Se esté o no de acuerdo, en mi opinión, hay un creciente descrédito de la utopía. Las grandes plumas en la antropología se han pasado poco a poco a la biografía, a las memorias, al documental, al reportaje o a la historia, basadas en hechos reales. Hay una pasión en la demanda de realidad y no de ficción. Para el caso y a contracorriente, Esteban Krotz nos propone un estudio interesado particularmente por la relación entre antropología y utopía. Esto puede sonar extraño, pues seguramente no existen muchos patrones de pensamiento o de acción que parezcan estar más alejados del presente ideal de conocimiento que la utopía; a ésta se le ha identificado, por lo general, con lo no realista, con lo irreal, en el mejor de los casos con una cavilación amable pero, en definitiva, armada del mundo real. No obstante, al conducirnos por el locus del argumento central, el autor nos obliga a observar detenidamente y junto con él, notaremos enseguida varios puntos de contacto.
El texto se divide en cuatro partes. La primera se refiere a la esencia y la crisis de la etnoantropología; la segunda se dedica a la otredad utópica; la tercera tiene corno objetivo reflexionar sobre la otredad de las ciencias antropológicas, y, finalmente, la cuarta intenta relacionar a la antropología y a la utopía como dimensiones de un nuevo paradigma.
A lo largo del texto, el autor analiza cómo se crea esa relación. Pero antes nos avisa, en la primera sección que tenernos que ocuparnos de la propia palabra “antropología”, que hasta ahora ha sido utilizada de manera más bien difusa. De hecho, existe una “pregunta antropológica” que se ha formulado una y otra vez desde el inicio de la vida humana en el planeta. Para empezar, podría quizá representarse con las situaciones, al parecer algo dispares, del encuentro de grupos humanos del paleolítico, de los viajes y de la expansión imperial del poder. Precisamente éste es el sitio de la pregunta antropológica: por la igualdad en la diferencia y la diferencia en la igualdad. Pero en la medida que sí es posible hacer una afirmación general sobre el contacto entre culturas -por lo menos en el ámbito cultural occidental-, ésta se encuentra en la demostración que la cuestión disciplinaria tiene su momento decisivo en la categoría de la otredad. Para Krotz la otredad significa una clase especial de diferencia, tiene que ver con la experiencia de la extrañeza, se refiera a paisajes y climas, o a plantas y animales, formas y colores, olores y ruidos. Pero solamente la confrontación con las particularidades hasta entonces desconocidas de otros seres humanos -idioma, costumbres cotidianas, fiestas, ceremonias religiosas o cualquier otra cosa- proporciona la verdadera experiencia de la extrañeza. Para el autor, la alteridad es la categoría central de una pregunta antropológica específica.
En la categoría de alteridad, el otro -en el sentido que describe Krotz-, no se considera corno tal en relación con sus particularidades individuales, y menos aún con las “naturales”, sino como miembro de una comunidad, como portador de una cultura, como heredero de una tradición como representante de una colectividad, como punto nodal de una estructura permanente de comunicación, como iniciado en un universo simbólico, como participante de una forma de vida distinta de otras, como resultado y creador de un proceso histórico específico, único e irrepetible. Al otro individuo, al producto material institucional o ideal aislado de una cultura o de un individuo en la comunidad, siempre lo acompañará el conjunto de la otra cultura, y cada elemento individual será visto desde esta totalidad cultural.
En la segunda sección del libro la utopía es el tema central de Krotz. Sobre esta noción afirma que es patrón de pensamiento, impulso para actuar, objeto de anhelos, tema de sueños, principio de organización, forma de imaginación y dimensión de sentido. Asimismo se puede encontrar en todas las épocas y en todas las culturas; no sólo en acontecimientos extraordinarios, sino también en las trivialidades de la cotidianidad y de los sueños diurnos en la vida de todos los individuos.
Basta pensar cuánto difieren en un mismo país, las concepciones (y las prácticas que éstas conllevan) acerca de la niñez y la muerte, el trabajo y la sexualidad, que tienen las generaciones actuales y las anteriores; y no se trata sólo de diferencias respecto de valoraciones obtenidas por medio de la reflexión, sino también de esquemas de percepción y del acomodo de lo percibido en contextos globales, casi siempre aceptados sin cuestionamiento alguno. En ambos casos, podremos ver cómo la utopía representa una forma específica del análisis de fenómenos sociales, en que la categoría de la alteridad tiene una importancia decisiva. En los acontecimientos y situaciones descritos se trasluce continuamente una especie de “contramundo” que es por completo distinto del orden real que impera en el mundo. La razón que da origen a estos contramundos es siempre la misma, sin importar el lugar: la insatisfacción por principio con las condiciones existentes.
Con la lectura reflexiva del libro nos queda claro que quien tiene justamente sentido de la realidad, tiene también sentido de la utopía, y no la confunde con la verdad ni con la falsedad. Por ello Krotz en la siguiente sección, la tercera, se enfoca en los estudios escritos de estos sueños, redactados por hombres letrados, en los que se pueden reconocer con mayor o menor claridad los mencionados elementos del proceso de esa época. Estas obras se encuentran entrelazadas en más de una manera con la cultura del llamado “pueblo sencillo”, de la mayoría de la población, que no sabía leer ni escribir.
De modo que, paradójicamente, la creciente demanda de realidad puede perfectamente ser un síntoma de un descrédito de ellas, por lo menos comparable a la decadencia de la utopía como indudablemente lo demuestra el autor; la tríada Moro-Campanella-Bacon forma parte de los autores de obras utópicas más conocidos (sin contar a Platón -a quien con frecuencia se ha considerado el precursor del género-, al llamado socialismo utópico del siglo XIX y a las utopías negativas de Huxley y Orwell). Según muchas presentaciones panorámicas y críticas de la utopía, con estos tres textos dio inicio un género literario al que, a mediados del siglo antepasado, se bautizó como “novela política”. Sin embargo, de esta manera se favorece un insostenible estrechamiento de la tradición utópica y, finalmente, una grosera falsificación del concepto de utopía como tal.
Nuestro autor insiste en el falseamiento que de la utopía se ha hecho, que se inicia con la clasificación de los textos utópicos dentro del ámbito de la ficción; así, éstos son contrapuestos de antemano a todos los géneros que se ocupan principalmente de descripciones, análisis o de la evaluación objetiva de hechos reales. Sin embargo, como lo demuestra el texto, los autores de escritos utópicos establecen una clara relación con su respectiva realidad sociocultural, que también es la de sus lectores, quienes la reconocen.
A pesar de que a los narradores que aparecen en estas utopías siempre se les dificulta informar sobre la ubicación precisa de estas islas de ventura, nunca se trata simplemente de un país cualquiera de cuento de hadas, sino siempre de una región del mundo por la que el narrador ha viajado en realidad y su descripción no deja lugar a dudas de que la existencia de un lugar así es por demás posible.
En esta misma parte del texto se discute profusamente sobre la construcción de la utopía, se muestra cómo es una constante en la historia cultural de Europa, en virtud de una época proveniente del mencionado umbral entre dos épocas, al mismo tiempo final de la Edad Media y principio de la modernidad. Por tanto, nos demuestra Krotz que la tradición utópica se opone, de alguna manera, al orden predominante, o sea que tiene todos los rasgos de una auténtica contracultura.
Conviene reparar aquí en tres reflexiones que el autor nos propone parafraseando a Bloch acerca del concepto de utopía. La primera de ellas profundiza la afirmación ya mencionada de que la tradición utópica y su comprensión no se deben aislar de su origen es decir, el ser humano soñado. Éste siempre pretende alcanzar más. La segunda es la enseñanza etimológica, es decir, el hablar del “no lugar” o “sitio inexistente”, no debe distraer la mirada del hecho de que la perspectiva básica de la utopía no es de naturaleza topológica, sino cronológica. Finalmente, la tercera reflexión: toda expresión utópica es necesariamente fragmentaria porque está condicionada por la historia: en la negación dialéctica, de la positividad ya germinante siempre aparecerá un bien que permite entrever, a pesar de su orientación a lo absoluto, los intereses de grupo y de clase del soñador, las circunstancias biográficas y de época de su vida, y, con frecuencia, aun los estados temporales y muy personales de disgusto o de exaltación.
En la última parte del libro, el autor describe con gran destreza la relación entre realidad sociocultural y utopía a través de cinco propuestas teóricas. En primer lugar, lo social tiene una estructura reconocible. Ésta es previa a cualquier individuo y, por así decirlo, está por encima de él. En segundo lugar, este orden no es estático; los seres humanos lo han cambiado y por tanto lo pueden cambiar también ahora. En tercer lugar, el orden analizado por la utopía, como conjunto y en relación con sus partes constitutivas, tiene causas, y el conocimiento humano tiene acceso a ellas. En cuarto lugar, la realidad experimentada de la convivencia humana no corresponde, en modo alguno, a la imagen supuestamente válida de la colaboración más o menos unánime, de todas las fuerzas sociales, que se apoyan, fomentan y complementan mutuamente para lograr el bienestar del conjunto y de cada individuo. En quinto lugar, la sociedad vislumbrada utópicamente no se presenta simplemente como un campo lleno de tensiones con pesos arbitrarios, sino que su conjunto y muchos de sus elementos particulares remitan con claridad a la existencia de uno o pocos conflictos básicos que crean mantienen o, por lo menos, influyen de manera decisiva en los demás.
Estas cinco relaciones estrechas demuestran que la utopía es algo más que una imagen ideal arbitraria y nacida del capricho individual. En esta parte del libro, y la más interesante a mi gusto, logra demostrar además, que la utopía en todas sus formas -como juguetón sueño diurno, como antigua profecía, como tratado escrito, como revuelta ritual, como comunidad contracultural, como movimiento revolucionario- es una forma más o menos explícita de análisis social.
Para finalizar, Krotz insiste en la relación entre la antropología y utopía y esto con relación a la posibilidad de una nueva perspectiva antropológica y también de una nueva formulación de la pregunta que guía a esta disciplina científica y que reconquiste la dimensión utópica. Es necesario asumir que hay una crisis de la antropología y de la utopía: por ello se debe realizar una recapitulación dialéctica entre ellas.
Como queda claro en el libro, la afirmación de que las ciencias antropológicas se encuentran en una profunda crisis de fundamentos y que sus síntomas más evidentes -la fragmentación del conocimiento antropológico y de su proceso de producción así como la indefinición respecto de sus límites y relaciones con los ámbitos vecinos (empíricos, metodológicos, teóricos)- se basan en la carencia de una matriz disciplinaria unificadora son absolutamente ciertos. El carácter y el contenido de esta pregunta antropológica se derivaron de la situación del contacto cultural, que se ha seguido dando de nuevo una y otra vez desde el inicio de la vida humana. Y es que la pregunta antropológica, de cuya formulación, tratamiento, observación y respuesta ha tratado y trata este libro, es la que aborda el hecho y las causas, el alcance y el significado de la igualdad y la diferencia -de lo igual en lo diferente y de lo diferente en lo igualen las culturas o en fenómenos socioculturales individuales o en conjuntos parciales de este tipo.
Sabemos gracias a Krotz que, la ficción es la ficción, es decir, la negación de la vida, un espejismo, una vida artificial que recrea la real imponiéndole un orden, unas jerarquías, una coherencia y un principio y fin que la vida real no tiene nunca. Por tanto, en la utopía se encuentran unidos indivisiblemente la acusación, y el anunció, el análisis de lo existente y la instigación para subvertirlo, igual que el esfuerzo de la razón y la imaginación de los sentidos, y el concepto de “en resumen, una vida mejor”, que se va aclarando poco a poco, y el asombro ante la diversidad real de las culturas existentes y pasadas.
Vivimos una época en la que dedicar tanto esfuerzo de la vida a escribir un libro de antropología de tanto vuelo va totalmente en contra de las modas establecidas, que, en la actualidad son obras leves, poco entendidas y nada brillantes. La otredad cultural entre utopía y ciencia obliga a un esfuerzo intelectual. La utopía, como se comprueba en este libro, fue una de las más importantes tradiciones precientíficas de la historia de la civilización europea utilizadas para plantear la pregunta antropológica. En el caso de la antropología, el contacto cultural y el asombro que éste implica han demostrado ser este marco de experiencia. Por eso, la investigación de campo y la comparación son consideradas justificadamente como los elementos clave característicos del método antropológico.
Ya no se escriben textos así, en los que un antropólogo, convertido en un forzado de la pluma se empeña, como los clásicos del siglo XIX, en oponer al mundo real un mundo ficticio tan minucioso y tan vasto, tan atestado y tan frenético, que parezca atrapar en sus páginas, toda la vida, toda la historia, toda la realidad. Sobre todo, porque no se detiene sólo en rasgar los velos de la antropología. Ofrece destellos de posibilidades alternativas, a partir de la utopía- lo que el lector debe agradecer de manera especial es, sin duda, un fascinante esfuerzo intelectual. Me queda la idea de que a la antropología todavía le podemos dar mayor juego con otro tipo de racionalidad práctica y colectiva basada en una nueva articulación: la utopía asociada de razón y liberación como lo sugiere el colega Esteban Krotz. El autor es un antropólogo curioso y activo, la suya es una trayectoria a través de la que se puede comprobar, sin duda, que la filosofía ilustra a la teoría antropológica.
Sobre el autor
Alejandro González Villarruel
Museo Nacional de Antropología-