proyecto histórico viable.
Aquella famosísima fotografía que en Palacio Nacional se tomaron los jefes de los ejércitos populares más grandes del siglo XX, el villista y el zapatista, sigue esperando una interpretación antropológica, pero la temporal unión entre los pueblos norteños y sureños tuvo, sin duda, una importancia política de la mayor relevancia. El neozapatismo conlleva también la esperanza de la refundación nacional con el reencuentro popular del Norte y Sur del país. El neoconservadurismo dominante, expresión criolla de la nueva derecha capitalista, se ha abocado a desmontar y desarticular la nación mexicana. Si llega a romper el lazo Norte-Sur, el proyecto popular de nación estará en serio peligro.
Puede pretender ignorarse la disputa étnico-clasista en México, considerarla inexistente, irrelevante o indigna de atención, pero al hacerlo se toma la posición de quienes proclaman la inexistencia de la lucha de clases, las pugnas étnicas y el racismo. Por supuesto, esto es más que una mera opción racial, pues se trata del enfrentamiento de proyectos históricos diferentes y hasta opuestos. Uno excluye la raíz americana pretendiendo prescindir de una buena vez y para siempre de los pueblos de origen mesoamericano; otra, se basa en ella. Además, otras opciones mixtas son posibles, pero a los antropólogos esta situación fuera de su control personal y esta extrema polarización étnicasocial en el país, los obliga a definir una manera política de tratar los problemas históricos y sociales. Y es en este punto precisamente que cobra sentido político el proyecto científico que implica la empresa mesoamericanóloga.
Hace unos años, quien esto escribió evadió emprender con un colega cierta discusión prefiriendo respetar su posición y, de paso, evitar la disyuntiva de tener que modificar sus planes de trabajo y, quizás, hasta percatarse de que las tareas relevantes estaban fuera de su cubículo. Se trataba de la siguiente cuestión: ¿cuál es la actual actividad prioritaria de la antropología mexicana? Hasta hace poco sostuvo y cree que con razón, que hacer investigación científica básica era una prioridad. Y desde ese punto de vista, consideró que los estudios científicos sobre la historia y la antropología de la antropología mexicana se encontraban entre las líneas más renovadoras. Hoy piensa y cree también con razón, que la prioridad se ha desplazado debido a una presión política ineludible: parece ser que las circunstancias y el propio desarrollo interno de la antropología mexicana están exigiendo que ésta ayude a construir una alternativa histórica nacional. Tal parece que los enormes caudales de experiencia y conocimientos de la antropología, en toda una variedad de aspectos, parecen confluir claramente para afrontar un reto que ya se venía vislumbrando: describir el proyecto histórico cultural latente que el pueblo mexicano ha ido construyendo y con el cual puede disputarle la nación al grupo criollo neoconservador y transgresor de la constitución política que detenta el poder y pretende meter al país en su proyecto de articulación y asimilación transnacional. Esto dicho más allá de la retórica, pues cada vez es más claro lo que la antropología venía advirtiendo hace tiempo: México está viviendo un momento decisivo de su futuro a largo plazo.
¿En qué medida es hoy posible implantar una nación de trabajadores libres que comprenda en su memoria una historia que abarque al conjunto de los pueblos que forman la nación? Tal vez muy poca, quizás se trate de una utopía. Pero para quienes piensan que la historia ni se ha acabado, ni el régimen actual es una fatalidad de la cual es imposible salir, la búsqueda de la energía de los sustratos profundos de la sociedad es una tarea a la que bien vale la pena dedicar esfuerzo.
Para ello, es necesario elaborar un programa político de la antropología mexicana. Aquí, se considera que el rechazo a las pretensiones de los europeos criollos de la oligarquía neoconservadora que tiene la hegemonía en el país, puede acompañarse de la construcción de una antropología nacional fundada en el eje del conocimiento sobre Mesoamérica, antes, durante y después, en un esfuerzo integral. También, es posible que ello permita apoyar la utopía neozapatista que nutre de energía parte del movimiento social popular.
¿En qué consiste una antropología zapatista? Responder a esa pregunta es una tarea intelectual y política que compromete a parte del gremio antropológico con el movimiento social, a aquel cuyo pasado desea fincarse en los antecedentes mesoamericanos que pueden vincular al norte, centro y sur del país en un proyecto popular de nación. La respuesta pude atisbarse en la actividad de las y los antropólogos que, respondiendo a las inquietudes despertadas del movimiento neozapatista, se han abocado a trabajar sobre ellas. Un ejemplo difundido es el esfuerzo que algunos de ellos han estado haciendo para analizar la cuestión de la autodeterminación de los poblados rurales y los derechos de los pueblos de origen americano antiguo. Éstos y otros colegas dedicados a temas relacionados están, de hecho, configurando una antropología zapatista cuyos rasgos pueden, por tanto, establecerse si se conocen y se hacen explícitos.
Otra parte de la respuesta a la pregunta corresponden al mesoamericanismo. En efecto, a la medida en que una parte de la sociedad mexicana opta por fincar su pasado desde la antigüedad, el conocimiento de ésta se transforma en un elemento de importancia ideológica. El mundo antiguo puede ser el marco teórico pragmático de antropología zapatista. Después de todo, los maremagnum que han fungido como ejes de la antropología mexicana han sido Mesoamérica y los movimientos detonados, a partir del movimiento maderista de 1910. Rasgos mesoaméricanos políticamente aprovechables: la asociación, de pueblos biopoliétnicos, la relación norte-sur, la diversidad étnica y cultural, la coexistencia de varios centros de difusión cultural, etcétera.
Más allá de sus deseos, los antropólogos se están viendo obligados a tomar posición. Y es en el campo de la elaboración ideológica del discurso histórico y la memoria colectiva en el que se ven precisados a tomar decisiones. O se apoya una cultura que descarta las luchas históricas del pueblo mexicano y deja de fundarse en la antigüedad mesoamericana, o se responde elaborando un verdadero proyecto político de una parte de la antropología mexicana que sí ve en los pueblos antiguos y su historia la base cultural posible de un proyecto nacional vertebrado popularmente. Quienes se ríen de tal cosa, considerándolo un despropósito, se olvidan que toda memoria colectiva elige, con o sin razón, un apoyo. La oligarquía mexicana ha elegido, pero su elección no es la de México sino la de una clase y un régimen.
Enaltecer la abstención política, la indiferencia hacia la situación social y el individualismo egoísta como única conducta deseable, supone menosprecio por la pobreza y la injusticia. Aunque ciertamente a nadie puede ni debe obligarse a tener sensibilidad social, ni menos a sumarse a un esfuerzo político específico. Pero tampoco se pueden esperar los brazos cruzados de quienes sufren desposeimiento y arbitrariedades, ni evitar el apoyo activo de quienes están de acuerdo con sus reivindicaciones. El abstencionismo se vuelve intolerancia inadmisible cuando pretende limitar o acallar voces o actos de quienes han decidido participar de alguna manera en la vida pública.
Epílogo
Con respecto a la polémica suscitada por el artículo de Ignacio Rodríguez García, cierto colega ha formulado una hipótesis interesante. Como tal vez tendrá reserva de sostenerla públicamente, este crítico se toma la libertad de recogerla, pues le permite ligarla a una suya, expuesta en su réplica a la respuesta de Rodríguez García. Según dicha hipótesis, formulada en lenguaje coloquial, al parecer se han generado en el gremio antropológico, entre otras varias, dos tendencias crecientemente contrapuestas, casi “de clase”: la de “los científicos” y la de “los antropólogos”. Haciendo de lado los juicios de valor que tales expresiones pueden sugerir y pese a que, por ahora, todavía es difícil y prematuro precisar y explicar la idea, se reproduce aquí (sin ánimo ofensivo y evitando toda personalización), en el entendido de que la madurez de los estudiosos requiere la capacidad de conocer, sin pasiones innecesarias, todos los indicios de otros puntos de vista y porque el silenciamiento de argumentos por razones personales y diplomáticas es contrario a todo esfuerzo serio por desentrañar cualquier tema.
La presunción es vaga, pero sugerente. Entre otras interpretaciones, puede aludir a la competencia entre:
a) la crítica fundadora de una tradición académica alternativa a la de la antropología mexicana del siglo XX, de la cual está desligada y a la que atribuye ausencia de bases científicas en sus tareas “tradicionales” y desligamiento de problemas teóricos y prácticos de la época actual; y
b) el desarrollo igualmente crítico de esa tradición de la antropología mexicana actualizando sus líneas de investigación y asociándolas políticamente a las reivindicaciones del México popular.
Lo interesante es que la existencia probable de dicha división puede ser indicio de que está ocurriendo o ha ocurrido, en un momento que ha pasado desapercibido por lo visto, una nueva quiebra política en la antropología mexicana, diferente a la experimentada durante la década de los años sesenta. Si es así, esta manifestación intelectual puede ser una pista para identificar y analizar el fenómeno. En efecto, el gremio antropológico mexicano ha crecido mucho y ha cambiado su naturaleza y orientaciones en comparación con los rasgos que se le suponían hace una década. De ahí la utilidad de contar con evidencias de otros nuevos indicadores que permitan una recaracterización. El referido puede ser uno de ellos. De ser así, puede sugerir otra hipótesis adicional: esta nueva quiebra política es uno de los resultados de la evolución del periodo poscrítico de la última crisis identificada de la antropología mexicana. 34
En fin, sólo queda congratularse porque el gremio antropológico mexicano sigue dando muestras de vitalidad; porque, a pesar de esos hoyos negros en que políticos y burócratas han convertido a muchas instituciones, los antropólogos ligados son capaces de lanzar iniciativas como la de esta polémica que parecía olvidada. Quién sabe cuántos puntos produzca para el Sistema Nacional de Investigadores y demás sistemas de evaluación burocrática este Coloquio, lo que es más satisfactorio es que los participantes disfruten este ejercicio. Un ejercicio para cultivar el entusiasmo necesario para emprender investigaciones con las cuales escribir estudios prototípicos de sus respectivos proyectos, lo cual es la mejor y verdadera manera de abrir caminos y veredas.
Bibliografía
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Sobre el autor
Carlos García Mora
Dirección de Etnohistoria del INAH.
Citas
* Citado en Alejandro Caballero, “Cárdenas aceptaría reunirse con Salinas, pero públicamente”, en La Jornada, núm. 3504, año 10, México, 11 de junio de 1994, p.11.
- Ignacio Rodríguez García, “El presagio de un prestigio: un año de Actualidades Arqueológicas”, en Actualidades Arqueológicas, revista de estudiantes de arqueología en México año 2, núm. 8, septiembre-octubre de 1996, p. 7. [↩]
- Carlos García Mora, “Mesoamérica: concepto prescindible”?, en Actualidades Arqueológicas, año 2, núm. 10, enero-febrero de 1997a pp. 6-7. [↩]
- Ignacio Rodríguez García, “El complejo mesoamericano entre los antropólogos” en Actualidades Arqueológicas, año 2, núm. 11, marzo-abril de 1997, pp. 7-8. [↩]
- Carlos García Mora, “¿El reino de Babel y una nueva quiebra política?”, en Actualidades Arqueológicas, año 3, núm. 13, julio-agosto de 1997b, pp. 11-12. [↩]
- Alfredo López Austin, Los mitos del tlacuache, camino de la mitología mesoamericana, 1990; Jacques Galinier, La mitad del mundo, cuerpo y cosmos en los rituales otomíes, 1991. La conferencia fue organizada por el Seminario de Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología en México y se dictó en la Quinta Feria Nacional del Libro de Antropología e Historia (1 y 10 de octubre de 1993) en el Museo Nacional de Antropología. [↩]
- Mesa Redonda la visión integral en las ciencias socieales, organizada por la revista Dimensión Antropológica y efectuada el 13 de septiembre de 1995 en la ENAH, México. [↩]
- Celebrada en Tepic, entre el 4 y 11 de agosto de 1996, casi 50 años después de la IV Reunión de Mesa Redonda sobre Problemas de México y Centroamérica de la propia SMA, realizada el 23 al 28 de septiembre de 1946 en el Castillo de Chapultepec, dedicada exclusivamente al Occidente de México. [↩]
- Varios autores, Michoacán a la mesa, 1996. Se trata de una edición espléndida que incluye la reimpresión de un artículo de Silvia Rendón acerca de la comida purépecha; sin embargo, la orientación general de la compilación responde a una moda reciente que omite el contexto sociohistórico del tema. Por ello, ante orientaciones como ésta, bien cabe preguntarse que tipo de historia y antropología se promueven ahora. [↩]
- Guillermo Bonfil Batalla, Diagnóstico sobre el hombre en Sudzal (un ensayo de antropología aplicada), 1962. [↩]
- Cf. Paul Kirchhoff, Principios estructurales en el México antiguo, 1983, donde se consignan las preguntas que Mercedes Olivera le hizo a este autor en 1972. [↩]
- Véase Wigberto Jiménez Moreno, “Mesoamérica”, en Enciclopedia de México, t. IX, 1988, y Luis Vázquez León, El leviatán arqueológico. Antropología de una tradición científica en México, 1996. Si bien el concepto lo ideó Kirchhoff, fue Jiménez Moreno quien lo bautizó al sugerírselo a Kirchhoff. [↩]
- Paul Kirchhoff, “Mesoamérica. Sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales”, en Acta Americana. Revista de la Sociedad Interamericana de Antropología y Geografía, Vol. I, núm. 1, 1943. Desde entonces fue reimpreso y reeditado varias veces en español e inglés. [↩]
- Paul Kirchhoff, Mesoamérica. Sus límites geográficos, composición étnico y caracteres culturales, 1960, p. [3]. [↩]
- Ibidem. [↩]
- “mientras que muchos han aceptado el concepto “Mesoamérica”, ninguno que yo sepa, lo ha hecho objeto de una crítica constructiva o lo ha desarrollado sistemáticamente”, escribió Paul Kirchhoff(1960), olvidando que, al menos, otro autor lo había hecho aunque sin gran repercusión. Véase Julio César Olivé Negrete, Estructura y dinámica de Mesoamerica. Ensayo sobre sus problemas conceptuales, integrativos y evolutivos, 1958. [↩]
- Barbro Dahlgren, “Paul Kirchhoff (1900-1972)”, en Cultura y Sociedad, revista de antropología y sociología, año I, t. 1, octubre-diciembre de 1974, pp. 4-5. [↩]
- Wigberto Jiménez Moreno, op.cit., p. 5213; Barbro Dhalgren, op. cit., p. 5, 1a. col. [↩]
- Paul Kirchhoff (op.cit., 1943, p. 97) fue claro al establecer que las fronteras -término que debe entenderse en sentido cultural- se expandieron y contrajeron constantemente, en particular la norteña. De igual manera, recalco la importancia del Norte que, en el pasado anterior al siglo XVI, fue ocupado por pueblos mesoamericanos. [↩]
- Paul Kirchhoff, op.cit., 1943, p. 93. [↩]
- En todo caso, sería interesante saber en qué consiste hacer arqueología no mesoamericanista con materiales de la era y el espacio mesoamericano. Contra lo que puede parecer, tal arqueología puede existir de facto y, por tanto, puede ser estudiada y caracterizada, e incluso, aunque no haya hecho explícito sus lineamientos generales y el/ los proyectos potenciales que podría desarrollar, éstos podrían inferirse de su práctica. [↩]
- Como lo planteó el propio Kirchhoff explicítamente: “Las disciplinas o carreras de Prehistoria, Arqueología, Historia y Etnografía antiguas, Historia Colonial y Moderna y Antropología Social tienen, en lo que a México se refiere, en conjunto una tarea común, la de estudiar fases de la historia del país: primero, antecedentes y formación de la civilización mesoamericana; segundo, la historia de ésta; tercero, el choque, convivencia y mezcla entre civilizaciones mesoamericana y europea y la situación actual que de esta historia se deriva.” Véase Archivo Paul Kirchhoff. [↩]
- “[…] a [Paul Kirchhoff] debemos en gran parte el hecho [de] que la arqueología y la etnología mexicana [s] se encuentren firmemente ligados a sus raíces y tradiciones prehispánicas” (Barbro Dahlgren, op.cit., 1974, p. 5, 2ª. col.). [↩]
- Ello explica cómo los pueblos maya, totonaco, otomí, tarasco y otros, literalmente fueron desapareciendo como protagonistas históricos en la historia escrita a partir del siglo XVI, hasta que literalmente en los siglos XIX y XX se esfuman transformados en “campesinos” (en el mejor de los casos), o en “indios” escenográficos (en el peor), cuando no simplemente ignorados. [↩]
- Cf. Ernest Bloch, citado en Esteban Krotz, “Viaje, trabajo de campo y conocimiento antropológico”, en Alteridades, año I, núm. 1, 1991, p. 52. [↩]
- El mesoamericano e inca, y el europeo. [↩]
- Julio Glockner, Los volcanes sagrados. Mitos y rituales en el Popocatépel y la Iztaccíhuatl, 1996. [↩]
- Olivia Selena Kindl, “La jícara huichola: Un microcosmos mesoamericano”, tesis de licenciatura en etnología, 1997. [↩]
- En aquella región, las lenguas mesoamericanas dejaron de hablarse desde hace mucho tiempo y su economía campesina fue abandonada por otra; los poblados tienen la apariencia de colonias urbanas de las ciudades y sus habitantes la de trabajadores manuales citadinos. Ahí, la antropóloga Isabel Hernández estudio el culto religioso a San Isidro Labrador, santo patrón de cierto lugar cuya imagen se asemeja a un hombre español blanco y barbado (casi un hacendado). En una ocasión, durante una visita a las señoras que “visten al santo”, ella descubrió accidentalmente que, debajo de su ropa engalanada y, por tanto, fuera de la vista de la gente, la imagen había sido calzada con el calzón de manta propia del campesino “indio”. La anécdota es significativa, pues revela que simbolismos subyacentes siguen dando continuidad a procesos culturales que algunos investigadores supone extintos. [↩]
- Paul Kirchhoff, “Las aportaciones de los etnólogos a la solución de los problemas que afectan a los grupos indígenas”, ponencia presentada en el Primer Congreso Indigenista Interamericano, Pátzcuaro, abril de 1940. [↩]
- Mario Ruz y Julieta Aréchiga (eds.), op.cit., 1995, pp. 109 y 116-8. [↩]
- Ibidem. [↩]
- Declaración de un marakame huichol (cita tomada de una de las cédulas de la exposición temporal de un mural de chaquira elaborado por el artista huichol Santos de la T., Museo de Culturas Populares, Coyoacán, 1996). [↩]
- Olivia Selena Kindl, op.cit., 1997, p. 161. [↩]
- El autor ha sostenido como hipótesis que la antropología mexicana pasó en los últimos años por dos crisis y sus respectivos periodos poscríticos, una en la década de 1960 y otra entre 1976 y 1982, durante el gobierno de José López Portillo (Carlos García Mora, “¿Sigue en crisis la antropología mexicana?”, en El concepto “crisis” en la historiografía de las ciencias antropológicas, 1992 [↩]