Luego del nacimiento marcado por una revolución social, la antropología mexicana encontró en el gobierno populista de Lázaro Cárdenas el ambiente necesario para constituirse en la encargada de ofrecer razones científicas a las políticas de búsqueda de identidad de la nación mexicana. En esta búsqueda los antropólogos no estaban solos, estaban acompañados por el ánimo y el esfuerzo de los intelectuales de la época:1 en cuanto a las bellas artes se refiere, una importante escuela de pintores mexicanos se lanzaron a crear todo un estilo, inigualado en el mundo, que plasmó en grandes superficies el dolor y el masoquismo de un pueblo acostumbrado a intervenciones extranjeras y a explotaciones de propios; la plástica mexicana creó así al muralismo como máxima expresión del sufrir del pueblo, cuyos principales acólitos fueron Rivera, Orozco y Siqueiros. Por su parte, músicos y coreógrafos conformaron el llamado nacionalismo épico, donde la música y la danza se encargaron de estereotipar al tipo popular indígena y campirano creando obras donde, invariablemente, el drama del “deber ser” mexicano culmina con una coda apoteósica que encarna el quimérico paraíso por alcanzarse; en esta gesta artística por elevar el drama a niveles de virtud destacan los nombres de Jiménez Mabarak, Moncayo, Revueltas, Chávez, Galindo y Mérida.2
De forma menos espectacular, los antropólogos se vieron inmersos en esa búsqueda cultural, y centraron sus esfuerzos alrededor de la definición de un elemento aglutinante que creara una razón histórica para cimentar el derecho de la nación mexicana a erigirse como un pueblo con desarrollo propio, y que de paso diera un marco general a sus innumerables datos de observación acumulados desde el siglo XIX. Así, la antropología mexicana parió un concepto, Mesoamérica, que cumplió con las expectativas académicas, pero que -advertida o inadvertidamente- también dio constitución a un derecho que el Estado mexicano impuso a la sociedad para arrogarse la grandeza ancestral de los pueblos prehispánicos; esta notabilísima aportación de la teoría antropológica mexicana tuvo entre sus patrocinadores a Jiménez Moreno, Kirchhoff, Caso y, posteriormente, Olivé.
Sin duda, Mesoamérica ha sido un concepto fértil que ha normado las investigaciones de casi el cien por ciento de los antropólogos mexicanistas mexicanos y de muchos de los extranjeros. No hay duda de que la matriz disciplinaria de la antropología mexicana es mesoamericana (sea que se trabaje en el territorio así denominado o incluso fuera de él), como tampoco hay duda de que el concepto ha servido para dar sustancia al mítico ideal del “México Antiguo” -tal y como Vázquez ha apuntado anteriormente,3 y refuerza en este coloquio-, con lo que ha consolidado argumentos populistas de justificación del Estado mexicano, que incluso han afectado la antropología al convertir la práctica de una de sus disciplinas, la arqueología, en predominantemente monumentalista.
La propuesta y expansión del concepto en los años cuarenta y su consolidación en los cincuenta demostró la capacidad analítica y sintética de nuestros colegas de esos años. Los estudios realizados bajo el ideario mesoamericano constituían un timbre de orgullo para la antropología nacional y una justificada y homogénea (en sus propios términos) imagen de un área cultural más o menos delimitada, que construyó un indudable prestigio para nuestra academia, al menos si lo medimos por el número de investigadores e instituciones extranjeros que comenzaron a afluir a nuestras áreas y centros de investigación. A finales de los años cincuenta, Mesoamérica se había convertido en el paradigma dominante, y bajo esa aura fueron preparadas las siguientes generaciones de antropólogos (incluidos todos los ponentes de este coloquio).
Pero (nunca falta un pero), la antropología mexicana continuó avanzando, continuó acumulando datos y, quizá más importante, dio cabida a la gran diversidad de corrientes antropológicas y filosóficas de otras tradiciones científicas. La Mesoamérica kirchofiana y las teorías childeanas se casaron en la obra del profesor Olivé,4 donde aunque el concepto se consolida, aparecen las primeras dudas respecto de varios temas de investigación donde no ofrece mucha ayuda. Por lo que se refiere a la arqueología, la introducción en México de la obra de Wheeler5 desvió un poco la atención de nuestra disciplina enfocándola hacia los problemas acerca del registro correcto del dato arqueológico, apartándola en alguna medida del seguimiento del concepto en cuanto a bases teóricas se refiere. Posteriormente, la influencia de la Nueva Arqueología y su consecuente gama de arqueologías procesales empezaron a desestimar los enfoques particularistas históricos como solución a los problemas de explicación teórica, con lo que el recurso metodológico básico del mesoamericanismo empezó a ser cuestionado.
Vino después el materialismo histórico, que despertó el entusiasmo de muchos mesoamericanistas (nacionalistas y de izquierda) que al principio retomaron este concepto para dar a Mesoamérica la fuerza de una teoría científica ya “probada” históricamente, sólo para desengañarse después que comprobaron que esa corriente sólo se interesaba en Mesoamérica como uno más de los tantos casos que ilustran su propia propuesta de secuencia histórica, donde los casos atípicos son discretamente subsumidos a intrincadas y dialécticas discusiones categóricas. Finalmente, hoy somos testigos de propuestas posmodernas irracionalistas donde Mesoamérica no se asume en cuanto a su significado cultural (pues eso parece ahora ser irrelevante), sino en cuanto a su valor como un criticable ejercicio holista, a todas luces incongruente con las actuales tendencias n-dimensionales.
Y el público, el pueblo, la sociedad actual, ¿qué opinan acerca del desarrollo antropológico del concepto? Nada. La sociedad se ha quedado con el mito del “México antiguo”, con la idea de que nuestra nación existe desde tiempos prehispánicos, con la idea de que nuestro Estado actual es el depositario y la culminación de un ininterrumpido desarrollo social. El Estado ha aprovechado maravillosamente el mito del México antiguo y su núcleo Mesoamérica, y espera naturalmente que la antropología mexicana, y en especial la arqueología, sigan produciendo conocimientos bajo ese marco: los grandes presupuestos de los megaproyectos fueron otorgados luego de un discurso presidencial eminentemente mesoamericanista el 12 de octubre 1992, día de la raza. Para el pueblo y la sociedad de nuestros días, México empezó con Mesoamérica, porque el Estado y sus antropólogos así lo dicen.6
Pero basta de preámbulos, ¿cuáles son en concreto los problemas detectados en el concepto? Como habrá podido notarse, he señalado en términos generales que el desarrollo propio de la antropología mexicana le implica problemas académicos y políticos. Alrededor de estos dos grandes ámbitos el profesor García Mora y yo pensamos el carácter del coloquio, por lo que el ámbito académico lo consideramos una polémica científica y el ámbito político un dilema histórico, términos que utilizamos como subtítulos de la reunión. Bajo este tenor presentaré mis argumentos, previa advertencia de que la presentación por separado de los incisos “Problemas socioacadémicos” y Problemas socio políticos se hace sólo por razones de organización, pues es claro que ambos están estrechamente interrelacionados. Finalizaré con un inciso de conclusiones, o más bien de interrogantes, que someto a valoración de la academia.
Problemas socioacadémicos
El primer problema es el que siempre está presente en todas las ciencias (exactas, naturales y sociales) y que atañe a los diferentes estadios de su desarrollo teórico, desarrollo que se ve claramente indicado en la consolidación de sus términos y conceptos. En efecto, los términos de una teoría científica son un compendio del grado de conocimiento y abstracción que una ciencia en particular ha construido para expresarse y referirse a un objeto de estudio. Los términos y conceptos no tienen un nacimiento puntual, pues van conformándose y adquiriendo significados según va conviniendo a los intereses y metas de los científicos. No obstante, en cualquier etapa de desarrollo de una ciencia puede señalarse un conjunto más o menos determinado de afirmaciones científicas que los académicos comparten; Kuhn7 ha señalado que en cualquier época de una ciencia el conocimiento normalmente aceptado, recibido o internalizado está compilado en los libros de texto y manuales de la disciplina correspondiente.
Pero acabamos de decir que los conceptos van conformándose según conviene a los intereses de los científicos; en efecto, los conceptos no son otra cosa que construcciones teóricas convencionales que responden a determinadas necesidades de comprensión y explicación de los fenómenos de la realidad. Los conceptos, así entendidos, no son otra cosa que abstracciones que generamos al idealizar la realidad, ejercicio que tenemos que hacer para controlar mejor nuestros propios procesos mentales de análisis y estudio de los fenómenos que observamos. Conforme afinamos nuestra observación afinamos nuestra construcción conceptual, y con ello el concepto va cambiando de significado, muchas veces lenta e imperceptiblemente. Al pasar el tiempo y acumularse nuevas observaciones y maneras de observar, es frecuente que el concepto contenga poco del significado original, y muchas veces el término mismo es abandonado.
La historia de la ciencia ha mostrado innumerables ejemplos de conceptos que surgieron como un gran avance para el grado de conocimiento de su época, pero que después fueron abandonados al quedar rebasados por nuevas concepciones de la realidad: fuerza vital, flogisto, éter, psique, negación de la negación, etcétera, son ejemplos de términos que cumplieron un destacado papel en las disciplinas en que surgieron, y a no dudar constituyeron un cabal avance respecto del estado de conocimiento inmediatamente anterior. Hoy, el avance científico ha dejado de lado tales conceptos y ha construido otros que, a su vez, serán rebasados.
Pero la historia de la ciencia es también una historia de poder, y la historia de los científicos es una historia de pensadores que pueden o no ofrecer el conocimiento que generan para el servicio del poder establecido (generalmente para consolidarlo). Cuando conniven con el poder hacen pervivir su conocimiento con el apoyo y aun la fuerza del Estado; cuando no conniven deben enfrentarse a éste. Los defensores de la teoría geocéntrica del universo tuvieron todo el apoyo de los Estados eclesiásticos medievales, pues la idea de una Tierra fija en el centro del universo concordaba con las doctrinas religiosas imperantes. La idea de una Tierra en movimiento sólo se incorporó al corpus científico cuando fue conveniente para el nuevo poder de la burguesía (aunque para Galileo la aceptación llegó demasiado tarde).
La antropología, por supuesto, no ha escapado a este dictum del desarrollo científico: de todos es conocido su surgimiento como instrumento colonialista, cuando sus principales conceptos eran cultura y civilización para designar a los observados y a los observadores, respectivamente. Y aunque estos conceptos han cambiado en algo su significado, aún se siguen usando alegremente con esa connotación por ciertas tradiciones antropológicas y por ciertos antropólogos escasamente reflexivos.
En la antropología mexicana, Mesoamérica es un concepto que tuvo la doble feliz ocurrencia de hacer su aparición cuando era necesitado por razones académicas y por razones políticas. Por el lado académico, como ya he dicho, vino a amalgamar la enorme profusión de datos antropológicos que estaban a la espera de un marco general de explicación. Las notorias semejanzas entre los rasgos culturales observados en variados sitios y regiones arqueológicas y grupos étnicos, se ensamblaron en la idea de una superárea cultural ad hoc que las cobijara. Dicha construcción teórica fue sin duda impresionante en su época, y sin duda arrobó a los antropólogos de entonces, pues les solucionaba el problema de dar un panorama concreto a lo que hasta entonces había sido un rompecabezas de piezas inconexas. Asumirse mesoamericanista en esa época era totalmente legítimo -ninguno de los antropólogos actuales habríamos evitado serlo de haber vivido entonces-. El éxito del concepto redujo a lo anecdótico aquellos elementos observados en campo que no encajaban con la idea de una gran área homogénea, y se estimaron como casos que requerían de más estudio para alcanzar su inclusión sin ambages en ella.
Por el lado político el concepto gustó a un Estado constituido por sucesivos gobiernos emanados de la Revolución mexicana, que para su consolidación requería esgrimir, entre otras, la bandera de las reivindicaciones campesinas. El campesino, en su mayoría indígena, requería de una revalorización económica, social e histórica; en el aspecto social el Estado volteó hacia el indigenismo antropológico y le hizo caso mientras no atentara contra el statu quo económico, que ni de broma ha pensado en incluir a los indígenas en el reparto de la riqueza.8 En el aspecto histórico, la aparición de un concepto que unificaba a todas las culturas prehispánicas de nuestro actual territorio nacional encajaba muy bien con el ansiado ideal de una sola nación, lo que a su vez justificó un trato disparejo a los diferentes sectores de la sociedad bajo el nebuloso argumento de la unidad nacional. Mesoamérica se constituyó así, además de su valor científico, en un concepto comprometido con el poder, y el poder lo estimuló mediante las autoridades arqueológicas. Alfonso Caso, fundador del INAH, intuyó el valor político del concepto y su consecuente valoración como fuente de recursos; así, el maridaje entre Estado y academia se consumó: el Estado se beneficiaba de los productos antropológicos basados en Mesoamérica y el México Antiguo, y la academia se beneficiaba del apoyo económico y político para realizar sus investigaciones. Ya se ha dicho que las mesas redondas de antropología de los años cuarenta y cincuenta no eran redondas, sino rectangulares y con una sola cabecera; en ella se sentaba el maestro Caso y de ella emanaban las directrices de investigación: las investigaciones eran mesoamericanísticas o no tenían presupuesto.9
Sostengo pues que Mesoamérica es un concepto que ha basado mucho de su larga permanencia en la connivencia con el poder establecido, y que muchos académicos lo esgrimen consciente e inconsciente porque es más cómodo asumir un concepto ya dado y exitoso administrativa y presupuestamente, que abandonarlo por otro marco de explicación, por más atractivo que éste pueda ser.
Pero Mesoamérica también tiene problemas académicos:
1. La omnipresencia de la cultura olmeca. ¿Cómo podemos explicar la expansión de los olmecas, caracterizados como cultura madre,10 por un territorio muy extenso, para dar luego origen a culturas diversas, que luego 2000 años vuelven a agruparse como mesoamericanos?, ¿no será que, menos que una cultura, el término olmeca es un estilo?, ¿y dónde encajan los estilos, volitivos por antonomasia, en la concepción mesoamericanística de atributos compartidos?
2. La atipicidad cultural del Occidente. Para el siglo XVI, época para la que Kirchhoff sitúa a Mesoamérica, los tarascos diferían notablemente del resto de Mesoamérica que era más o menos dominado por los mexicas. Con una lengua proveniente de un tronco diferente al del náhuatl, con acabados arquitectónicos incomparables con los del Altiplano Central (ya no digamos con los de la zona maya), con una tecnología metalúrgica muy despegada de la del resto de Mesoamérica, y en feroz estado de guerra con los tenochcas, ¿cómo podemos hablar de unidad cultural?
3. La influencia asimétrica del Altiplano Central en la Zona Maya. El desarrollo tolteca aprovechó la estructura comercial y de poder establecida en tiempos teotihuacanos; al parecer su capacidad bélica llevó su influencia a los templos mismos de una de las principales ciudades mayas, Chichén Itzá, y de otros asentamientos. No obstante, el flujo cultural no se dio en la misma medida en sentido contrario; así, por ejemplo, la presencia maya en Cacaxtla se concentra sobre todo en la pintura mural y no en la arquitectura o en la distribución del asentamiento. ¿Cómo se explica en términos mesoamericanos la preeminencia de una región sobre otra?, ¿una súper área cultural puede tener desequilibrio en los atributos que definen sus regiones?, si es así ¿cómo explicamos el mayor peso de una región sobre otra?
4. Los tlaxcaltecas. A la llegada de Hernán Cortés Mesoamérica tenía la conformación que todos conocemos, y es verdad que el listado de rasgos y atributos culturales compartidos por toda la superárea aparece bien representado en Tlaxcala. Pero, ¿cómo explicamos que a pesar de su afinidad cultural tlaxcaltecas y mexicas se hallaran constantemente en guerra?, ¿preferimos hablar de “unidad cultural” por encima de evidentes diferencias sociales y políticas?, ¿hasta dónde, por salvar un concepto, sobreseemos la evidencia de una sociedad que prefirió aliarse a otra radicalmente diferente (los españoles) en aras de sacudirse a sus “hermanos” mesoamericanos?
Los anteriores ejemplos muestran algunas imprecisiones, pues el fin es sacar a luz algunas deficiencias en el poder cobertor del concepto Mesoamérica. Sé que cualquier defensor del concepto podría contraargumentar enumerando gran cantidad de semejanzas, en un esfuerzo por nivelar e inclinar a su favor la balanza de la discusión. Pero ése no es el punto que quiero destacar, sino el de sopesar la conveniencia de abandonar Mesoamérica (como concepto todopoderoso) cuando la realidad no se deja atrapar por él. Revisar, modificar y aun abandonar los conceptos científicos es una práctica normal, si bien infrecuente, en la ciencia. La proliferación de discusiones alrededor de los conceptos es un índice de fecundidad y de avance teórico en cualquier ciencia, ¿cuántos años tiene la antropología mexicana como mesoamericanista? Creo, y me dirijo en especial a las nuevas generaciones, que no debería darnos miedo plantear investigaciones sin recurrir a Mesoamérica, la antropología mexicana ganaría en diversidad teórica. ¿O el miedo, y me dirijo principalmente a las viejas generaciones, es principalmente a la reacción política?
El profesor García Mora, en su réplica al artículo donde primero propuse la revisión del concepto,11 asumió de modo incorrecto que mi propuesta original era eliminar de tajo el concepto y, oponiéndose a ello, apunta: “Eso sí, para desechar una visión global hay que proponer otra del mismo calibre, no retazos”.12 Justamente, el problema principal que veo en Mesoamérica es su globalidad, pues esto la hace imponer una visión que sacrifica los detalles adversos en aras del total del concepto. Estoy seguro que el profesor García Mora no ignora que la globalidad es el primer componente de los dogmas, y que por consecuencia, no propongo una alternativa equivalente (“del mismo calibre”), sino sólo dar cabida a la sana libertad conceptual de proponer cualquier alternativa, donde Mesoamérica sea sólo una de ellas, donde el Consejo de Arqueología no asuma que todos tenemos que ser mesoamericanistas.
Mi intención es descalificar a los colegas que decidan continuar investigando bajo el ideario mesoamericano. Mesoamérica mantiene un importante índice de fecundidad, y varios de sus planteamientos están lejos de agotarse. Pero creo que el primer punto a trabajar por los mesoamericanistas es una revisión del proceso de construcción lógico, epistemológico y teórico del concepto, siempre recordando que es una convención; Mesoamérica saldrá ganando y con ella la antropología mexicana.
No obstante, existen aspectos que no puedo aceptar; uno de ellos es la idea de una “civilización mesoamericana”. El profesor García Mora escribe: “La civilización mesoamericana es un fenómeno histórico…”,13 dándole existencia real a tal entidad. El problema con esta aseveración es triple:
• Primero, asume que la unidad cultural en Mesoamérica no sólo es real (no obstante los problemas académicos que enumeramos antes), sino que su homogeneidad implícita le permitió alcanzar niveles sociales comparables a las civilizaciones europeas, las cuales, para lograrlo, empezaron imponiendo una sola lengua “civilizada” en su territorio (sin que esto signifique que hayan desterrado por completo a otras lenguas) y un solo sistema de leyes; dudo mucho que ambos aspectos, indispensables en cualquier definición académica de “civilización”, se hayan alcanzado en Mesoamérica.
• Segundo, entre los antropólogos se ha usado de manera laxa el vocablo “civilización” sin atender a las connotaciones colonialistas que mencionamos anteriormente; en efecto, Mesoamérica, al igual que otros mitos nacionalistas en el mundo, amalgama ideas que se ofrecen como derroteros para la construcción ideológica de la identidad nacional. En México esta amalgama unió la arqueología con el indigenismo, sin darse cuenta de que fue ambivalente al equiparar pasado y presente, civilización y cultura,14 dando como resultado el ambiguo y tramposo tratamiento a los indígenas actuales y a los arqueológicos. De esta ambivalencia no podemos culpar a la clase política sino a los antropólogos, que no han tenido la visión histórica para hacer la distinción y advertir de ella al Estado y a la sociedad. De todo ello, la imagen pública que ha resultado de la “civilización mesoamericana” es que fue incapaz, por inferior, de enfrentar el exterminio ante otra civilización superior, con todos los complejos sociohistóricos que tal imagen arrastra.
• Tercero, el concepto de civilización trae aparejado de manera indefectible el de territorio, y con el de territorio el de sus límites o fronteras. Los límites territoriales establecidos para Mesoamérica por Kirchhoff para el siglo XVI han sido constantemente debatidos entre los mesoamericanistas. Esto, en términos heurísticos sano para efectos de la afinación de Mesoamérica como conjunto de atributos culturales compartidos, pero no para su tratamiento como civilización, habida cuenta de las enormes diferencias culturales y étnicas que se han documentado. Pero todavía es más desalentador que se planteen proyectos arqueológicos que entre sus objetivos tengan que esclarecer el problema de la “frontera de Mesoamérica” por medio, por ejemplo, del estudio de la expansión tolteca en el siglo X, del “área de influencia” teotihuacana en el siglo IV o del comercio de cerámica olmeca ¡en el siglo II a.C.! Así, esos proyectos plantean investigaciones usando a Mesoamérica como un chicle: la estiran temporal y espacialmente para cubrir sus sitios, sin darse cuenta que los cubren más con agujeros conceptuales que con propuestas de explicación. La frontera de un área construida con grandes lagunas conceptuales es una entelequia de escaso valor académico,15 y este es un problema que proviene desde su concepción, por lo que no puede abordarse ni con propuestas novedosas como la de López y Bali,16 que enfoca el territorio mesoamericano como conformado por trayectorias estable, inestable y semiestable.
Problemas sociopolíticos
El primer problema sociopolítico tiene que ver con el uso del término Mesoamérica como dogma, como apunté anteriormente. En otra parte de su artículo de réplica el profesor García Mora señala:
Así se enfrascan muchos en uno de los deportes que más gustan a algunos arqueólogos: mostrar cuán diferentes y únicos fueron los pueblos que habitaron sus regiones de estudio. Apenas pueden disimular su deseo de resaltar su región, apartándola de las demás, para de esta manera fortalecer su posición institucional. Ahora lo que importa es desmenuzarse hasta el infinito, balcanizar la arqueología, a veces para fundar pequeños feudos donde prosperar.17
No puedo negar que hasta ahora muchos arqueólogos siguen preocupándose por resaltar su región o sitio para fortalecer su posición institucional, pero hasta donde lo he observado eso lo han hecho impulsados en buena medida por el mesoamericanismo: para ver qué tanto aportan con su sitio al corpus mesoamericano. Al profesor le digo que los feudos actuales, los que sí se han creado, son mesoamericanistas,18 si bien creo que el gusto por la creación de feudos es un problema de personalidad y no académico-conceptual. La arqueología no necesita balcanizarse, ya lo está.
Si tengo razón en cuanto a que en un futuro mediato la intervención de los estados en el patrimonio arqueológico se incrementara de manera notable, no tengo duda que los gobernadores buscarán reproducir el presidencialismo en la arqueología que se practique en sus estados. Pero estamos a tiempo de que los arqueólogos de ese futuro -los que hoy son estudiantes- elijan el camino digno de estudiar sus sitios y regiones por ellos mismos, y no para la gloria de un Estado centralista, el lucimiento de un gobernador chauvinista o el reforzamiento de un concepto con serios problemas conceptuales y de dogmatismo político. Espero que la arqueología de las universidades de provincia no sea predominantemente mesoamericanista.
Un segundo problema sociopolítico de Mesoamérica es su uso como mito, que hasta hace poco yo reducía al manejo estatal; pero veo que el profesor García Mora también usa en la actualidad el concepto como mito. Veamos cómo y por qué. El mencionado autor escribe en la réplica a mi artículo lo siguiente:
El conservadurismo, el viejo y el nuevo, se ha esforzado por excluir la base mesoamericana; pero otras corrientes se oponen a tal pretensión, pues ven en la herencia mesoamericana la fuente legítima de una identidad propia que fortalezca la soberanía de una nación con columna vertebrada popularmente. El nuevo zapatismo lo propone así, ¿podría, por tanto, pugnarse ahora por una antropología zapatista? Si así fuese ésta sería mesoamericanística.19
El profesor dice que “la herencia mesoamericana [es] la fuente legítima de una identidad propia”; ante ello me pregunto ¿cómo podemos basar nuestra identidad como un mito?, ¿estamos aceptando el dictum funcionalista que valora más los mitos por su valor al constituir el sustrato de una nación que por su representación de la realidad científica? El uso de mitos es recurrente en la consolidación de los estados nacionales: el expansionismo sionista del Estado israelí se basa en el mito del pueblo elegido por Dios, el nazismo se basó en el mito de la supremacía aria, la hegemonía estadounidense sobre nuestro continente se basó en el mito de la doctrina Monroe (“América para los americanos”) y, para no ir más lejos, nuestra gesta independentista se basa en el mito de un Miguel Hidalgo que quería independizarnos de España. Yo no me opongo a este proceder justificado en términos históricos, pero me es patente que esta es una actitud estrictamente política a la que se supedita la investigación científica. Esto debe quedar claro: hacerle creer al pueblo que su soberanía tiene una herencia mesoamericana sin decirle que el concepto de Mesoamérica es un mito (o, al menos, que tiene fuertes problemas conceptuales), es engañarlo, y decirle que esa soberanía está “vertebrada popularmente” es forzar la incrustación de un escenario del presente en un escenario del pasado: así resultaría ahora que las demandas populares actuales estaban ya vigentes en las sociedades pretéritas. Hemos visto que el Estado capitalista mexicano ha usado el mito en su provecho, y ahora parecería que el profesor García Mora trata de usarlo en provecho del pueblo, pero en ningún caso se le dice a éste que la supuesta base es un mito. Me parece que no debe engañarse al pueblo, y menos en su nombre; me parece que ése no puede ser el estilo de una antropología democrática.
Sin embargo, debo conceder que quizá el conjunto de la academia antropológica prefiera orientar su práctica profesional hacia el logro de objetivos políticos y no hacia el esclarecimiento de problemas científicos; si es así, entonces desde luego que las diferencias entre los tarascos, mayas y otomíes no importan y podemos meterlos en la misma bolsa, para así crear otro mito consistente en una supuesta unidad social y política como antecesora del movimiento zapatista que surgió en México en 1994. Las preguntas son ¿de verdad los grupos indígenas del EZLN y del Congreso Nacional Indígena se lo creen?, ¿acudirán esos grupos a nosotros los antropólogos para que los asesoremos? Lo dudo mucho, pues no veo cómo sacudirnos la porción de culpa que nos toca luego de años y años de indigenismo fracasado y luego de hacer un ridículo papel con el movimiento llamado Antropólogos por la Democracia.20
Existe un problema adicional. El profesor García Mora tiene razón cuando escribe que “diversos conglomerados socio étnicos […] se han disputado la base […] sobre la cual levanta sus diferentes proyectos en pugna”.21 Como hemos visto, Mesoamérica fue parte importante de la consolidación del Estado mexicano posrevolucionario, eminentemente nacionalista. Pero hoy estamos inmersos en movimientos globalizantes: México ha ingresado a un tratado económico con Canadá y Estados Unidos, está acelerando su integración cultural con ese bloque y se vislumbra ya una integración monetaria, política y jurídica. Hoy el problema no es la consolidación interna de nuestra identidad, sino la defensa de la misma ante el exterior, ¿cuál será nuestra estrategia?, ¿abrazar al mesoamericanismo para lanzar una cruzada antiimperialista?, ¿hacer de Mesoamérica el núcleo de resistencia ante la inminente globalización? Las interrogantes están planteadas, su discusión está pendiente.
Comentarios finales
En febrero de 1996 presenté una ponencia en la Cámara de Diputados,22 en ella propuse que el uso ideológico que el Estado mexicano ha dado a los restos arqueológicos podría convertirse en un uso con contenido social si dicho patrimonio se revalorizaba por su contenido científico. El Estado no requiere ya consolidar la identidad nacional (incluso a veces parece que es un estorbo), y es dudoso que la oposición a la globalización encuentre en los sitios arqueológicos argumentos eficaces. ¿Es mucho pedir que estos sitios sean valorizados, ya no por su contribución a la patria, sino por su mero valor científico, como casos de estudio para teorías sustantivas?, ¿es inconcebible que Teotihuacán y Monte Albán puedan ser estudiados con enfoques que no recurran a Mesoamérica?
Tal vez sí sea mucho pedir; después de todo Mesoamérica es un concepto que da pertinencia a muchas vidas profesionales, muchas de ellas muy largas. Es comprensible que muchos colegas abriguen el deseo de que Mesoamérica continúe vigente por muchos años; es comprensible la resistencia a abandonar un concepto que fue prestigioso y que aún colma el deseo de una unidad cultural nacional continua desde el México antiguo; es comprensible desear su conservación para evitar una mayor fragmentación de la antropología mexicana. Todos estos deseos son comprensibles a pesar de que las dificultades del concepto oscurecen los dominios en que se aplican cuando se toma como entidad con existencia real, mejor que como una mera convención o, mejor, como una hipótesis plausible. Pero lo que no es comprensible es el deseo de aplicar el concepto como si fuera monolítico, y menos aún para diseñar estrategias políticas para nuestra sociedad actual. El desarrollo de nuestra antropología requiere de una refundamentación de sus pretensiones, y una de las primeras tareas es precisar las dimensiones teóricas y políticas de Mesoamérica, ese oscuro objeto del deseo.
Bibliografía
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García Mora, Carlos, “Mesoamérica: ¿concepto prescindible?”, en Actualidades Arqueológicas, año 2, núm. 10, México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM., 1997.
Kuhn, Thomas S., La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1978 (Breviarios, 213)
López Aguilar, Fernando y Guillermo Bali Chávez, “Mesoamérica, una visión desde la teoría de la complejidad”, en Ludus Vitalis, vol. III núm. 5, México, 1995.
Olivé Negrete, Julio César, “Estructura y dinámica de Mesoamérica: ensayo sobre sus problemas conceptuales, integrativos y evolutivos”, en Acta Anthropologica, vol. 1 núm. 3, segunda época, México, 1958.
Rodríguez García, Ignacio, “Para una revalorización social del patrimonio arqueológico”, ponencia presentada en Mesas de análisis en materia de política y legislación cultural, México, Comisión de Cultura de la LVI Legislatura, Cámara de Diputados, Congreso de la Unión, México, 1996.
____________, “El presagio de un prestigio: un año de Actualidades Arqueológicas”, en Actualidades Arqueológicas, año 2 núm. 8, México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, 1996.
Ruiz, Apen, Cultura y poder en arqueología mesoamericana, México, Instituto Chiapaneco de Cultura, Gobierno del Estado de Chiapas, 1995.
Váquez Léon, Luis, “El Leviatán arqueológico. Antropología de una tradición científica en México, México”, tesis de doctorado en Ciencias Sociales, México, Programa CIESAS, Universidad de Guadalajara, 1997.
Wheeler, Mortimer, Archaeology from the Earth, Londres, Oxford University Press, 1954.
Sobre el autor
Ignacio Rodríguez García
Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Arqueológico, INAH y co-coordinador del Seminario de Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana.
Citas
- Este artículo fue presentado en el Coloquio “Mesoamérica. Una polémica científica, un dilema histórico”, del 13 al 15 de octubre de 1997. [↩]
- Podría agregar el ejemplo de la época de oro de la cinematografía mexicana, pero creo que he dejado claro el punto. [↩]
- Luis Vázquez León, “El leviatán arqueológico. Antropología de una tradición científica en México”, tesis de doctorado en Ciencias Sociales, México, 1995. [↩]
- Julio César Olivé, “Estructura y dinámica de Mesoamérica: ensayo sobre sus problemas conceptuales, integrativos y evolutivos” en Acta Antropológica, vol. 1, núm. 3, 1958. [↩]
- Mortimer Wheeler, Archaeology from the Earth, 1954. [↩]
- El caso de Mesoamérica como argumento de consolidación de la nación y el Estado mexicanos merecería ser estudiado por la antropología. Casos similares abundan en el mundo, pero desconozco la existencia de enfoques antropológicos en sus análisis. Una interrogante adicional surge inmediatamente: ¿un estudio antropológico del caso mexicano sólo podría ser realizado por un antropólogo extranjero? [↩]
- Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, 1978. [↩]
- A menos que queramos creer que, a pesar de tantas décadas y estudios antropológicos de nuestras etnias, las Marías sigan en las aceras sólo por hacernos la maldad de deslucir nuestra política indigenista. [↩]
- Debo dejar en manos más capacitadas el análisis e implicaciones históricas de la actuación política de Alfonso Caso, tan importante como la académica. [↩]
- Tengo claro que considerar a la cultura olmeca como “cultura madre” fue un argumento esgrimido sobre todo en los años cuarenta a sesenta, y que hoy dicha consideración ha desaparecido prácticamente entre los especialistas. Pero esto, lejos de afectar mi planteamiento, lo refuerza: si la cultura madre fue un concepto integral en la definición de Mesoamérica (como lo afirma Di Castro “La colección arqueológica de Miguel Covarrubias” en Arqueología Mexicana, núm. 3, 200:71), al perder prestigio el primer concepto, ¿no debería al menos ser revisado el segundo? (Nota agregada en 2000). [↩]
- Ignacio Rodríguez, “El presagio de un prestigio: un año de Actualidades Arqueológicas” en Actualidades Arqueológicas, año 2, núm. 8, 1996. [↩]
- Carlos García Mora, “Mesoamérica: ¿concepto prescindible?”, en Actualidades Arqueológicas, año 2, núm.2, 1997, p. 7. [↩]
- Idem. [↩]
- Apen Ruiz, Cultura y poder en arqueología mesoamericana, México, Instituto Chiapaneco de Cultura, Gobierno del Estado de Chiapas, 1999. [↩]
- Por si fuera poco, el que un sitio esté de aquél lado de la frontera de Mesoamérica lo etiqueta con la vergüenza de ser “marginal”, vergüenza que alcanza a los arqueólogos que los estudian, como bien lo saben los que trabajan el norte de México (norte de Mesoamérica, por supuesto). [↩]
- Fernando López y Guillermo Bali, “Mesoamérica, una visión desde la teoría de la complejidad”, en Ludus Vitalis, vol. III, núm. 5, 1995. [↩]
- Carlos García Mora, op.cit., pp. 6-7. [↩]
- Si bien en muchos casos la declaración de principios mesoamericanista es sólo una fórmula retórica para luego pasar de lleno al particularismo histórico. [↩]
- Carlos García Mora, op.cit., p.6. [↩]
- Con una desmedida confianza en su profesional capacidad observadora y analítica de la realidad nacional, un grupo de antropólogos fundó este movimiento para apoyar la candidatura del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la República en las elecciones de 1994. A mi parecer este movimiento se apoyó en la “evidente” aversión de la sociedad mexicana contra los regímenes priístas, e intentó sumarse a las fuerzas progresistas que, ahora sí, llevarían al PRD (caracterizado como partido liberal, de izquierda y de bases populares) al poder. La abismal e incuestionable diferencia de votos con la que finalmente alcanzó la presidencia el doctor Ernesto Zedillo, candidato priísta, puso en entredicho la capacidad observadora y analítica presumida por los antropólogos, no sólo de ese movimiento sino de toda la academia, con lo que el peso político de los antropólogos pasó de escaso a totalmente nulo. Hoy, Antropólogos por la Democracia es un penoso capítulo en nuestra historia gremial del que nadie quiere acordarse; y menos aún después de las elecciones de julio de 2000, cuando, otra vez, esos antropólogos siguieron neciamente aferrados a apoyar al ingeniero Cárdenas quien, para peor, bajó del segundo al tercer lugar en esta elección presidencial. (Nota agregada en 2000). [↩]
- Carlos García Mora, ibidem. [↩]
- Ignacio Rodríguez, “Para una revalorización social del patrimonio arqueológico”, ponencia presentada en Mesas de análisis en materia de política y legislación cultural, 1996. [↩]