Un nuevo actor en movimiento: hacia un estudio antropológico de las organizaciones no gubernamentales

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El llamado “boom de las organizaciones no gubernamentales (ONG)”, que venimos constatando desde los años ochenta en diferentes países tanto del norte como del sur, no ha generado hasta la fecha una conceptualización teórica satisfactoria de este novedoso fenómeno político-social. Para elaborar un programa de investigación adecuado a este carácter supuestamente novedoso de las ONG, recurrirémos a dos ámbitos teóricos distintos, cuyos aportes aún no se han interrelacionado por proceder de diferentes tradiciones y disciplinas académicas. Sin embargo, creemos que ambos enfoques de forma conjunta ayudarán a integrar – en un próximo paso – el estudio de las ONG, de sus miembros y de sus destinatarios en un solo modelo de análisis.

Se trata de las investigaciones realizadas de los denominados “nuevos” movimientos sociales, por un lado, que se han desarrollado sobre todo en la sociología y la ciencia política, y de la teorización acerca de la relación entre cultura y etnicidad, por otro, campo de estudio privilegiado de la antropología.1 La conjugación de aportaciones procedentes de ambos enfoques, por último, se ilustrará en el caso de las ONG dedicadas a la atención de los inmigrantes extracomunitarios, que en dos sentidos desafían al nuevo actor asociativo: tanto en su carácter de movimiento social como en su potencial de espacio intercultural.

¿Nuevos movimientos sociales?

De acuerdo con las definiciones de Raschke, Muro y Canto Chac, Riechmann y Fernández Buey, así como Castells,2 entenderemos por movimiento social a todo aquel actor colectivo que despliega – con cierta permanencia en el tiempo y en el espacio – una capacidad de movilización que se basa en la elaboración de una identidad propia y en formas de organización muy flexibles, con el objetivo de impactar en el desarrollo de la sociedad y de sus instituciones. Antes de examinar las dos principales corrientes teóricas sobre movimientos sociales, matizaremos algunos aspectos terminológicos y tipológicos:

• Con el énfasis puesto en este primer intento definitorio en las dimensiones temporal y espacial, se excluyen aquellas acciones colectivas espontáneas y aisladas que, como rebeliones y motines, no generan ni una mayor permanencia ni estructuras organizativas propias.3

• El objetivo de “impactar en el desarrollo de la sociedad” incluye tanto aquellos movimientos que se autoconciben como “revolucionarios” o “reformistas”, como aquellos tildados a menudo de “reaccionarios”,4 matices analíticos que -si acaso tienen sentido -se justificarían a posteriori, pero que no sirven una distinción a priori.5

• Mientras que algunos autores limitan el ámbito de los movimientos sociales a aquellos que se dirigen exclusivamente al Estado como interlocutor6 y que por consiguiente se reducen a movimientos políticos,7 nuestra propuesta terminológica incluye también movimientos que no se dirigen de manera abierta hacia el Estado, sino que buscan un interlocutor dentro de otros sectores de la sociedad; a menudo, los movimientos sociales desarrollan una doble estrategia, dirigida al Estado, por un lado, y a la sociedad y a la opinión pública en general, por otro.8

La literatura teórica, desde los años setenta, refleja una intensa discusión acerca del concepto de los nuevos movimientos sociales, concepto bajo el que se agrupa a aquellos movimientos que a diferencia de sus antecesores “clásicos”, (movimientos burgueses, obreros y campesinos), no se remontan al siglo pasado, sino que surgen después de la ruptura política y social de 1968. Reflejando las transformaciones contemporáneas de las sociedades occidentales, este nuevo tipo de movimientos estudiantiles, urbanos, feministas, ecologistas, pacifistas, etcétera, se caracteriza por los siguientes rasgos:9

• una estructura organizativa flexible, expresada mediante redes con escasa jerarquía y un rechazo abierto a liderazgos explícitos;

• la insistencia en la autonomía del movimiento frente a otros actores políticos, sobre todo frente al Estado y a los partidos políticos;

• la carencia de una ideología de transformación de la sociedad en su totalidad, como lo fuera el proyecto marxista;

• la consecuente limitación a temáticas específicas que no abarcan un proyecto “societal” global, sino que sólo se articula como un movimiento monotemático;

• una composición social heterogénea, “multiclasista”, con un fuerte componente procedente de las clases medias, lo cual para algunos analistas plantea el problema de cómo identificar el “sujeto histórico”;10

• y, probablemente como consecuencia de dicha composición plural, una constante tematización de la identidad y la subjetividad.11

A raíz del surgimiento de este nuevo tipo de movimiento y de la divergente valoración de su carácter innovador, en los años setenta su análisis se bifurca en dos corrientes teóricas: el paradigma de la “movilización de recursos” -predominantemente anglosajón- y el paradigma de los “nuevos movimientos sociales” – desarrollado sobre todo por autores europeos-continentales.

“Movilización de recursos” o “nuevos movimientos sociales”

La teoría presentada por Olson12 que en sus orígenes provino del ámbito económico-empresarial, y luego que modificada por otros autores, parte de una pregunta central: ¿por qué y en qué condiciones están los individuos dispuestos a participar en acciones colectivas? Un individuo es un “actor racional” que siempre persigue intereses propios y se deja guiar únicamente por una lógica utilitarista. Por ello, todo tipo de organizaciones y movimientos son por definición “grupos de intereses” -grupos en los cuales los intereses particulares de cada uno de sus componentes individuales se coordinan en busca de intereses comunes.

El incentivo principal de la participación en una ONG o en un movimiento es en última instancia de tipo económico. De la misma forma que una “empresa perfectamente competitiva”,13 el interés común reside en movilizar recursos que luego se distribuyen entre los miembros del grupo. Aunque se concede que también pueden existir motivos no económicos para participar en un determinado movimiento, la lógica de esta participación queda supeditada a criterios puramente racionales: el uso de medios “eficientes y efectivos” para alcanzar los objetivos propuestos.14 Los factores no económicos de los movimientos sociales funcionan por tanto como un mecanismo selectivo para movilizar el grupo.

Para explicar la “manipulabilidad” de muchos movimientos por sus líderes se recurre a los incentivos considerados en última instancia como materiales. La expectativa de obtener recursos materiales en un futuro cercano basta para seguir participando.15 Este enfoque teórico obviamente está arraigado en el paradigma del rational choice, la noción según la cual todo acontecimiento y fenómeno tanto económico como social y político puede ser reducido a una serie de elecciones realizadas -entre un abanico de posibilidades empíricamente dadas- por individuos cuyo comportamiento electivo es completamente racional.

Este paradigma y su aplicación empírica al estudio de las ONG, como movimientos sociales, resulta reduccionista al no tomar en cuenta que en cualquier contexto más amplio, los intereses individuales y colectivos están constituidos por significados simbólicamente construidos.16 A pesar de su reduccionismo economicista, la importancia de este enfoque reside en haber hecho hincapié en la necesidad de estudiar los componentes concretos de un movimiento, en vez de identificar cada uno de los actores sociales individuales con el actor social colectivo.

Desde los años setenta, sobre todo en el contexto político posterior al movimiento de 1968, surge una vertiente teórica que rechaza el énfasis puesto hasta entonces en el actor individual por completo racional para explicar el surgimiento de movimientos sociales. La sociología, en especial autores como Touraine y Melucci, parte de la necesidad de estudiar los subyacentes conflictos estructurales de las sociedades contemporáneas, de los cuales los movimientos sociales son sólo su expresión visible como “conductas conflictuales al interior de un sistema social”.17 Los cambios estructurales que experimentan las sociedades occidentales, su paso de un modelo de producción industrial “fordista” a una sociedad “post-industrial”,18 genera nuevas pautas de movilización, mismas que no son reducibles a una “metafísica del actor”.19 Por ello se rechaza la tendencia a personificar los movimientos sociales, opinión de Olson et al. expresan así: “Social movements, therefore, should not be viewed as personnages, as living characters acting on the stage of history, but as socially constructed collective realities.”20

Los nuevos movimientos sociales son el producto de dichas transformaciones estructurales.21 La terciarización del sistema económico traslada los conflictos sociales del sector productivo al sector de consumo, con lo cual el “adversario de clase” ya no constituye el destinatario directo de los movimientos sociales.22 Las dimensiones culturales y simbólicas cobran una mayor importancia: las acciones – a menudo directas y espontáneas- se vuelven autoreflexivas, conciben a “la acción como mensaje”.23

Ante este trasfondo de cambios radicales, la corriente postestructuralista retoma la noción de los “nuevos movimientos sociales” haciendo especial hincapié en su faz identitaria. La identidad se vuelve una preocupación constante de los movimientos; lejos de ser simple expresión de los intereses comunes de un grupo, la identidad se convierte en “política identitaria”, en negociación de múltiples identidades frente a diversos contrincantes sociales.24 Como las identidades ya no son simples expresiones fidedignas de las posiciones que ocupan los individuos en el proceso de producción, estas identidades se diluyen: ya no corresponden a sujetos identificables, sino a meras “posiciones de sujeto”.25

El Estado, por consiguiente, ya no es el destinatario preferencial de las “prácticas discursivas” de los nuevos movimientos sociales, puesto que las identidades individuales se construyen a partir de “adversarios” polifacéticos y oblicuos, no de un poder central: “El individuo no es el vis-á-vis del poder; es, pienso, uno de sus primeros efectos”.26

El énfasis puesto por esta segunda vertiente precisamente en aquellos aspectos de los movimientos sociales pasados por alto por la teoría de Olson et al., sus causas estructurales subyacentes y sus expresiones identitarias, no logra, sin embargo, explicar la fisionomía específica, las formas de organización y las estrategias políticas elegidas precisamente por un movimiento social y no por otro.27 Mientras que para una vertiente, los movimientos sociales son un mero reflejo de intereses materiales, en el caso opuesto son un simple epifenómeno de la cambiante estructura social.

Como señala Munck,28 tanto la vertiente teórica sobre “movilización de recursos” como el enfoque hacia los “nuevos movimientos sociales” son insuficientes, pero complementarios. Mientras que la escuela continental/europea se centra en el origen estructural de los movimientos sociales, sin poder explicar su evolución concreta, Olson et al. se limitan a estudiar el funcionamiento interno de un movimiento determinado, sin contextualizarlo en su relación con la sociedad de la que nace. Para una estrategia de investigación sobre las ONG como movimientos sociales que supere a la vez tanto el determinismo economicista inherente en la vertiente del rational choice, como el determinismo macrosociológico de Touraine y Melucci, será necesario combinar:

• un análisis etic de las circunstancias y las condicionantes externas en las que se origina una determinada ONG, así como de su relación con las transformaciones estructurales a las que está sometido el contexto de origen;

• y un análisis emic de los actores sociales concretos que componen la ONG, sus intereses, recursos y estrategias al enfrentarse con otros actores sociales.29

Un repaso de las teorizaciones generadas sobre todo en el contexto latinoamericano30 ilustra que la combinación de ambos enfoques necesita ser ampliada además por dos factores decisivos, pero minusvalorados en los enfoques europeo y norteamericano: el poder y la cultura.

Estado y sociedad civil

Es evidente el impacto que el Estado, y su forma de ejercer el poder tiene en la configuración de los movimientos sociales de las ONG y de sus estrategias políticas. Un Estado populista o corporativo obliga a cualquier movimiento a actuar de forma diferente que si se tratara de un Estado neoliberal. Para el caso concreto de las ONG, esta variable externa aún no ha sido explorada.

Con su insistencia en niveles intermedios mediante el uso de middle range theories,31 la antropología política ha contribuido a elaborar marcos analíticos para el análisis tanto sincrónico como diacrónico de formas de organización política, como los presentados por Tiffany.32 No obstante, el “estudio de la generación, distribución y ejercicio del poder en contextos socioculturales específicos”, siguiendo a Peña33 en su definición de antropología política, permanece estático y estatista. Por ello, un estudio como el que aquí se propone necesariamente tiene que recurrir a un cuerpo teórico extra-antropológico para luego adaptarlo al estudio de las ONG. En el análisis de este tipo de movimientos asociativos, en primer lugar es indispensable ampliar la noción de “poder”, para así superar la excesiva fijación en el Estado -supuestamente todopoderoso- frente al actor social, reducido a mera víctima. Tanto el Estado como la sociedad son actores que actualizan relaciones de poder.34 Un concepto no sustantivista, sino relacional del poder evita objetivarlo en instituciones cuasi/personalizadas:

Se trata, por el contrario, de coger al poder en sus extremidades, allí donde se vuelve capilar, de asirlo en sus formas e instituciones más regionales, más locales, sobre todo allí donde, saltando por encima de las reglas del derecho que lo organizan y lo delimitan, se extiende más allá de ellas, se inviste en instituciones, adopta la forma de técnicas y proporciona instrumentos de intervención material, eventualmente incluso violentos.35

El enfoque correspondiente se centraría no en las organizaciones e instituciones en sí, sino en las desiguales relaciones que existen entre ellas; en estas relaciones, el poder conformaría “a total structure of actions brought to bear upon possible actions”.36 Para lograr agrupar mejor este tipo de relaciones de poder que se manifiestan dentro y fuera de las ONG, el punto de partida será la noción de “sociedad civil”, entendida ésta como “un espacio público que tiene función normativa, regulativa, independiente y autónoma frente a la economía y al Estado”.37 Algunos autores rechazan este concepto por su problemática polivalencia38 o por su uso supuestamente restringido a los procesos de transformación de la Europa centro/oriental,39 mientras que otros alertan sobre su equivalencia con el concepto de “pueblo”.40 No obstante, me parece una noción heurísticamente fructífera para estudiar la ya mencionada tensión existente entre movimientos sociales y Estado. Esta tensión parece tener orígenes estructurales generalizables:

Starting from the consideration that the two processes of the state-making-society and society-making-state are contradictory because the completion of the first would lead to a state without society – the totalitarian state – and the accomplishment of the second to society without the state – the extinction of the state – the two processes are anything but accomplished, and are unaccomplishable simply because of their cohabitation and contradictoriness. The two processes are well represented by the two images of the participatory citizen and the protected citizen, who are in conflict among themselves, sometimes in the same person: a citizen who through active participation always asks for greater protection from the state and through the request for protection strengthens the state which the citizen wants to control but which ends up becoming his or her master”.41

Esta contradicción estructural entre sociedad y Estado – o, en un sentido más amplio, entre sociedad civil y sociedad política- forma la base de la cuesitón de la “legitimidad del Estado”.42 Los movimientos sociales en su mayoría articulan dicha contradicción al dirigirse simultáneamente al Estado y a la sociedad.43 A esta “doble” política de influencia -hacia fuera del movimiento- y de identidad -hacia dentro del mismo- se debe el potencial democratizador que a menudo se atribuye a las ONG.44 Sólo una transformación interdependiente de las estructuras organizativas propias y de los canales de participación en el Estado desembocaría en una democratización doble.45

Las consecuencias que conlleva el acercamiento de una ONG como un movimiento social a las estructuras político-gubernamentales son valoradas de forma desigual por los teóricos de la sociedad civil. Mientras que algunos recalcan la necesidad de superar la estrategia de acción autorrestringida frente a un posible impacto en el Estado,46 otros postulan una correlación entre el aumento del poder político de un movimiento autónomo.47 Y su pérdida de identidad y cohesión interna.48

Varios estudiosos de los nuevos movimientos sociales afirman la necesidad de indagar en la relación entre un determinado movimiento social y las prácticas culturales de sus miembros.49 Sobre todo en contextos de marginación socioeconómica y/o política, la cultura se puede convertir en pilar básico de una acción colectiva.50 En este tipo de contextos, característicos también para el surgimiento de asociaciones de inmigrantes, la cultura es refuncionalizada como un recurso emancipatorio.51 Por lo menos a nivel del fenómeno, las ONG se asemejan a este tipo de movimientos asociativos en que se originan precisamente en el “gozne entre sistema y mundo vivencial,52 de cuya confrontación surge un potencial de protesta que convierte la cultura, la forma de vida, en su panacea:

Los nuevos conflictos surgen más bien en ámbitos de la reproducción cultural, de la integración social y de la socialización; son ejercidos bajo formas subinstitucionales o por lo menos extraparlamentarias de protesta; y en las carencias que los nutren se refleja una cosificación de los ámbitos de actuación comunicativamente estructurados, que se ha vuelto inabordable para los medios del dinero y del poder. En lo fundamental no se trata de recompensas a conceder por el Estado de bienestar, sino de la defensa y restitución de formas de vida que peligran o de la realización de formas de vida reformadas. En resumen, los nuevos conflictos son desencadenados no por problemas de distribución, sino por cuestiones de la gramática de las formas de vida.53

Recreando prácticas culturales comunales y adaptándolas a nuevas situaciones extralocales, el movimiento asociativo es resignificado, genera su propia identidad y puede convertirse con ello en una nueva comunidad para sus miembros.54

En contextos de desigualdad socioeconómica, y al enfrentarse actores antagónicos como en el caso del conflicto estructural entre movimientos sociales y Estado, la actividad cultural desplegada por un determinado actor social se inserta en procesos hegemónicos, de lucha por la distribución y apropiación de poderes entre grupos dominantes y subordinados. Una noción no maniquea del concepto de hegemonía permite identificarlo con prácticas culturales que constituyen sistemas de sentidos y valores generados en contextos de dominación y subordinación y que por tanto han internalizado dichas desigualdades.55 Lo distintivo de la noción de hegemonía es su doble cara. Como un proceso y, a la vez, como el resultado de dicho proceso:

First, hegemony is a set of nested, continuous processes through which power and meaning are contested, legitimated, and redefined at all levels of society. According to this definition, hegemony is a hegemonic process: it can and does exist everywhere at all times. Second, hegemony is an actual end point, the result of hegemonic processes. An always dynamic and precarious balance, a contract or agreement, is reached among contesting forces.56

Sin embargo, los generadores y portadores de las prácticas culturales que conforman un determinado movimiento no son simples víctimas de imposiciones hegemónicas, sino que son, a la vez, artífices creativos de estas prácticas; se trata por tanto de una “dinámica de doble vía”. La elaboración de una identidad propia en un proceso de recreación de prácticas culturales y de apropiación de espacios de autonomía, característica fundamental tanto de los nuevos movimientos sociales como de las ONG. También es, por consiguiente, una “construcción hegemónica”,57 que bajo determinadas circunstancias puede convertirse en resorte de una estrategia contrahegemónica frente a los poderes dominantes.58

Profesionalización o ciudadanización

La ambigüedad reflejada en las ya mencionadas valoraciones mútuamente opuestas del nuevo fenómeno de las ONG resulta, por lo tanto, de la doble capacidad de la organización o asociación de actuar en un sentido hegemónico o contrahegemónico.59 Esta doble vía de intermediación que ejerce este actor colectivo se acentúa y problematiza cuando, bajo la creciente influencia de la ideología neoliberal desde finales de los años ochenta y comienzos de los noventa el interlocutor principal de las ONG, el Estado, se autodeclara incompetente en cada vez más ámbitos de la política social. Su consecuente retirada de estos ámbitos amenaza de manera paulatina a convertir a las ONG en meras “organizaciones compensatorias”60 del Estado.

Para responder a las necesidades sociales y económicas ya no cubiertas por el Estado, tanto en los países del sur como en los del norte, muchas ONG optan por incrementar su papel instrumental de intermediario dedicado a actividades de lobbying ante los actores gubernamentales paulatinamente distantes.61 Con esto corren el riesgo de sacrificar su papel “expresivo” como agentes forjadores de nuevas identidades colectivas.62 Así, la importancia económica de una determinada ONG tiende a alejarla de los movimientos sociales que la originaron y la inserta como un elemento crucial en el “tercer sector”, la economía social carente de fines lucrativos, pero supeditada a las mismas leyes del mercado que rige a los demás actores económicos de tipo empresarial.63

Donde el Estado neoliberal comienza a retirarse de su labor económico-reguladora y benéfico-social, las ONG comienzan a sustituirlo como ejecutor de programas y proyectos concretos. Este proceso no implica, sin embargo, un aumento de la autonomía de dichas ONG, que siguen dependiendo casi por completo de los recursos proporcionados por el Estado.64 Surge así, por un lado, una fuerte interdependencia entre un Estado obligado a justificar su ausencia como entidad ejecutora de proyectos mediante la transferencia de recursos financieros cada vez más cuantiosos a las ONG; por el otro, las ONG receptoras de estas “ayudas”, que son obligadas a someterse a auditorías gubernamentales para justificar el uso de recursos públicos, pero que a la vez ven desafiada su legitimación ante sus propios activistas de base, así como ante los demás movimientos sociales que componen la sociedad civil.65

La estrecha relación que surge entre las ONG y sus interlocutores gubernamentales se refleja en los países del norte en la creciente bifurcación del movimiento asociativo entre dos tipos de ONG:

a) aquellas organizaciones y asociaciones que realizan actividades domésticas, sobre todo de autoayuda para determinados colectivos pertenecientes a la propia sociedad;66

b) y las llamadas organizaciones no gubernamentales de desarrollo (ONGD), cuyo principal ámbito de trabajo reside en las relaciones de solidaridad norte/sur, sea impulsando proyectos concretos en países del sur, sea llevando a cabo campañas de sensibilización, comercio justo, etcétera, en el norte.67

Esta dicotomía se profundiza a lo largo de las relaciones que ambos tipos de ONG establecen con dependencias públicas, cuya estructura administrativa distingue entre esferas de política interior- incluyendo los servicios sociales- y esferas de política exterior y de cooperación al desarrollo.68 Como frecuente reacción, por parte de las ONG afectadas se procura cerrar este creciente abismo entre ambas esferas con dos tipos de medidas:

a) en primer lugar, un número cada vez mayor de ONGD comienza a desplegar proyectos de “sensibilización” y/o de “educación para el desarrollo” acerca del sur en los países del norte;69

b) y, en segundo lugar, gracias a sus relaciones directas con ONG del sur, varias ONG del norte intentan aprovechar, adoptar y refuncionalizar experiencias asociativas desarrolladas en países del sur que, a diferencia de Europa, ya se encuentran expuestos desde hace casi dos décadas a políticas neoliberales.70

A pesar de estos primeros intentos de paliar la excesiva dependencia del Estado mediante un nuevo giro hacia la sociedad civil, las ONG con mayor éxito a nivel local y regional e importantes son las que evaden el creciente cuestionamiento de la legitimidad de su quehacer cotidiano aprovechando una nueva fuente de legitimidad, la “legitimación por rendimiento”71 ante el Estado. En este contexto, para muchos movimientos asociativos contemporáneos se plantea la disyuntiva de decidirse entre la vía de la profesionalización, por un lado, y la vía de la ciudadanización, por otro. Mientras que la profesionalización interna de los miembros de la ONG, así como de sus proyectos y actividades de monitoreo y evaluación legítima el sector asociativo ante los actores públicos y privados del Estado y del mercado, el carácter cuasi gubernamental de la labor que realizan cotidianamente dentro de la ONG sus trabajadores sociales, abogados, médicos, enfermeros, agrónomos, etcétera, a menudo acaba contradiciendo el afán democratizador y ciudadanizador que había originado a la asociación.

Para superar el poco fructífero debate acerca de las tendencias y funciones reformistas versus transformadoras72 de los movimientos sociales asociativos del tipo de las ONG, debate que a menudo sólo genera tipologías simplistas sobre organizaciones supuestamente “asistencialistas”, de “autosuficiencia” y de “cambio estructural”,73 a continuación indagaremos no en el carácter transformador de una determinada ONG, sino en su capacidad para constituirse en un novedoso espacio de articulación de ciudadanía en contextos culturales e identitarios cada vez más heterogéneos.

¿Nuevos espacios interculturales?

Al acercarnos al mundo de las ONG, nuestro objetivo etnográfico es estudiar de manera empírica los espacios de interrelación que se van abriendo entre los colectivos destinatarios de las ONG, sus asociaciones, las ONG que se dirigen a estos destinatarios y las instituciones públicas que atienden o atendían de una forma u otra a estos colectivos. El énfasis que hacemos en los colectivos inmigrantes extracomunitarios refleja nuestro interés por analizar los desafíos que una creciente heterogeneidad en la composición de la sociedad civil plantea para los movimientos sociales asociativos.74

En la red de relaciones que emerge entre los actores no gubernamentales y gubernamentales, así como sus nuevos destinatarios inmigrantes -esta es nuestra hipótesis de trabajo-, las ONG se van convirtiendo en intermediarios estratégicos entre los intereses de los diferentes colectivos de inmigrantes, por un lado, y los condicionantes gubernamentales, por otro. Sin embargo, las ONG se ven confrontadas con el desafío de constituirse en novedosos espacios interculturales, en lugares de encuentro, contacto y/o conflicto entre portadores de cánones culturales e identidades étnicas heterogéneas.

Desde un enfoque antropológico, resulta importante esclarecer si las ONG actúan únicamente como agentes unidireccionales de asimilación cultural o si a su vez se transforman en instancias “híbridas”, posiblemente anticipando con ello el carácter pluricultural y/o pluriétnico de la futura sociedad europea. Para poder analizar en términos etnográficos este proceso, consideramos de fundamental importancia complementar el debate teórico esbozado hasta aquí sobre los movimientos sociales y las ONG con dos conceptos claves de la antropología social:

a) El concepto de etnicidad o identidad étnica, definido por la escuela instrumentalista como un mecanismo formal de cohesion intragrupal, mediante el cual se crean y mantienen fronteras étnicas,75 adscripciones explícitas de particularidades propias y ajenas que generan identidades diferenciales delimitando un grupo de otro -el we-group propio versus el them-group ajeno.76

b) El concepto antropológico de cultura, entendido como el contenido implícito e integral de pautas accionales, cognitivas y emotivas que un grupo genera y transmite de generación en generación, independientemente de su explícita función delimitadora.77

Cultura, identidad y movimientos sociales

El estudio de los movimientos sociales aún constituye un campo poco cultivado por la antropología, en cambio, los conceptos de cultura, identidad y etnicidad forman el núcleo de sus teorizaciones. Antes de centrarnos en las interrelaciones existentes entre estos conceptos, definiremos de manera provisional a la etnicidad como aquella forma de organización de grupos sociales cuyos mecanismos de delimitación frente a otros grupos con los que se mantiene algún tipo de interacción, son definidos por sus miembros con base en rasgos considerados distintivos de las culturas que interactúan y que se suelen presentar con un lenguaje biologizante, por ejemplo recurriendo a terminología de parentesco y ascendencia.78 Por consiguiente, como recalca Eriksen,79 la etnicidad combina un aspecto organizativo -la formación de grupos sociales y su mutua interacción – con otro aspecto semántico/simbólico -la creación de identidad y pertenencia. Mientras que el primer aspecto se expresa de forma colectiva, generando una conciencia de un nosotros incluyente frente a un ellos excluyente, el segundo aspecto se articula a nivel individual, donde se expresa como un sentimiento de pertenencia a este nosotros, que a su vez genera actitudes etnocéntricas que juzgan el mundo extragrupal bajo criterios únicamente intragrupales.80

El giro copernicano protagonizado por Barth con su introducción del concepto de la frontera étnica y su insistencia en la necesidad de distinguir entre cultura y grupo étnico,81 estaba dirigido contra aquel primordialismo étnico-cultural que identificaba un determinado grupo social con un conglomerado aditivo de rasgos culturales compartidos y con una identidad igualmente compartida. La fundamentación teórica de esta confusión terminológica la ofrece el concepto de “anexo primordial” elaborado por Geertz82 para justificar la identificación supuestamente natural entre cultura y etnicidad. Este carácter supuestamente “dado” de la esencia cultural, sin embargo, no explica por qué las identidades grupales persisten a pesar de profundos cambios intraculturales.83 No es el contenido cultural, entonces, sino la persistencia y recreación de delimitaciones intergrupales la que genera dicha continuidad. Por ello, Barth propone superar el estudio de los elementos culturales por el estudio de los usos de categorías de adscripción e identificación por los miembros de los grupos que interactúan. De esta forma, la autoadscripción y la adscripción externa organizan un comportamiento generando grupos sociales y creando pautas de interacción entre estos grupos. “En la medida en que los actores utilizan las identidades étnicas para categorizarse a sí mismos y a los otros, con fines de interacción, forman grupos étnicos en este sentido de organización”.84

La identidad de un determinado grupo sólo surge en situaciones de contacto e interacción con otros grupos, nunca como una característica propia del grupo. Por ello, la identidad que surge de dicha interacción carece de objetividad o de sustancia inmutable. Sólo un enfoque constructivista, que distingue constantemente entre los niveles emic y etic de análisis, permite analizar las “primordializaciones” como ideologías “fundacionales” de un amplio abanico de diferentes grupos y movimientos sociales, que abarca desde linajes hasta naciones enteras.

Como ha demostrado la historiografía acerca del origen del Estado-nación europeo, al igual que el grupo étnico, la nación tampoco es una esencia primordial, sino un constructo del nacionalismo,85 de la misma forma que el grupo étnico es un producto de la etnicidad. Ambos artefactos culturales constituyen comunidades imaginadas,86 cuyos miembros se agrupan no en base a una interacción cotidiana real y observable, sino por una identificación en el fondo ficticia:87

In fact, all communities larger than primordial villages of face-to-face contact (and perhaps even these) are imagined. Communities are to be distinguished not by their falsity/genuineness, but by the style in which they are imagined.88

Aparte de los intentos de “biologización” mediante metáforas de parentesco, el mecanismo habitual para dotar de sustancia a estas comunidades imaginadas consiste en autoproyectarse hacia el pasado, inventar tradiciones que arraiguen la trayectoria reciente del grupo en un tiempo épico, en un origen mítico común.89 La invención de tradiciones, no obstante, no es un acto arbitrario, sino que se inscribe en las normas vigentes del grupo.90 A diferencia de las costumbres o prácticas rutinarias de los miembros de un grupo, que se transmiten de generación en generación, las tradiciones se inventan en un acto creativo, consciente e innovador. Como consecuencia de este carácter construido de “lo tradicional”, al analizar fenómenos de etnicidad en movimientos sociales como los que nos ocupan, es imprescindible estudiar su propia historicidad desde un enfoque dialéctico, sincrónico y diacrónico a la vez, y no reducir el análisis ni a una perspectiva únicamente historiográfica (¿qué aconteció realmente en el pasado?), ni a una perspectiva únicamente etnográfica (¿qué usos actuales tienen los “mitos” sobre el pasado?) Es preciso contrastar ambas preguntas para elucidar la importancia específica que puede tener la invención de la tradición para un determinado grupo:

La historia postulada adquiere sentido como profecía. A menudo no se tiene en cuenta que esta historia puede ser, a la vez, falsa y productivamente innovadora. Es falsa, falsificada o errónea como relación histórica. Es productivamente innovadora como un modelo proyectado hacia el pasado acerca de cómo deberían ser las condiciones sociales”.91

La contribución del enfoque constructivista o instrumentalista ha sido crucial para revelar – frente a la tendencia esencialista o primordialista – el carácter construido de los conceptos culturales que se presentan bajo un ropaje biologizante. No obstante, este enfoque a menudo peca de un excesivo énfasis puesto en la arbitrariedad de dichos constructos, como si la invención de tradiciones y la imaginación de comunidades estuvieran regidas por un simple anything goes.92 Aquí se revela la falacia modernista93 del enfoque, puesto que el acto creativo de pensarse en la diferencia nunca se realiza en un vacuum cultural. El carácter supuestamente arbitrario de la selección de ciertos elementos culturales para instrumentalizarlos como elementos diacríticos de delimitación étnica evidencia la paradoja del constructivismo étnico: para superar las explicaciones primordialistas de la etnicidad, se recae en un primordialismo de la cultura. Mientras que el primer enfoque identificaba erróneamente etnicidad y cultura como herencia cuasi biológica del hombre, el segundo enfoque hace énfasis en la arbitrariedad del proceso de construcción de etnicidad, construcción que, sin embargo, se sustenta en un repertorio objetivable, dado a priori, de elementos culturales con sustancia propia.

Sobre todo al analizar la supuesta cultura organizacional94 de una determinada ONG, es imprescindible descifrar la autoimagen a menudo substancializada que de ella tienen sus miembros contrastando los mecanismos y tendencias de integración discursiva, diferenciación interna y fragmentación exógena que coexisten en cualquier organización caracterizada por una identidad diferenciada.95 Para ello, es preciso distinguir entre la dimensión interna de la ONG, y su insersión en relaciones externas. Tanto la cultura de un grupo o de una organización en particular como su identidad son el resultado de procesos que trascurren en contextos muy concretos. Éstos suelen estar previamente estructurados por relaciones políticas, económicas y sociales cuyo carácter amplía o restringe la capacidad autodefinitoria de un determinado grupo o movimiento.96

A pesar de la importancia que tiene el éxito o fracaso en la movilización de recursos para que el propio grupo logre mantener una cohesión intragrupal y con ello una identidad distintiva, la etnicidad no es reducible a un mecanismo para competir de una manera más eficaz por recursos.97 Su persistencia no sólo depende del grupo del “nosotros”, sino también de “ellos”. Como la etnicidad no sólo precisa de una autoadscripción por los miembros del grupo, sino que también requiere una adscripción externa que confirme y valide dicha identidad grupal,98 el abanico de estrategias de identificación depende básicamente del tipo de relaciones entre minorías y mayorías99 y de su desigual poder definitorio: “Ethnicity is constructed; hence, it follows in principle that ethnicity is fluid, but this fluidity is limited by hegemonic processes of inscription and by the relations of forces in society”.100

Nacionalismo, etnicidad y cultura

Ni las desigualdades socioeconómicas ni las adscripciones étnicas se desenvuelven en un terreno uniforme. El carácter que adquiere la etnicidad como mecanismo de inclusión y exclusion de grupos sociales, durante los últimos dos siglos ha estado sujeto a su vinculación con el proceso de formación del Estado-nación.

Aunque en el campo ideológico, el nacionalismo y la etnicidad coinciden – como se ha detallado más arriba – en construir comunidades imaginadas con base en la biologización de diferencias culturales y a la invención de tradiciones históricas, la diferencia específica, la vinculación o no con un proyecto de creación de Estado, tiene consecuencias importantes para la interrelación entre ambos fenómenos. El nacionalismo genera el Estado-nación; instaurado éste, el grupo promotor de dicho proyecto de Estado lo convierte en nacionalismo “nacionalizante”,101 en un proyecto homogeneizador que redefine las relaciones existentes entre aquel grupo y los demás con base en su lugar dentro de este proyecto nacionalizador. Recurre para ello a tres estrategias hegemónicas:102

a) La territorialización transforma el espacio en territorio (a menudo incluso en territorio sagrado),103 convirtiendo los espacios limítrofes de interacción entre grupos en fronteras nítidas de separación de grupos. El conglomerado de individuos, el Personenverband, es arraigado como Territorialverband, y desde el grupo portador del proyecto nacional se define el centro de la nación y la periferia subnacional.

b) La substancialización reinterpreta las relaciones sociales de forma biologizante para conferirle a la emergente y aún endeble entidad nacional una apariencia inmutable, cuasi natural, basada a menudo en un mito de elección étnica.104 Partiendo de la autodefinición del grupo portador del proyecto nacionalizador, el Estado-nación inventa así a la sociedad nacional.

c) Y la temporalización consiste en imponer, desde el Estado-nación, una sola versión de las múltiples tradiciones inventadas, reinterpretándola como pasado común primordial del proyecto nacional, como época dorada compartida.105 Se institucionaliza así no sólo la memoria autorizada, sino asimismo el olvido igualmente sancionado de las demás tradiciones.

Este proceso de formación del Estado-nación homogeneiza hacia dentro -estableciendo una ciudadanía inclusiva concebida como “nación cívica”-106 mientras que se delimita hacia fuera -distinguiendo según la nacionalidad-, dualidad que ilustra la “cara de Jano” del concepto nación.107 La formación de este incipiente Estado-nación no es un capítulo concluido, dado que la constante reemergencia y recuperación de interpretaciones divergentes por parte de los grupos “periféricos” obliga al Estado a implementar cada vez nuevas tácticas institucionales para lograr su anhelo original, homogeneizar e integrar a los grupos, convirtiendo con ello la ficción nacionalista en realidad nacional. Persiste con ello un conflicto intrínsico entre nacionalismo de Estado y etnicidad.108

Los términos en los que se desarrolla la dialéctica relación que surge entre nacionalismo nacionalizante y etnicidad particularizante quedan definidos por el poder de Estado.109 La capacidad hegemónica de su proyecto nacional condiciona el margen de maniobra de los proyectos étnicos no hegemónicos y delimita el campo de actuación de la confrontación entre ambos proyectos.110 Bajo determinadas condiciones, que quedan por concretizar de manera empírica, la etnicidad se convierte en resorte contrahegemónico, en disidencia. Lo llamativo de esta disidencia étnica es que su carácter subversivo reside no en la esfera clásica de enfrentamientos políticos, el ámbito de la producción, sino precisamente en el ámbito del consumo cultural.111

Conclusiones: las ONG españolas ante el desafío de la inmigración

En el contexto contemporáneo de las sociedades que conforman la Unión Europea, la mera presencia de colectivos inmigrantes extracomunitarios, privados de derechos de nacionalidad y ciudadanía, desafía la capacidad hegemónica y homogeneizante de los Estados-naciones europeos. La fortaleza Europa, instaurada con el Tratado de Maastricht y los Acuerdos de Schengen,112 por una parte, obliga a los Estados miembros a transnacionalizar sus políticas de inmigración, coordinando las medidas adoptadas para contener los flujos inmigratorios irregulares y cediendo con ello paulatinamente ámbitos de la soberanía nacional a las instancias comunitarias.113

La coincidencia de esta presión transnacionalizadora desde arriba con la crisis del Estado de bienestar, proclamada sobre todo por el discurso neoliberal y desregulador, por otra parte, permite a las instituciones gubernamentales a ceder ámbitos genuinamente públicos de política social a los actores no gubernamentales, organizados desde abajo. En varios países miembros de la Unión Europea, esta retirada del Estado se acentúa particularmente cuando la actuación pública con colectivos inmigrantes aún constituye un novedoso y poco consolidado ámbito de las políticas sociales.114

A diferencia de aquellos países que ya disponen de una larga experiencia inmigratoria – como en los casos de la migración laboral intra-europea desde el sur hacia el centro y norte del continente,115 y de la inmigración colonial y poscolonial hacia las metrópolis de los antiguos imperios coloniales europeos-,116 la nueva inmigración transmediterránea obliga, en el caso de países como España e Italia a desarrollar políticas de integración social específicamente diseñadas para los colectivos inmigrantes extracomunitarios.117 En esta situación, entre los actores gubernamentales se percibe una tendencia generalizada a combinar una estrategia de laissez faire118 en el ámbito de las políticas generales de integración con una estrategia de “privatización” de las políticas específicas de integración, a menudo traspasando este ámbito de actuación a las ONG.119

Ante este trasfondo global, en una región como Andalucía, clásicamente considerada de paso para los colectivos inmigrantes transmediterráneos, desde inicios de los años noventa, las ONG locales comienzan a girar hacia los inmigrantes extracomunitarios como nuevos destinatarios de sus actividades. Desde entonces, las asociaciones de voluntarios y ONG se ven obligadas a trascender sus tradicionales ámbitos de trabajo, adaptándose a tres factores exógenos novedosos que impactarán en su desarrollo organizativo interno:

a) el marco jurídico nacional y comunitario que regula las posibilidades y los límites de la acogida de colectivos inmigrantes,120 a la vez, “ilegaliza” a determinados tipos de inmigrantes por su condición de residencia o de ocupación laboral; éstos quedan así marginados por completo de la acción gubernamental, con lo cual las ONG se convierten en su único interlocutor;121

b) el complejo espacio migratorio propio de los nuevos destinatarios de las ONG, mismo que se establece entre lugares de origen, países de tránsito, regiones de acogida y relaciones de intercambio con otros inmigrantes residentes en diferentes países europeos;122

c) y el surgimiento de formas asociativas propias entre los colectivos inmigrantes, que pronto se constituirán en un eslabón más dentro de las cadenas y redes de intermediación establecidas entre la población destinataria, la sociedad de acogida y el Estado-nación.123

Estos tres fenómenos exógenos a largo plazo acaban obligando a las ONG a hibridizar y a transnacionalizar sus actividades. Tanto el marco legislativo español y comunitario como el espacio migratorio de los destinatarios y de sus asociaciones de inmigrantes trascienden el nivel local y regional de actuación, tradicionalmente característico de la labor de las ONG y asociaciones de voluntariado. Esta necesidad de superar las habituales tendencias a “especializar” las actividades no gubernamentales ya se anuncia en la mencionada bifurcación entre ONG domésticas, por un lado, y ONG de desarrollo, por otro. Dado que el propio colectivo migrante transita continuamente a través de su espacio migratorio, las ONG dedicadas a la atención “doméstica” a este colectivo necesariamente establecen vínculos con ONG comprometidas con proyectos de desarrollo realizados en las regiones de origen de la población migrante.

Lejos de reducir la compleja interrelación existente entre los fenómenos migratorios y los procesos de desarrollo impulsados en las respectivas regiones de emigración a un mecanismo monocausal de “frenar la migración mediante proyectos de desarrollo”,124 las ONG locales comienzan a ingresar en las redes transnacionales de cooperación descentralizada al desarrollo, desempeñando funciones puntuales de “bisagra” y “puente”125 entre los lugares de origen y de destino de los procesos migratorios.

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Sobre el autor
Gunther Dietz
Magister Artium (M.A.) y doctor en antropología por la Universidad de Hamburgo (Alemania), profesor titular de antropología social en la Universidad de Granada (España).


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  9. Resumido de Raschke, op.cit.; Slater, “Social Movementes and a Recasting of the Political”, en New Social Movements and the State in Latin America, 1985, y “Power and Social Movements in the Other Occident: Latin America in an International Cotext”, en Latin American Perspectives, 21, núm. 2 (issue 82), 1994, pp. 11-37 y Escobar and Álvarez, “Introduction: Theory and Protest in Latin America Today”, en The Makin of Social Movements in Latin America; Identify, Satrategy, and Democracy, 1992, pp. 1-15. []
  10. Alonso, op.cit. []
  11. Raschke, op.cit. []
  12. Olson, The Logic of Collective Antion: Public Goods and the Theory of Groups, 1971. []
  13. Idem. []
  14. Idem. []
  15. Eckstein, “Power and Popular Protest in Latin America”, en Power and Popular Protest: Latin American Social Movementes, 1989. []
  16. Sahlins, Culture and Practical Reason, 1976. []
  17. Melucci, “Las teorías de los movimientos sociales”, en Estudios Políticos N. E., 1985, pp. 99. []
  18. Touraine, “Democracy: From a Piolitics of Citizenship to a Politics of Recognition”, en Social Movements and Social Classes: The Future of Collective Action, 1995, pp. 258-275, y “A Sociology of the Subject”, en Alain Touraine, 1996, pp. 291-342. []
  19. Melucci, “The new social movements revisited: reflections on a sociological misunder-standing”, en Social movements and Social classes: the future of collective action, 1995, pp. 107-119. []
  20. Cursivas en el original. []
  21. Giménez, “Los movimientos sociales: problemas teórico-metodológico”, en Revista Mexicana de Sociología, vol. 56, núm. 2, 1994; Gledhill, Power and its disguises: anthropological perspectives on politics, 1994. []
  22. Touraine, The voice and the Eye An Analysis of Social Movements, 1981, pp. 3-14. []
  23. Melucci, op. cit., 1995. []
  24. Slater, op. cit., 1994. []
  25. Laclau, “New Social Movements and the Plurality of the Social”, en New Social Movements and the State in Latin America, 1985, pp. 27-42. []
  26. Foucault, Microfísica del poder, 1992, p. 144. []
  27. Giménez, op. cit., 1994. []
  28. Munck, “Algunos problemas conceptuales en el estudio de los movimientos sociales”, en Revista Mexicana de Sociología, 57, núm. 3,1995, pp. 17-39. []
  29. Gabbert, “Das demokratische Potential sozialer Bewegungen in Lateinamerika”, en Die Dritte We1t and Wir: Bilanz und Perspektivenffir Wissenschaft und Praxis, 1993; recalca la necesidad de distinguir entre las perspectivas emic y etic, ambas frecuentemente mezcladas en el estudio de los nuevos movimientos sociales. []
  30. Para un análisis de los movimientos étnicos contemporáneos como nuevos movimientos sociales, cf. Dietz, “La comunidad purhépecha es nuestra fuerza”, en Etnicidad, cultura y región en un movimiento indígena en México, 1999a. []
  31. Kurtz, “Political anthropology: issues and trends on the frontier”, en Political anthropology- the state of the art, 1979. []
  32. Tiffany, “New Directions in Political Anthropology: the use of corporate models for the analysis of political organization”, en Political anthropology-the state of the art, 1979. []
  33. Peña, “La antropología sociocultural y el estudio del poder”, en Poder y dominación: perspectivas antropológicas, 1986, p. 25. []
  34. Laclau and Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia, 1987. []
  35. Foucault, op. cit., 1992, p. 142. []
  36. Foucault, “The subject and Power”, en Michel Foucault-beyond structuralism and hermeneutics, 1982, p. 220. []
  37. Maihold, “Gobernabilidad y sociedad civil”, en Espacios, núm. 4,1995, p. 75. []
  38. Lechner, “La problemática invocación de la sociedad civil”, en Espacios, núm. 4,1995. []
  39. Sancischrieider, “ZivilgeseUschaft”, en Die Neve Gesellschaft/Frankfurter Hefte, 8, 1995. []
  40. Vilas, “Entre el Estado y la globalización: la soberanía de la sociedad civil”, en Sociológica, 9, núm. 25,1994. []
  41. Bobbio, Democracy and Dictatorship: The Nature and Limits of State Power, 1989, pp. 23-41. []
  42. Ibidem. []
  43. Cohen and Arato, op. cit., 1992. []
  44. Schmidt and Take, “Demokratischer und besser? Der Beitrag von Nichtregierungsorganisationen zur Demokratisierung internationaler politik und zur Losung globaler Probleme”, en Aus Politik und Zeitgeschichte, 1997. []
  45. Slater, op. cit., 1994. []
  46. Munck, op. cit., 1995; Post and Preuss, “Al que llega tarde… : tres desafíos para las organizaciones no gubernamentales”, en Desarrollo más Cooperación, 1997. []
  47. Katsiaficas, The Subversion of Politics: European autonomus social movements and the decolonization of every day life, 1997. []
  48. Evers, “Identity: the hidden, side of new social movements in Latin America”, en New Social Movements and the State in Latin America, 1985, pp. 43-71. []
  49. Cf. Núñez, Innovaciones democrático culturales del Movimiento Urbano Popular: ¿Hacia nuevas culturas locales?, 1990; Escoba,r, “Culture, Economics, and Politics in Latin America Social Movement Theory and Research”, en The Making of Social Movements in Latin America: Identity, Strategy, and Democracy, 1992a, y Nivón Bolán, “El consumo cultural y los movimientos sociales”, en El consumo cultural en México, 1993. []
  50. Eckstein, op. cit., 1989. []
  51. Habermas, Die Einbezichung dos Anderen: Studien zur Politischen Theoria, 1996, p. 246. []
  52. Habermas, “Theoria des kommunikativen Handelns”, en Band, núm. 2,1981, p. 581. []
  53. Ibidem, p. 576. Texto original en alemán; la traducción es nuestra. []
  54. Escobar, op. cit., 1992a; Álvarez and Escobar, “Conclusión: theorical and political horizons of change in contemporary Latin American social movements”, en The Making of Social Movements in Latin Ameria: Identity, Strategy and Democracy, 1992. []
  55. Para esta definición, retomo la reformulación del término gramsciano por Williams, Marxism and Literature, 1977, y García Canclini, “Culture y organizacion popular: Gramsci con Bourdieu”, en Cuadernos Políticos, 1984. []
  56. Mallon, Peasant and Nation: the making of postcolonial Mexico and Peru, 1995, p. 6. []
  57. Laclau and Mouffe, op. cit., 1987. []
  58. Mallon, op. cit. []
  59. Cortés Ruiz, “Las organizaciones no gubernamentales: un nuevo actor social”, en Revista Mexicana de Sociología, vol. 56, núm. 2,1994. []
  60. Jelin, “¿Ciudadanía emergente o exclusión? Movimientos sociales y ONG en los noventa”, en Revista Mexicana de Sociología, vol. 56, núm. 4, 1994. []
  61. Casey, “Non-Governmental Organizations as Policy-Actors: the case of immigration policies in Spain”, tesis doctoral, 1998. []
  62. Jelin, op. cit. []
  63. Heying, “Political Economy of Non-Profit Organizations”, 1998. []
  64. Casey, op. cit. []
  65. Sclumidt and Take, op. cit., 1997. []
  66. Fuchs and Rucht, Support for Nem Social Movements in Five Western European Countries, 1992. []
  67. Baiges et al., Las ONG de desarrollo en España: dilemas de la cooperación, 1996; Gómez Gil, “De los incuestionables apoyos a los desafíos sin respuesta”, en Viento Sur, 23,1995. []
  68. ACSUR-Las Segovias, “La experiencia de los ONGD en el Estado español: un balance crítico”, en Viento Sur 1995, SODEPAZ, “Notas sobre cooperación no gubernamental”, en Punto de encuentro de la sociedad civil, 1992. []
  69. Mesa Peinado, “Las organizaciones no gubernamentales y la educación para el desarrollo: una perspectiva europea”, en Educación para el desarrollo y la paz, 1994; Ortega Carpio, “Desafíos de las ONGD ante la globalización”, en Género, clase y etnia en los nuevos procesos de globalización, 1997. []
  70. Mossmann, “Von den besten Nichtregierungsorganisationen im Süden lernen”, en Aus Politik und Zeirgeschichte, 1997. []
  71. Beisheism, “Nichtregierungsorganisationen und ihire Legitimitát”, en Aus Politik und Zeirgeschichte, 1997. []
  72. Nash and Hopkins, “Anthropological Approaches to the Study of Cooperatives, Collectives, and Self-Management”, en Popular Particiaption in social Change, 1976. []
  73. Ortega Carpio, op. cit. []
  74. Para detalles acerca de este estudio, cf. Dietz, El desafío de la interculturalidad: el voluntario y las organizaciones no gubernamentales ante el reto de la inmigración -el caso de la ciudad de Granada,1999b. []
  75. Barth, “Introducción”, en Los grupos étnicos y sus fronteras, 1976. []
  76. Ericksen, Ethnicity and Nationalism: anthropological perspectives, 1993. []
  77. Keesing, “Theories of Culture”, en Annual Review of Anthropology, 1974; Brunner, “Las ciencias sociales y el tema de la cultura: notas para una agenda de investigación”, en Cultura y pospolítica, 1995. []
  78. Para esta definición, retomo elementos de los usos terminológicos de Ericksen (1993), Orywal and Hackstein (1993), Gabbert (1992), Pérez Ruiz (1991) y Elwert (1989); sin embargo, renuncio deliberadamente a distinguir entre rasgos culturales y rasgos fenotípicos, biológicos, tal como lo hacen Rex (1990) y Gabbert (1992), puesto que, por un lado, el mecanismo de delimitación sólo acude a rasgos físicos si éstos son percibidos como culturalmente distintivos y, por otro lado, los rasgos culturales seleccionados con fines de delimitación no se suelen presentar como invenciones culturales del grupo, sino como diferencias “primordiales”, o sea biológicas. []
  79. Ericksen, op. cit. 1993. []
  80. Antweiler, “Eigenbilder, Fremdbilder, Naturbilder: anthropologischer überblick und Auswahlbibliographie zur kognitiven Dimension interkulturellen Umganges”, en Anthropos, 89, núms. 1-3,1994. []
  81. Barth, op. cit. 1976. []
  82. Geertz, “The Integrative Revolution: primordial sentiments and civil politics in the new states”, en Old Societies and New States: the quest for modernity in Asia and Africa, 1963. []
  83. Barth, op. cit. 1976. []
  84. Ibidem, p. 15. []
  85. Hobsbawm, Nations and Nationalism Sice 1780: programm, myth, reality, 1991. []
  86. Anderson, Imagined Communities: reflections on the origin and Spread of nationalism, 1998. []
  87. La distinción terminológica entre nacionalismo y etnicidad reside, para la mayoría de los autores, en la referencia o no a un Estado propio como el marco organizativo deseable para la “comunidad imaginada” (Smith, 1981,1997, Ericksen, 1993). Una incompatibilidad estructural entre etnicidad y nacionalismo sólo es postulada por aquellos autores -provenientes sobre todo de la ciencia política y de la historiografía- para los cuales la etnicidad es un epifenómeno del afán homogeneizador y “nacionalismo desarrillista” en el Tercer Mundo (Senghaas, 1992). Un análisis antropológico -a nivel micro-, sin embargo, revela la existencia de fenómenos y conflictos étnicos tanto dentro de como entre distintos tipos de sociedades, conflictos que, no obstante, han sido recrudecidos desde la expansión europea y que han generado nuevas ideologías de superioridad étnica como el racismo (Smith, 1981). []
  88. Anderson, op. cit. p. 5. []
  89. Alonso, “The Politics os Space, time, and Substance: state formation, nationalism, and ethnicity”, en Annual Review of Anthropology, 23,1994. []
  90. Hobsbawm, “Introduction: Inventing Traditions”, en The invention of tradition, 1992. []
  91. Texto original en alemán; la traducción es nuestra. []
  92. Cohen, The Symbolic Construction of Community, 1985. []
  93. Smith, Nations and Nationalism in a Global Era, 1995. []
  94. Kuada and Gullestrup, Cultural categories and profiles: a framework for studying individuals behaviour in organizations, 1997. []
  95. Frost et al., “Introduction: the empirical studies of cultura”, en Reframing Organizational Culture, 1991. []
  96. Glazer and Moynihan, “Introduction”, en Ethnicity: theory and experience, 1975. []
  97. Idem. []
  98. Barth, op. cit. 1976. []
  99. Ericksen, op. cit. 1993. []
  100. Alonso, op. cit. 1994, p. 392. []
  101. Brubaker, Nationalism Refraimed: nation hood and the national question in the New Europe, 1996. []
  102. Alonso, op. cit., Smith, “The Resurgence of Nationalism? Myth and memory in the renewal of nations”, en British Journal of Sociology, 47, núm. 4, 1996. []
  103. Idem. []
  104. Idem. []
  105. Idem. []
  106. Smith, La identidad nacional, 1997. []
  107. Habermas, op. cit., 1996. []
  108. Adams, Internal and External Ethnicities: With Special Reference to Central America, 1989. []
  109. Alonso, op. cit. 1994. []
  110. Adams, op. cit. 1989. []
  111. Devalle, “Etnicidad: discursos, métodos, realidades”, en La diversidad prohibida: resistencia étnica y poder del Estado, 1989. []
  112. Sassen, Migraten, Siedler, Flüchtlinge: von der Massenauswanderong zur Festung Europa, 1998. []
  113. Colectivo IOE, La migración extranjera en Cataluña, 1989; Zimmermann, “Immigration Policies in Europe: an overview”, en Migration: a Challenge for Europe, 1994. []
  114. Casey, “Las asociaciones y la integración de los inmigrantes extranjeros”, en Curso de formación, trabajadores/as más allá de las fronteras, 1998; Fijalkowski, “Gastorbeiter als industrielle Reservzarmee”, en Archu für Sozialgeschichte, 1997. []
  115. Cf. Fijalkowski, op. cit. 1984; Gregory, La odisea andaluza: una emigración hacia Europa, 1978 y Reimann and Reimann, Gastorbeiter: analyse und perspektiven eines sozialen problems, 1987. []
  116. Cf. Allouane, L’emigration maghrébine en France, 1979, Hollifield, Immigrants, Markets, and States: The Political Economy of Postwar Europa, 1992; y Noriel, The French Melting Pot: immigration, citizenship, and national identity, 1996. []
  117. Para el caso de la nueva migración hacia España, cf., Aragón Bombin (1992), Colectivo IOE (1982), Giménez (coord. 1993), Izquierdo (1992,1996), López García et al. (1993), Martínez Veiga (1997) y Solé (1982). []
  118. Zimmermann, op. cit. 1994. []
  119. Casey, op. cit. 1998; Schulte, Multikulturelle Einwanderungsgesellschaften in westeuropa: soziale konflikte und integrationspolitiken, 1998. []
  120. Casey, op. cit. 1998. []
  121. De Lucas, “Sobre la condición de extranjeros: del reconocimiento…”, en Judío, negro y tuerto, 1995; Dietz and Peña Carcía, “Formalizing or Marginalizing the Immigrant’s s…”, en High Plains Applied Anthropologist, 19, núm. 1, 1999. []
  122. Para detalles conceptuales acerca de la noción de “espacio migratorio”, que comprende el área simbólica y geográfica cubierta por los inmigrantes con objeto de satisfacer sus proyectos migratorios, cf. Borchardt, “Das Migrations problem im westlichen Mittelmeerraum”, en Herrenalber Protokole III, 1996. []
  123. Casey, op. cit. 1996. []
  124. Para este debate acerca de la función “contenedora” de migraciones frecuentemente atribuida a la cooperación para el desarrollo, cf. Appleyart, “Mgration and Development: a global agenda for the future”, en International Migration Review, 30, 1992; Borchardt, op. cit. 1996; Collinson and Edye, “Die Armut soll su Hause bleiben: Kann…”, en Der überblick, 4, 1996; Körner, “Wonderungbewegungen aus Norda frika”, en Migration und Flucht: Aufgaben und Strategien für Deutschland, 1997, y Rotte/Vogler/Zimmermann, South-North Refugee Migration: lessons for development cooperation, 1997. []
  125. Borchardt, op. cit. 1996. []

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