Ana María Crespo
Centro INAH Querétaro.
Beatriz Cervantes
Centro INAH Guanajuato.
En la recomposición de las sociedades indígenas bajo el gobierno novohispano fue fundamental su sentido territorial, ya que actuó como núcleo integrador y cohesionador de la nueva identidad comunitaria. Las tierras de la comunidad quedaron circunscritas dentro de una demarcación señalada y aceptada por el nuevo orden, lo que también fue así reconocido por quienes habitaban en su colindancia. Este territorio se constituyó en una entidad política -donde la comunidad llevó a cabo sus actividades económicas y sociales básicas- que a su vez persistió en ella el carácter sagrado, impreso por la protección de las deidades tutelares y de sus ancestros. Lo anterior ha sido planteado por diversos estudiosos del tema, entre ellos Carmagnani (1988), quien refiere a las sociedades oaxaqueñas durante el período colonial.
Este sentido territorial pudo haberse mantenido entre los colonos que fundaron los primeros asentamientos en el centro norte de México durante el siglo XVI, acción que tuvo lugar una vez consumada la conquista de Tenochtitlan por los españoles. Los otomíes fueron los primeros grupos sociales que avanzaron en busca de tierras más allá de la marca norteña; un gran número de ellos provenía de Jilotepec, antigua provincia tributaria de la Triple Alianza.
Con el fin de tener una referencia acerca del sentido de territorio que guardaban estos migrantes, consultamos diversos documentos recabados por diferentes vías, recuerdos y testimonios de otomíes acerca de su lugar de procedencia.
La historiografía regional registra desde etapas tempranas la actuación de caciques otomíes de Jilotepec en actividades de conquista y colonización. La Relación de Querétaro de 1582, por ejemplo, asienta la participación independiente otomí en esa empresa, por lo menos en las décadas de los veinte y treinta. Esta participación llega a su fin cuando algunos caciques aceptan la relación con representantes de la nueva autoridad hispana, que entraron hacia tierras del norte por la parte de Michoacán. Esta Relación proporciona informes básicos acerca de los antiguos pobladores otomíes de Jilotepec, como ya lo ha señalado Carrasco (1979).
El punto de vista de la comunidad otomí quedó asentado en otros documentos que indican su participación en la conquista y colonización del centro norte de México; que fue realizada enfrentando a los chichimecas -los habitantes originarios de la región- por medio de hostilidad armada y del convencimiento. Estos documentos se elaboraron principalmente en el siglo XVIII, al definir una relación de orden administrativo entre los caciques otomíes y el régimen colonial.
Dichos documentos, escritos en otomí, ofrecen información valiosa; si bien poseen anacronismos en cuanto a personajes y acontecimientos, no cabe duda que son fuentes indispensables para conocer la comunidad otomí, que se decía originaria de Jilotepec. Esta comunidad tuvo el cuidado de dejar por escrito la memoria de su actuación, procedencia y logros en los primeros tiempos de la Colonia, como lo ha señalado Grusinski (1985) al leer uno de estos manuscritos. Aunque estos documentos hayan sido utilizados como fuente histórica por los cronistas franciscanos, que se refirieron a la historia regional, como La Rea en el siglo XVII y Beaumont e Isidro Félix de Espinoza durante el XVIII.
Por otra parte, Gonzalo de las Casas (1904) y fray Guillermo de Santa María (Acuña, 1989) conceden los puntos de vista de los españoles y sus aliados indios sobre la vida chichimeca durante la segunda mitad del siglo XVI; etapa en la que los nuevos habitantes de la región compartieron la incertidumbre con la constante presión ejercida por los chichimecas. La guerra chichimeca, como fue llamada, se desató poco después de 1550, al incrementarse la incursión de contingentes cada vez mayores de mineros, soldados, comerciantes, ganaderos, quienes se dirigían a las minas de Zacatecas y Guanajuato recién descubiertas (Jiménez Moreno,1944; Powell,1977). El territorio amagado se localizaba hacia el norte de los valles queretanos y se recorría por el norte de San Miguel y San Felipe, siguiendo el trazo del llamado camino de la plata, el cual recorría el borde entre los nuevos poblados agrícolas y la zona del semidesierto, ocupada por los beligerantes grupos chichimecas (cf. mapa de San Miguel, Acuña,1989)
Una vez conocida la posibilidad de indagar en estos documentos sobre el sentir de la emigración, cabría preguntarse si con el paso del tiempo y ya asentados los otomíes en sus nuevos y prósperos poblados ¿cómo mantenían su antigua concepción del territorio?, ¿cómo manejaban en la memoria a Jilotepec, su región de origen?, ¿prevalecía en ellos el sentido político de pertenencia al territorio de la antigua provincia de Jilotepec, tributaria de los mexicas? ¿perduraba un concepto de región en cuanto a la provincia tributaria, o bien, las referencias en los documentos se reducen a lugares específicos como Nopala, Chapa o el propio Jilotepec?
Mitos de origen
En la Relación de Querétaro, anota su autor -el escribano Francisco Ramos de Cárdenas- en el inicio del texto, que sus informantes fueron indios viejos quienes para su discurso se apoyaron en antiguas pinturas y memoriales. Estos indios, sin duda, procedían de Jilotepec por la amplia información que proporcionan acerca de sus costumbres en la antigüedad:
Al hombre le llamaban El Padre viejo; a la mujer llamaban La Madre vieja. De los cuales decían que procedían todos los nacidos, y que estos habían procedido de unas cuevas que están en un pueblo que se dice Chiapa, que ahora tiene en encomienda Antonio de la Mota, hijo de conquistador, que esta a dos leguas del de Xilotepec, hacia el mediodía (Acuña, 1987:236)
Los otomíes, como otros pueblos que habitaban el Altiplano Central, participaban de una tradición común puesto que tenían a las cuevas como lugares de origen, lo que implicaba connotaciones míticas y simbólicas que compartían (Florescano, 1994). Los informantes de Querétaro situaban estas cuevas de origen en Chiapa, lugar que se localiza puntualmente en las cercanías de la cabecera de Jilotepec. Este mismo sentido originario de las cuevas lo trasladan los otomíes a su nuevo territorio; la misma Relación menciona que Conni, el futuro fundador de Querétaro, tiene como primer asiento unas cuevas de la Cañada, las que comparte con familiares y amigos (id.: 218). Por cierto, a esta cañada, dada su semejanza formal, la conocían como Maxey, que significa “juego de pelota” en otomí, nombre que trasladaron posteriormente al de Querétaro, también con el mismo significado en lengua tarasca.
El sentido sagrado del territorio entre los pueblos mesoamericanos tenía como indicadores principales a los cerros, lugares donde se manifestaba el poder de sus deidades y a los cuales se acudía, en festividades y apuros, a rendirles ofrendas y celebrar ritos: “Cuando había temporales, todos en general se subían en los cerros y allí ofrecían a sus dioses sahumerios de copal […] y de papel […] (id: 237) “.
En la Relación se señala al cerro que llaman de la Margarita o Abaxasní, que significa “de las zarzas” en otomí, como la elevación principal en la región queretana y que se identifica con el Zamorano; por cierto, al cerro siguen acudiendo cada año peregrinaciones que parten de los pueblos de origen otomí que se asientan en sus alrededores.
Memoria sobre antiguas migraciones
Los diferentes pueblos del Altiplano central tenían un mito común referente a su origen norteño y el recorrido por tierras distantes hasta su asentamiento definitivo (Florescano, 1994). Este mismo sentido de recordar y de repetir por generaciones su camino desde un lugar de origen hasta su establecimiento en un sitio determinado, se conserva entre los otomíes de Acámbaro, quienes al informar de su historia al encuestador de la Relación de Celaya y su Partido, se dice que:
La causa del nombre deste dicho pueblo de Acámbaro fue que, de muchos años a esta parte, cuatro principales, con sus mujeres según su ley, partieron de un sujeto de la provincia de Xilotepeque llamado Hueychiapan, y estos trujeron consigo hasta sesenta indios, ansimismo casados, los cuales eran de nación otomí (y esa lengua hablan); y estos cuatro principales, con los dichos indios, se fueron derechos al rey y señor (Tariácuri) que en aquella sazón señoreaba la provincia que dicen de Mechoacan y le dijeron que ellos eran de nación otomí y que querían estar en su servicio, que les diese y señalase el lugar y tierras donde poblasen (Acuña, 1987: 61)
Lo que registra la Relación de Celaya es la memoria de antiguos vínculos establecidos por la migración de caciques, procedentes de un poblado de la frontera marcada por la Triple Alianza hacia otro lugar localizado en la frontera del dominio tarasco. En este sentido, sigue viéndose a Jilotepec como origen del poblamiento de la franja fronteriza del centro norte.
Entre los escritos de factura otomí, transcritos durante el siglo XVIII sobresale un documento que se conserva en el convento franciscano de Roma (Ayala Echávarri, 1948), en el cual se ofrece información de aspectos desconocidos de lo que fue la compleja ocupación del espacio norteño; por ejemplo, dice que recién fundado San Juan del Río los conquistadores otomíes pidieron refuerzos a Jilotepec para enfrentar a las huestes chichimecas que los esperaban tierra adentro:
y llegamos a las ocho de la noche al presidio, en la nueva fundación de San Juan del Río y encerramos luego a los dichos quinientos hombres forzados y con sus principales de ellos, los metieron en los agujeros de maderas, porque son muy desconfiados los de Jilotepeque, encadenados sus pies con esos agujeros de maderas.
[…] dentro del presidio, para que no se juigan, los sepa muy bien a estos quinientos hombres, lo han de rodear el presidio, dos noches y un día han de estar presos, porque ya el tiempo de la guerra se van poniendo para el mismo día de la vísperas de Santiago (id.).
La insólita presencia de 500 otomíes procedentes de la cabecera de Jilotepec, con sus respectivos caciques, llevados a la fuerza a la conquista de Querétaro por sus congéneres de Tula y capitaneados por Nicolás de San Luis, puede ser una velada alusión a antiguos conflictos entre los caciques de Tula y los de la cabecera de Jilotepec. Los de Tula seguramente respaldados con el prestigio del antiguo centro que se contraponía con la integración más reciente de los diversos señoríos de la provincia de Jilotepec.
Referencia a la provincia de Jilotepec como unidad regional
La percepción del territorio por parte de quienes lo habitan conforma un mapa mental donde los límites son bien conocidos y los contornos de cada paraje y lugar tienen un nombre y una calidad. Cabe la posibilidad de que este mapa imaginario se conservara en la memoria de quienes fueron los informantes de la Relación de Querétaro, aun cuando también puede ser probable que la percepción de ese territorio ya fuera producto de las experiencias de la nueva estructura colonial.
Lo anterior se puede discutir desde varios aspectos, como el referente a la ampliación territorial que sufrió la provincia de Jilotepec, los nuevos confines marcados por la avanzada desde Michoacán y la memoria de las antiguas mojoneras de Jilotepec.
La provincia ampliada de Jilotepec
La provincia de Jilotepec vio ampliado su territorio -20 leguas a lo largo y a lo ancho- cuando se agregaron las tierras ganadas a la Gran Chichimeca hasta los confines del valle de Querétaro; en 1578, por orden del virrey Enríquez, se formaron dos alcaldías mayores: la oriental con cabecera en Jilotepec y la occidental en Querétaro.
Los límites entre ambas alcaldías mayores quedaron fijos por una antigua barda de piedra que atravesaba de sur a norte los llanos de El Cazadero; la amplitud de ambas alcaldías sería de 10 leguas de oriente a poniente (Acuña,1987: 217). La extensión de la provincia durante el siglo XVI se fundamenta en el poblamiento de los valles de San Juan del Río, Amealco, Huimilpan y Querétaro, por colonos provenientes del propio Jilotepec.
La forma de organización política que tenían los antiguos pueblos de la provincia dejan claro -según los informantes de la Relación de Querétaro- que conocían las formas anteriores y al compararlas con las que se reestructuraron durante la Colonia aprecian las similitudes que existían entre ambas; este mismo proceso lo estima Gibson (1967) en las comunidades del valle de México: “la orden de su gobierno era: que tenían un principal, como ahora lo tienen en cada pueblo, a quien reconocían vasallaje y reverencia en extremo (ibidem: 238)
El reconocimiento de que el principal flujo de poblamiento hacia Querétaro provino de Jilotepec, se expresa también cuando se refieren al idioma:
como estos pueblos fueron poblados de indios de la provincia de Xilotepec, que es la prima de la lengua otomí, así, todos los más hablan esta lengua, aunque es verdad que pocos y estos ya estan convertidos en otomíes y hablan su lengua y todos son unos” (ibidem: 235).
Nuevos confines marcados por el avance desde Michoacán
Siguiendo la misma Relación, el primer contacto que tuvieron los otomíes de Querétaro con las instituciones hispanas provino de Michoacán por medio de la presencia del encomendero de Acámbaro y Apaseo, Hernán Pérez de Bocanegra, y de los frailes franciscanos que recorrían el Bajío, aunque el principal contingente de pobladores otomíes procedía a su vez de Jilotepec. Querétaro, entonces, quedó en sus inicios vinculado a ambas regiones:
Al cabo del cual tiempo vino a la dicha cañada (donde moraba Conni) un caballero llamado Hernán Pérez de Bocanegra, que tenía en encomienda el pueblo de Acámbaro, provincia de Mechoacan, que distará deste (de) Querétaro como once o doce leguas y como trajo en su compañía (a) indios del dicho pueblo, pusieron por nombre, a do residía […] Queréndaro […] y los españoles corrompieron el vocablo y le llamaron Querétaro (ibidem: 219)
Esta doble presencia, de lo hispano con las instituciones de por medio y de lo indígena como movimiento poblacional, se aprecia bien en el caso de Querétaro; sin embargo, ha dado lugar a confusiones en cuanto a la historia del poblamiento regional.
Las mojoneras de la antigua provincia de Jilotepec
Por muchos años, por lo menos durante la hegemonía de la Triple Alianza, la marca fronteriza con los chichimecas estuvo situada a lo largo de una serie de poblados que guarnecían las tierras del interior de la provincia de cualquier contingencia con los vecinos nómadas. Estos pueblos son recordados por los informantes de la Relación de Querétaro, quienes los enumeran de norte a sur:
Y en la tierra de los chichimecos, eran su mojonera con los de Xilotepec los pueblos siguientes: Santiago Tecozautla, San Mateo Gueychiapa, San Josepe Atlan, Santa María Tleculutlicatzia, San Jerónimo Acagulcingo, San Lorenzo Tlechatitla, San Andrés Tiltmiepa; los cuales eran pueblos de la provincia de Xilotepec y en ellos había guarnición de gente de guerra contra los indios chichimecos (bidiem: 217-218).
Había pues una conciencia de que la línea de poblados dividía anteriormente a la provincia de Jilotepec de la tierra chichimeca. No es de extrañar que al ampliarse primero la provincia de Jilotepec hasta Querétaro y posteriormente al dividir su territorio en dos alcaldías, la línea divisoria entre éstas vuelva a quedar donde estuviera sesenta años antes.
La información acerca del territorio de Jilotepec es muy precisa con respecto a la división política territorial, además trasciende una conciencia de que Jilotepec estaba integrado al régimen de la Triple Alianza, cuya bandera guerreaban y que a la par gozaban de una cierta autonomía; así, también hay una claridad sobre lindes y mojoneras entre este territorio y el de los chichimecos:
Las guerras que traían ordinariamente eran con quien la traía México, debajo de cuya milicia guerreaban y con los indios de la nación chichimeca, con quien partían términos, cuyos aledaños y términos y mojoneras van señalados en el lienzo que tengo dicho (ibidem: 239)
La referencia es al lienzo que acompañaba esta relación y que se encuentra perdido.
Referencia a poblados de la provincia de Jilotepec
Uno de los conceptos que al parecer pueden prevalecer en la referencia indígena a un territorio es el de Altepetl, que en otomí se designa con el vocablo Andehe, es decir, el concepto de un centro donde se reúnen los poderes, simbolizado por la figura cerro-agua Este concepto pudo aplicarse al seleccionar el lugar donde se asentarían un nuevo poblado y sus autoridades, como pueden ser las menciones a Querétaro y San Juan del Río.
y dijo el Rey en su facultad. A vos sr. dn. Nicolás, mi capitán general del pueblo de Tula […] principal de principales […] has de congregar estos infieles el dicho puesto de la laguna de la mapa de los chichimecos, en donde estan tres cerritos (Ayala Echávarri, 1948)
[…] salieron y llegaron al puesto, donde esta una peña […] el día de San Juan […] ha de ser pueblo si hay manantial (idem.)
Cada uno de los documentos en poder de los caciques, autoridades de las repúblicas de indios que correspondían a los poblados de importancia en la región, expresa el lugar de procedencia del cacique fundador; esto también se aprecia en la Relación cuando se refiere a los fundadores de los dos pueblos principales de la Alcaldía Mayor, Querétaro y San Juan del Río:
El de Querétaro fue poblado por un indio de la generación de los otomíes, que en su gentilidad se llamaba Conni […] Este era natural de un pueblo llamado Nopala… sujeto al pueblo y cabecera de Xilotepec (Acuña,1987: 217).
El pueblo de San Juan del Río fue poblado por un indio de la generación de los otomites, natural del pueblo y cabecera de Xilotepec que habiendo recibido el agua del santo bautismo, lo llamaron don Juan, y tomó por sobrenombre su nombre primero que tenía en su gentilidad que era Mexitzin, que quiere decir “mexicano” (ibidem: 222).
En los escritos conservados por los señores otomíes encontramos que Nicolás de San Luis Montañez, cacique de alta jerarquía, incursionó en tierra chichimeca; se guarda en la memoria que proviene de Tula:
estando un principal de Tula, llamado don Nicolás Montañez, hijodalgo, descendiente de rey […] juntamente con sus vasallos… (32 de sus caudillos) […] estos son los católicos que se halló la conquista congregados y poblados (Ayala Echávarri, 1948).
En los documentos los publicados por Frías en 1906 se señala el lugar de origen de Nicolás de San Luis, como referencia común está la mención a Jilotepec, Tula y Tlaxcala:
Don Nicolás de San Luis, indio cacique hijodalgo, descendiente de los reyes emperadores que fueron de Tula, de Xilotepec, en Tlaxcala de la Nueva España […] fue nombrado Capitan General de esta dicha comarca por mandado del Rey Carlos V desde el año de 1522 […] salió en mi compañía los caciques y cacicazgos mi prosapia de la gran provincia de Jilotepec que lo son Fernando de Tapia, Juan de Luna (Frías, 1905:61, cf. Beaumont,t. IV, cap. XVIII: 551)
[…] y nos costó nuestra sangre poblar a estos pueblos de congregaciones de indios en compañía de mis caciques don Fernando de Tapia que es de Tlaxcala y los demás caciques que son de Tula y Jilotepec, de mi prosapia (ibidem: 65)
Don Nicolás de San Luis, indio cacique principal […] y bautizado en la pila de Tula y confirmado en Jilotepec […] mi descendencia […] todos indios caciques […] de Tlaxcala y los demás son de la gran provincia de Jilotepec (ibidem:78)
En otro documento de fundación de San Bartolo Aguas Calientes, fechado en 1546, especifica que Nicolás de San Luis:
traje 150 indio cacique y principales graduados cacicazgos de Tula y Tlazcala.
[…] y así mismo quedan cuatro principales para ir fundando y poblando este dicho pueblo nuevo de San Bartolomé Aguas Calientes y con 50 naturales católicos de la provincia de Jilotepec son los fundadores y pobladores de dicho pueblo (ibidem: 132-33)
Esta misma cita hace referencia al territorio más allá de la demarcación de la provincia de Jilotepec, se aprecia en el documento que se ampara como la Merced de Huimilpan:
Don Nicolás de San Luis, Capitán General de estas entradas por el rey nuestro Señor […] descendiente de los reyes y emperadores de la gran provincia de Tula y Jilotepec. El cual ha sido conquistador y fundador del pueblo de San Miguel de Guimilpa de la Chichimeca […] los conquisté y me ayudaron para la conquista, los demás caciques de los principales de Tula y Jilotepec (Vargas Rea,1946)
La Cédula de fundación de Santa María Tequisquiapan anota:
el común y naturales del pueblo de Santa María de la Asunción de Tequisquiapa, parezco y digo que a Don Alonso de Guzmán, caudillo que fue de Nicolás de San Luis y Don Alonso de Granada, vecinos que fueron del pueblo de Tula, fundados y congregados del puesto en que están dos ojos de agua […] (1551)(Ayala Echávarri, 1971: 32)
Otros, como el fundador del pueblo de San Juan Bautista Scidoo (Salamanca, Guanajuato), don Juan de la Cruz Zamora, tienen sus raíces en los pueblos de frontera:
indio cacique y principal de la provincia de Xilotepeque y capitán de los chichimecas, Caballero de la orden de Santiago, que ayudó a conquistar la frontera sur […] la ganamos habiendo quinientos sesenta y dos mil chichimecas y murieron ciento veintidos mil los demás se dieron de paz y este pueblo se llama San Gerónimo Aculco y fue en el año de mil quinientos veintidos años, día de San Gerónimo (Gaceta…, 1986).
Conclusiones
1) La memoria histórica de los otomíes de Querétaro, estimada en la Relación de este lugar, escrita en1582, resulta ser mucho más precisa que la contenida en los documentos procedentes de los caciques otomíes durante la etapa final de la Colonia. En dicha Relación hallamos las siguientes referencias:
a) los mitos de origen y a lugares sagrados
b) la provincia de Jilotepec como una entidad político territorial
c) distingue el origen de los caciques fundadores de los pueblos más importantes de la nueva Alcaldía de Querétaro
2) La Relación de Celaya y su partido, con la misma fecha que la anterior, conserva uno de los relatos más importantes que guarda la memoria otomí acerca de movimientos de población en las fronteras con los chichimecas, que a la vez eran las marcas de los territorios de la Triple Alianza y de los tarascos, estos últimos sostuvieron una rivalidad centenaria. El caso de Acámbaro fue relevante por su política sobre el poblamiento en frontera.
3) En los documentos de factura otomí del siglo XVIII se aprecia en las referencias a Jilotepec nuevos elementos de interés en relación a evocaciones de una historia otomí muy antigua, por ejemplo:
a) una es la posible continuidad histórico-territorial entre los otomíes de Tlaxcala, Tula y Jilotepec. El fundamento de esta memoria proviene de que los señores otomíes de mayor abolengo en la sociedad novohispana, fincaron el de su origen tanto en Tlaxcala como en Tula, a las que otorgaron una categoría mayor que la del propio Jilotepec.
b) otra es la posible rivalidad, de hondas raíces, existente entre Tula y la provincia tributaria de Jilotepec; ya que el cacique principal, según estos documentos, Nicolás de San Luis, procedente de Tula, ordena que traigan como auxiliares en la conquista de la chichimeca a otomíes de Jilotepec, quienes junto con sus señores los maniata y aprisiona hasta el momento de la batalla. Según la versión del documento esto fue debido a la poca disposición de los de Jilotepec por participar en esa guerra, ¿esto indica acaso una jerarquía espacial dada por el prestigio de Tula como antigua ciudad sagrada y como asiento de la familia de Moctezuma?
c) más precisas son las referencias en los documentos en relación al lugar de origen de los caciques, fundadores de cada localidad dentro del nuevo territorio. En la actualidad estas referencias pueden ser reconsideradas a través de los movimientos de población que, con motivo de las fiestas religiosas, mantienen una relación cíclicamente renovada entre ambas regiones.
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