Es común considerar al régimen de Porfirio Díaz como uno de los más proclives a favorecer los intereses extranjeros de la historia mexicana, y en ello las descripciones son similares a las de la reciente administración de Carlos Salinas de Gortari. Tanto los contemporáneos de Díaz como los historiadores condenan, en particular, la supuesta búsqueda exclusiva de la inversión foránea y el trato preferencial a inversionistas y trabajadores extranjeros. La mayoría de los estudios conceden que estas medidas produjeron mejoras de infraestructura, presupuestos equilibrados y avances para la incipiente clase media. Sin embargo, también coinciden en que la apertura comercial enriqueció sólo a un número relativamente reducido de individuos, incremento la dependencia del país respecto de Estados Unidos, despilfarró los recursos nacionales y aceleró el proceso de desamortización de las tierras indígenas. No fue casualidad que la expresión “México: madre de los extranjeros y madrastra de los mexicanos” adquiriera popularidad durante la larga dictadura de Díaz. Por ello, la mayor parte de los estudios realizados sobre el porfiriato concluyen que el periodo fue de relaciones cordiales con Estados Unidos y los países europeos.1
Esta versión de subordinación voluntaria y relaciones cordiales, sin embargo, no da cuenta de la totalidad de la historia. Por el contrario, la evidencia histórica muestra a un Díaz que con frecuencia promovió una política exterior independiente y nacionalista. Porfirio Díaz se valió de su condición de veterano y héroe condecorado de la guerra contra los franceses para exaltar su participación en la lucha contra invasores extranjeros. Su gobierno pretendió inculcar un “nacionalismo oficial” a sus gobernados, una visión repleta de imágenes hostiles especialmente dirigidas a los españoles, británicos, franceses y estadounidenses.2 Este nacionalismo no fue un recurso meramente retórico de doble cara, para esconder la supuesta naturaleza compradora del régimen. Díaz rehusó, por ejemplo, pagar más que una compensación simbólica de los añejos reclamos europeos contra México, posición que retrasó el reconocimiento diplomático de Gran Bretaña e impidió que el gobierno mexicano recibiera créditos sumamente necesarios de su principal fuente de inversiones. El perenne dictador tampoco otorgó un trato deferente a Estados Unidos. Su gobierno con frecuencia afirmó los intereses mexicanos frente a la agresiva política estadounidense hacia México y el resto de los países americanos. Díaz y sus asociados, aun en lo que se refiere a inversiones extranjeras, reconocieron posteriormente los límites del individualismo del laissez faire: hacia el final de su mandato, adoptaron medidas que apuntaban hacia un mayor control por parte del Estado mexicano sobre los enormes recursos materiales del país.
El caso de la política exterior porfiriana aparentemente nos enfrenta con una paradoja. Por un lado, los porfiristas, discípulos de las filosofías modernizadoras occidentales en boga durante el siglo XIX, creyeron que al estrechar los vínculos con las pujantes naciones industriales del norte desarrollarían un Estado mexicano fuerte. Pondrían fin así a la inestabilidad política y a las invasiones extranjeras de las décadas anteriores. Por esta razón, compartida por muchos de sus contemporáneos en latinoamerica, acordaron conceder importantes privilegios a los propietarios extranjeros. Por otro lado, los porfiristas siguieron temiendo las imposiciones a la soberanía política de México y conscientemente se opusieron a ellas. Díaz, atendiendo a este temor, representó en ocasiones el papel del molesto dictador nacionalista, reservado usualmente por los historiadores para personajes como Cipriano Castro de Venezuela o José S. Zelaya de Nicaragua.3
La política exterior de Díaz fue amoldando esta máscara de Jano gracias a las lecciones recibidas durante los primeros años del régimen (1876-1884). El mismo año que Díaz llegó al poder, enfrentó dificultades con el presidente de Estados Unidos, Ulises S. Grant y con su sucesor, Ruhteford B. Hayes. Grant y Hayes no sólo deploraban el derrocamiento del gobierno constitucionalmente electo de Sebastián Lerdo, pretendían además manejar la falta de “legitimidad” de Díaz como palanca para extraer importantes ventajas en varias disputas fronterizas y financieras. Hayes dejó ver esta clara determinación cuando despachó tropas a la frontera con México y amenazó con acciones militares. Díaz, por su parte, ordenó al general Gerónimo Treviño resistir a toda costa cualquier intento de invasión. Justo cuando el gobierno mexicano parecía tambalearse, Díaz encontró el apoyo de los empresarios ferrocarrileros e industriales estadounidenses. Influyentes inversionistas y banqueros, impacientes por la pérdida de oportunidades económicas ocasionada por la ausencia del reconocimiento diplomático, indujeron al Congreso estadounidense a crear un comité que investigara la situación mexicana. En abril de 1878, Hayes anunció el reconocimiento diplomático incondicional y, más tarde, procedió a retirar las tropas de la frontera.4
Porfirio Díaz empleó el nacionalismo en su política exterior, durante este enfrentamiento con Hayes, para cimentar su gobierno. La digna oposición frente a la postura agresiva del gobierno estadounidense, aunada a su antiguo heroísmo durante la Intervención Francesa, permitió al joven presidente mexicano presentarse como… [la versión original corta esta frase]. El uso del “nacionalismo oficial” para el propósito de construir el Estado descansaba sobre precedentes asentados durante los gobiernos de Antonio López de Santa Ana y Benito Juárez. Los porfiristas afinaron estos primeros esfuerzos por atar el ideal de nación al objetivo de reforzar el control centralista.
Para entender el significado del nacionalismo oficial porfirista, recordemos que el nacionalismo decimonónico había servido para dividir y no para unir a los mexicanos. El concepto de una nación mexicana atraía a pocos antes de la Intervención Francesa, más allá de los deficientes gobiernos nacionales y un puñado de hombres de letras en la capital del país. La única manifestación de nacionalismo a gran escala había ocurrido durante la ocupación norteamericana de 1847-1848. El contenido ideológico de este nacionalismo bélico, centrado en el miedo a la invasión extranjera, estaba limitado a un vago patriotismo político mezclado con una fuerte dosis de “yanquifobia”. Debido a las profundas raíces de las divisiones sociales y regionales en México, este patriotismo tenía diferentes significados para distintas gentes. Las nociones populares de la patria -término que, según las circunstancias, podía significar tanto la patria chica o región como la patria grande o nación- rivalizaban con las ideas de la élite que hacían de la nación la consumación de la construcción del Estado, y aun con las manifestaciones antinacionalistas de las clases altas.5 Durante la ocupación norteamericana, algunos liberales coquetearon abiertamente con la idea de la anexión a Estados Unidos, y los propietarios de plantaciones en Yucatán tenían en mente igual destino para su estado, durante la devastadora Guerra de Castas. Mientras tanto, los campesinos de todo el país se levantaron en defensa de la patria, con frecuencia usando estas demostraciones de patriotismo para perseguir gran variedad de metas políticas locales y regionales.6
Considerando este caleidoscopio de identidades locales, regionales y nacionales, los gobiernos de Santa Anna y Juárez representan la dificultad de inculcar “desde arriba” el tipo de discurso nacionalista que aparecía en otras partes de América Latina, por ejemplo en Brasil y Argentina.7 Santa Anna nunca logró (y quizá nunca le importó) promover fuera del valle de Anáhuac la visión de una comunidad mexicana imaginada que diera fuerza al concepto de gobierno central. Mientras este tradicional caudillo decimonónico buscó crear un mito alrededor de su persona, como lo indica el famoso entierro de su pierna, el patriotismo era tan sólo un componente menor de su aura, y uno que no cultivaba constantemente. Las instancias en que Santa Anna “salvó a la Nación”, como la guerra de los pasteles de 1837, alternaron con actos de “vender la patria”, como la impopular venta de la Mesilla a Estados Unidos en 1853. Juárez, por su parte, tuvo sólo logros limitados en su intento de utilizar el nacionalismo para los fines políticos de su gobierno. En 1864 convocó a sus compatriotas a tomar las armas en contra del usurpador Maximiliano -un extranjero que llegó al poder gracias al poderío militar francés. Cuando los liberales derrotaron a Maximiliano después de tres años de guerra, Juárez apuntó que su acto nacionalista de “expulsar” a los franceses (quienes de hecho abandonaron el país por voluntad propia) era razón y mandato para su proyecto de reforzar la presidencia a costa del Poder Legislativo. Sin embargo, los legisladores reaccionaron en contra y la retórica de Juárez no registró un impacto político significativo.
Díaz tuvo éxito donde Juárez falló. Con ayuda del gran avance obtenido en la distribución de información y propaganda -o, en palabras de Karl Deutsch, en un crecimiento “en la eficiencia de la comunicación”-8 lanzó un esfuerzo para promover la patria grande y aumentar el control central, mientras destruía las patrias chicas. Díaz mencionaba con frecuencia su política exterior, en su esfuerzo por fomentar un nacionalismo oficial que facilitara el más grande proyecto de construcción del Estado y la nación. Tiempo después de la crisis con Hayes, seguía refiriendo el conflicto para mostrarse como líder patriótico, elaborando aún más la imagen de su heroísmo durante la Intervención francesa.9 La importancia de la postura digna de Díaz frente a Estados Unidos trascendió así el ámbito de lo estrictamente diplomático. Una política exterior a tono con las cuestiones del “honor nacional”, debidamente aplaudida por la prensa leal, permitió a Díaz encausar el miedo a las invasiones extranjeras y transformarlo en una vertiente importante del nacionalismo mexicano.
¿Cómo hicieron los porfiristas para propagar este nacionalismo oficial? No contaban con los medios modernos de propaganda, como radio, televisión o siquiera la distribución a gran escala de información impresa para un público letrado. Aun así, los porfiristas emplearon importantes medios para difundir sus ideas más allá del pequeño círculo gobernante: periódicos, celebración de aniversarios, escuelas y proyectos de obras públicas. Los textos escolares de historia, los nombres de las calles, placas conmemorativas y estatuas en poco tiempo recordaron a los mexicanos los hechos nacionalistas de los liberales.10
Díaz se aseguró de que los mexicanos no olvidaran sus recién encontradas credenciales nacionalistas: sus seguidores iniciaron la propagación de un culto liberal patriótico que sugería continuidad en las posturas nacionalistas de Juárez y Díaz. Gracias a este tributo a Juárez, Díaz pudo presentarse como su seguidor y, también, ofreció una rama de olivo a los viejos juaristas, algunos de los cuales todavía resentían que Díaz tomara el poder por la fuerza. El nacionalismo oficial adquirió mayor importancia en la medida en que la modernización del porfiriato creó una “clase gobernante nacional” en México y, por tanto cabe dentro de lo que E. J. Hobsbawm conceptualiza como un esfuerzo por legitimar a las élites políticas.11
Es difícil valorar el efecto real de este nacionalismo oficial en la cohesión política del México porfiriano. La oposición liberal radical veneraba su propia versión del Juárez nacionalista, y muchos conservadores aún veían a Díaz como un iconoclasta proyanqui.12 A pesar del predecible fracaso de los porfiristas en monopolizar el discurso nacionalista en México, sí ofrecieron un conjunto de símbolos fácilmente identificables que promovían la imaginaría de una comunidad nacional,13 y así fortificaron su dominio. Los gobiernos revolucionarios -y en mayor grado los del Partido Revolucionario Institucional- tan sólo reafirmaron esta estrategia.
El episodio de hostilidades con Estados Unidos, al inicio del gobierno de Díaz, afectó también la estrategia del nuevo presidente para tratar con el “coloso del norte” y con los poderes europeos. Díaz entendió entonces que los inversionistas extranjeros podían ser mejores aliados que los gobiernos extranjeros. En razón de que las relaciones con Estados Unidos permanecieron volátiles durante los siguientes cinco años, Díaz y su sucesor, Manuel González, recurrieron cada vez más a inversionistas extranjeros para suavizar las diferencias con el poderoso “coloso norteño”. González en particular alternó sus ocasionales políticas hostiles con promesas de concesiones generosas para negocios estadounidenses en México. Durante su mandato (1880-1884), el Congreso mexicano aprobó un gran número de leyes que enmendaban los códigos coloniales para la agricultura y la minería, declarando el suelo y el subsuelo propiedad de la Nación mexicana. En adelante, los propietarios extranjeros podrían operar sus empresas mineras como dueños y no como meros concesionarios. Una ley de 1883 anuló casi todos los obstáculos que impedían a los extranjeros ser propietarios de tierras. González inauguró también la práctica de designar a inversionistas extranjeros para actuar en Washington como agentes confidenciales del Gobierno mexicano, y en 1883 reorganizó la Secretaría de Relaciones Exteriores para que reflejara este mayor énfasis en los vínculos económicos. González, quien nunca fue un títere de Díaz, completó la construcción del marco legal iniciada durante la Reforma, y dentro de ese marco el programa porfirista impulsó la modernización desde el exterior.14 Asimismo, y dentro de este proceso, creó las condiciones para mejorar las relaciones con Estados Unidos.
Mientras Díaz y González estrechaban vínculos con la economía estadounidense, mejoraron también las relaciones diplomáticas con el grupo de viejos enemigos: Gran Bretaña, Francia y España. Los porfiristas consideraban que al menos las primeras dos de estas naciones eran principales fuentes de inversión de capitales, y al mismo tiempo buscaban impedir el peligro real de una excesiva dependencia con el capital de Estados Unidos. Díaz abrió negociaciones con Francia y España y obtuvo el reconocimiento diplomático incondicional para su gobierno. González negoció un acuerdo con Gran Bretaña -el más recalcitrante de los viejos enemigos. Los inversionistas y banqueros desempeñaron papeles claves en ambos esfuerzos, persuadiendo a sus gobiernos de normalizar las relaciones con México.
Díaz, cuando regresó al poder en 1884, orientó la política exterior mexicana hacia el punto de equilibrio entre los deseos de los inversionistas extranjeros y los de los nacionalistas mexicanos. Dos asesores con experiencia ayudaron a Díaz a ejecutar este acto acrobático: Ignacio Mariscal, el secretario de Relaciones Exteriores, y Matías Romero, el principal representante diplomático mexicano en Estados Unidos. Aunque ambos eran oaxaqueños y antiguos colaboradores de Juárez, sostenían muy diferentes visiones sobre las relaciones exteriores de México. Mientras que Mariscal, el nacionalista (que permaneció cercano a los círculos militares en torno a González), desconfiaba profundamente de las intenciones de Estados Unidos y abogaba por mayores esfuerzos para atraer capital europeo, Romero (anteriormente un liberal puro) apoyaba los intereses empresariales y consideraba a Estados Unidos como la principal fuente del capital necesario para crear la infraestructura del país. Mariscal temía que el influjo de inversiones estadounidenses pudiera un día convertirse en una “conquista pacífica”, no menos peligrosa que la ocupación durante la guerra con Estados Unidos. Romero, en cambio, pensaba que el establecimiento de fuertes lazos económicos harían menos probable una agresión por parte de Estados Unidos. Díaz usó los consejos de estos dos políticos para elaborar su política exterior: Mariscal dio forma a la diplomacia interamericana y europea, Romero manejó casi todas las negociaciones con los inversionistas norteamericanos desde su oficina en Washington, D. C. El triunvirato oaxaqueño formado por Díaz, Mariscal y Romero enfrentó los asuntos internacionales con un relativo grado de éxito en los siguientes catorce años.
La diplomacia de Estados Unidos continuó siendo caprichosa e impredecible: en varias ocasiones, incluyendo el notorio caso del arresto del editor Augustus K. Cutting en 1886, el gobierno de Estados Unidos asumió una postura poco razonable respecto de los derechos de sus ciudadanos en México. Además, el gobierno en Washington desaprobó todas las peticiones de extradición que presentó México, los políticos del suroeste comentaban libremente la posible anexión de Sonora y Baja California, y el presidente Grover Clevelad incluso conminó a Díaz a que pusiera orden en su gobierno si no quería perder el influjo del capital estadounidense. Además de estos problemas, ambos gobiernos disputaban la posesión de El Chamizal, un pequeño territorio cerca de El Paso. No es de sorprender que Mariscal sintiera reivindicadas sus opiniones acerca de Estados Unidos; sin embargo, asentó la postura mexicana con suma prudencia.
Los conflictos en Centro América y la Primera Conferencia Interamericana, junto con otras cuestiones hemisféricas, demandaron la constante atención de México. El presidente Justo Rufino Barrios de Guatemala declaró, en marzo de 1885, la unificación forzada de centroamérica -un paso amenazante para México por la constante insistencia de Guatemala en recuperar Chiapas. Siguiendo la tradición mexicana de debilitar a Guatemala, Díaz ayudó a la coalición que triunfaría sobre Barrios: mandó tropas al estado fronterizo de Chiapas y con ello obligó a que buena parte del ejército destacado para invadir El Salvador tuviera que desplazarse hacia este punto. La Conferencia Interamericana, celebrada en Washington de octubre de 1889 a abril de 1890, constituía otro tipo de amenaza: Estados Unidos llevaron a la mesa de discusión la propuesta de crear una unión aduanal hemisférica, la cual contradecía seriamente los esfuerzos entonces en marcha por evitar la dependencia unilateral respecto de Estados Unidos. Muchos otros gobiernos latinoamericanos, para fortuna de Díaz, se hallaban igualmente opuestos a conceder ventajas a los inversionistas estadounidenses sobre sus rivales europeos. Encabezados por los representantes de Argentina, Chile y México, la mayoría de las delegaciones latinoamericanas rechazó la propuesta.15
Díaz tuvo uno de sus mejores momentos como crítico de las pretensiones hegemónicas de Estados Unidos cuando objetó las consecuencias del así llamado Corolario Olney a la Doctrina Monroe. En 1894, el secretario de Estado Richard Olney intervino en una ya larga disputa por fijar los límites exactos entre Venezuela y la Guyana Británica. Olney argumentó, en defensa de la posición venezolana, que cualquier revisión de los límites a favor de Gran Bretaña violaría la prohibición impuesta por la Doctrina Monroe a cualquier nueva colonización europea. En tanto los británicos no opusieron resistencia, Díaz no vio razón alguna para criticar el argumento de Olney. Unos meses después, sin embargo, Olney presumió de que Estados Unidos eran “prácticamente soberanos” en el hemisferio y de que su “decreto” era ley. Convocó entonces a todas las naciones latinoamericanas a aceptar la protección de Estados Unidos contra los designios del imperialismo europeo.16 Estos comentarios provocaron finalmente el discurso de Díaz, en 1896, sobre la Doctrina Monroe:
México no puede menos que mostrarse partidario de una doctrina que condena […] cualquiera invasión de la Europa monárquica en contra de las Repúblicas de América […] Mas no entendemos que sea suficiente […] el que sólo a Estados Unidos […] incumba la obligación de auxiliar a las demás Repúblicas de este hemisferio, contra los ataques de Europa (si aún se consideran posibles) […] sino que cada una de ellas, por medio de una declaración semejante a la del presidente Monroe, debería proclamar que todo ataque de cualquiera potencia extraña […] sería considerado por la nación declarante como ofensa propia […] De esta manera, la doctrina hoy llamada de Monroe vendría a ser doctrina americana en el sentido más amplio.17
En correspondencia privada, Díaz explicó con mayor detalle sus sospechas acerca de cualquier presunción de un “protectorado oficioso” por parte de Estados Unidos: “la doctrina de Monroe no tiene el alcance que desean los estadistas norteamericanos […] ni puede ser aceptada en términos decorosos por las repúblicas hispanoamericanas”.18
La Doctrina Díaz -es decir, la idea de que la Doctrina Monroe debería ser puesta en vigor multilateralmente por todas las naciones en las Américas- ha constituido desde entonces una piedra de toque de la política exterior mexicana. A primera vista, la doctrina parecía igualmente dirigida a rechazar la intervención europea y norteamericana. Pero las palabras y el momento en que fueron enunciadas por Díaz sugieren que las dirigía principalmente contra el intervencionismo de Estados Unidos. La Doctrina de Díaz, de hecho, marcó una nueva era en la historia de la política exterior mexicana. Las ahora remotas amenazas de intervención europea y los problemas limítrofes en la frontera sur dejaron el centro del escenario a la expansión norteamericana.19
Pronto fue evidente, a pesar de estos esfuerzos, el limitado campo de acción para las iniciativas de Díaz encaminadas a detener la campaña estadounidense por obtener mayor injerencia en los asuntos políticos y militares del Caribe. Habiendo intentado mediar entre Estados Unidos y España, por ejemplo, Díaz tan sólo fue espectador cuando ambos países pelearon por el poder de decidir el futuro de Cuba y Puerto Rico.20 El control así obtenido por Estados Unidos sobre Cuba enfureció por igual a Díaz y a muchos nacionalistas mexicanos que deseaban ver al gobierno de México a la vanguardia de la liga antiimperialista latinoamericana. Las intervenciones de Estados Unidos en Panamá y la República Dominicana en 1903-1904, de igual manera, fueron ampliamente criticadas en México, aunque sin que virtualmente existiera una protesta oficial.
El “shock cubano” posterior a la guerra hispanoamericana contribuyó a impulsar cambios en la diplomacia porfirista. Después de muchos años de fomentar expectativas nacionalistas en la población mexicana, Díaz enfrentó su incapacidad para satisfacerlas. No obstante la exitosa defensa de la soberanía política mexicana frente a la agresiva política norteamericana, el delicado equilibrio estaba por desplomarse. La situación de Díaz se tornó más difícil debido a la clara evidencia de que los extranjeros en México gozaban de una posición privilegiada. Los conservadores antiyanquis pronto se unieron a los liberales radicales para demandar mayores oportunidades para los mexicanos y una más firme postura frente a Estados Unidos.
La muerte de Romero en 1898 (el mismo año que finalizó con barcos de guerra estadounidenses en La Habana) se sumó a las complicaciones anteriores, ya que inclinó la correlación de fuerzas dentro de la élite gobernante a favor de la posición nacionalista de Mariscal. El hombre que remplazó a Romero como asesor clave en política exterior, el secretario del Tesoro José Y. Limantour, tenía diferencias marcadas con Mariscal pero deseaba aumentar las inversiones europeas en México con el fin de aligerar la dependencia respecto del capital norteamericano. Limantour, sin duda, representó su parte con inteligencia, evitando a toda costa herir la susceptibilidad de los inversionistas norteamericanos; la firma del más grande contrato petrolero hasta ese momento, 1903, con el empresario británico Weetman Pearson (más tarde Lord Cowdray), aumentó su influencia y la de la camarilla de científicos en general.21 El ascenso de los científicos -y la importancia paralela del grupo aún más nacionalista alrededor del general Bernardo Reyes- significó mayor preocupación del régimen de Díaz por las intervenciones de Estados Unidos en América Latina.
Díaz rechazó, entre 1904 y 1905, los esfuerzos por involucrar a México en la creciente ola de intervenciones norteamericanas: en varias ocasiones desatendió insinuaciones para que, con la gracia del Tío Sam, México fuera guardián de la paz en la región. Primero, el presidente de Estados Unidos Theodore Roosevelt ofreció a México absoluta libertad para anexarse Cuba, Puerto Rico, República Dominicana y los países centroamericanos (un ofrecimiento, sin duda, poco sincero). Cuando Díaz no mordió la carnada, Roosevelt propuso que México asumiera la función de policía regional; tampoco esta burda trampa engañó al viejo dictador. El presidente norteamericano deseaba que la participación de las principales naciones latinoamericanas legitimara sus propias intervenciones. Por ello, y a pesar de que el plan prometía incrementar el prestigio de México, Díaz rehusó y calificó la idea de vaga e injuriosa para los intereses de las naciones pequeñas. No era decoroso para México, comentó su embajador en Estados Unidos, llevar a cabo la política exterior norteamericana; la creación de esferas de imperialismo secundario daría a México tan sólo el prestigio vacío de hacer realidad los deseos de Roosevelt en el Caribe.22
En los años de 1906 a 1908, en parte la habilidad y en parte la buena fortuna, permitieron a Díaz continuar su acto de equilibrio. Díaz estableció una buena relación con el presidente Theodore Roosevelt y con su segundo secretario de Estado, Elihu Root. Esta relación -alimentada por la continua cooperación en cuestiones de inversión extranjera- permitió que la política exterior porfirista registrará algunos logros impresionantes.
La exitosa participación para mediar las disputas entre países centroamericanos añadió prestigio a Díaz en el extranjero y evitó la intervención directa de Estados Unidos. Entre mayo de 1906 y marzo de 1909, esta mediación compartida por México y Estados Unidos trajo buenos resultados. Ambos países ayudaron a poner fin a la guerra entre Guatemala y El Salvador, intercedieron entre Honduras y Nicaragua, ayudaron a la negociación de los tratados de Washington en 1907. Tiempo después, estos tratados fracasaron debido al peso de las ambiciones de los caudillos centroamericanos; pero su firma fue un verdadero logro, ya que constituían el más amplio acuerdo hasta la fecha entre los gobiernos de América Central. No sólo retardó la intervención norteamericana, sino que más tarde sirvió de marco para los mecanismos de arbitraje de la Liga de Naciones y de las Naciones Unidas. Esta mediación compartida fue benéfica para ambos países: ayudó a los esfuerzos diplomáticos de Estados Unidos y dio al gobierno de Díaz la posibilidad de influir en la política norteamericana. La estrategia fue exitosa en tanto duró el gobierno de Roosevelt, quien trató a Díaz casi como a un socio igualitario en las negociaciones, y no fue más allá de estacionar buques de guerra cercanos a la costa de Centroamérica cuando parecía que la paz era amenazada.23
Díaz también se movió en otras áreas para minimizar la influencia política de Estados Unidos. Los delegados mexicanos en el comité organizador de la Tercera Conferencia Interamericana, llevada a cabo en Río de Janeiro en 1906, ayudaron a evitar que Estados Unidos presentaran iniciativas similares a las de 1889. En 1907, el régimen de Díaz acordó renovar un viejo contrato para que Estados Unidos usufructuaran la terminal carbonera de Bahía de Magdalena en Baja California, pero limitó el contrato a tres años. Aunque ninguno de tales éxitos detuvo el crecimiento de la influencia estadounidense en México y en los países vecinos, Díaz aprovechó al máximo el espacio de maniobra que obtuvo gracias a su prestigio internacional, la estabilidad política de México y las buenas relaciones con el gobierno norteamericano.
Sin embargo, las condiciones para continuar esta exitosa política exterior desaparecieron en el último año de gobierno de Díaz. La recesión global de 1907 envió en picada a la economía mexicana y evidenció los privilegios de que gozaban los extranjeros: mientras cientos de miles de mexicanos perdían sus empleos, la mayoría de los empleados extranjeros continuó recibiendo ingresos. Aún más, la aparición de la famosa entrevista Creelman, en la que Díaz anunció su intención de no reelegirse, terminó con la “pax porfiriana” y agitó la hasta entonces adormilado escena política del país. El posterior cambio de opinión de Díaz provocó la organización de fuertes movimientos de oposición, que finalmente convergieron en apoyo a Francisco l. Madero. Por último, las elecciones en noviembre de 1908 en Estados Unidos llevaron al poder a William H. Taft, un presidente que no compartía la voluntad de su predecesor de acomodar a Díaz en los asuntos de política exterior.
El envejecido régimen respondió en los siguientes años a las protestas de los muchos mexicanos que sentían que su gobierno les había fallado con el método probado de “pan o palo”. Díaz usó la fuerza contra las frecuentes protestas laborales, como en la brutal represión de la huelga de los mineros de Cananea en 1906 y la masacre de obreros textiles en Río Blanco en 1907. No obstante también ordenó al Congreso mexicano que reconsiderara las leyes agrícolas y mineras de las décadas de 1880 y 1890. Por supuesto que era impensable revocar las concesiones ya otorgadas a los inversionistas extranjeros sin riesgo de serias repercusiones internacionales. Sin embargo, el Congreso preparó leyes para futuras concesiones, que contenían en embrión muchas de las provisiones de la Constitución revolucionaria de 1917. Por ejemplo, una ley de 1909 prohibía la actividad minera cercana a la frontera y los porfiristas crearon la compañía Ferrocarriles Nacionales de México de propiedad nacional.
Al acercarse la caída del porfiriato, las turbulencias en las relaciones entre México y Estados Unidos crecieron en algunas áreas. En especial, las actividades al norte de la frontera de los opositores al régimen causaron constante fricción en las relaciones entre los dos países. Taft (como Roosevelt) cooperó ampliamente dentro del marco de las leyes de neutralidad de su país, pero Mariscal y su sucesor, Enrique C. Creel, creyeron que estas acciones eran insuficientes. En el México del porfiriato, las autoridades arrestaban y fusilaban a los revoltosos sin siquiera una insinuación de legalidad en el proceso; por ello Mariscal y Creel sencillamente no podían entender por qué las autoridades norteamericanas tardaban meses e incluso años en litigios con los rebeldes mexicanos.24 Además, la puesta en marcha de la “diplomacia del dólar” dañó las relaciones entre México y Estados Unidos. En la medida en que el Departamento de Estado de Estados Unidos actuó con mayor frecuencia como agente de promoción de los inversionistas norteamericanos, el favor que Díaz otorgaba a los europeos para equilibrar la creciente presencia norteamericana, se convirtió en un asunto político problemático. El secretario de Estado Philander C. Knox consideraba los lazos económicos con México -que para entonces sobrepasaban ya aquéllos entre Gran Bretaña y México- como un asunto de seguridad.
Por último, la cooperación en torno a cuestiones centroamericanas desapareció. Cuando Knox intentó obtener la ayuda mexicana, en abril de 1909, para poner término al gobierno de José Santos Zelaya en Nicaragua -un aliado clave de Díaz en Centroamérica- Mariscal declaró que México ya no fungiría como guardián de la paz junto con Estados Unidos.25 Más tarde, en ese mismo año, Knox y Díaz volvieron a enfrentarse por el asunto de Zelaya. Éste renunció a raíz de una revuelta apoyada por Knox en diciembre de 1909 y los porfiristas le dieron asilo. También apoyaron al sucesor que se promulgó en contra de la rebelión todavía en marcha, aun cuando arriesgaban las relaciones con Estados Unidos. Sin embargo Díaz no pudo prevenir el triunfo de la facción pronorteamericana.26
Todos estos problemas contribuyeron a que, finalmente, Díaz fuera derrocado. Por supuesto, uno no puede acusar a la administración Taft de estar activamente coludida: su gobierno puede haber aplicado tibiamente las leyes de neutralidad a Madero y a sus seguidores, pero hay poca evidencia de que deseara la caída de Díaz. No obstante, la existencia de la frontera y el hecho de que los rebeldes mexicanos podían moverse con relativa libertad en Estados Unidos, jugaron un gran papel al facilitar la rebelión de Madero. Aún más, debido a la publicación de México Bárbaro por John K. Turner27 y otros ensayos críticos de Díaz, la opinión pública estadounidense se había vuelto contra los porfiristas. Libros como el de México Bárbaro sirvieron a la causa de Madero y sus seguidores, y la oposición a Díaz en Estados Unidos no dejó que Taft reprimiera a Madero de la misma manera que su predecesor lo hizo con los hermanos Flores Magón. Muchos de los agentes confidenciales de los porfiristas en Estados Unidos desertaron del régimen y directa o indirectamente apoyaron a la oposición.
No fue una coincidencia que Madero escogiera como punto clave para atacar, en la Sucesión Presidencial en 1910, la política exterior de Díaz. Desde la perspectiva propagandística de Madero ambos aspectos de la política exterior porfiriana habían fallado. Por un lado, la práctica de atraer inversiones foráneas había incrementado la influencia extranjera en México y desembocó en la crisis económica de los años inmediatos anteriores. Por otro lado, las medidas mexicanos en contra del imperialismo no habían detenido las imposiciones norteamericanas a la soberanía de las naciones latinoamericanas.
Los historiadores modernos, sin embargo, deben estar alerta a los peligros de la teleología. Ansiosos por relacionar los fracasos de Díaz con el estallido revolucionario, muy pocos historiadores se han preocupado por entender la política exterior porfirista en sus propios términos.28 El malogrado final del acto de equilibrio de los porfiristas, no debe cegarnos para valorar sus modestos logros durante muchos años. Más que una paradoja, de hecho, podríamos pensar que las dos caras de la política exterior porfirista son los dos lados de una misma moneda, cada uno inextricablemente unido al otro. Conducido hacia diferentes direcciones por camarillas rivales, inversionistas extranjeros y opinión pública, el régimen de Díaz permaneció atrapado en la misma posición contradictoria que Estados Unidos habían impuesto a los gobiernos anteriores. La modernización de México, emprendida con la entrada de capital mundial, permitió al régimen de Díaz desempeñar un importante papel internacional y defender la soberanía política mexicana. A ese respecto, los porfiristas continuaron exitosamente el proyecto de construcción del Estado iniciado en la Reforma. Pero el mayor encadenamiento económico con Estados Unidos y la resurrección de las aspiraciones hegemónicas norteamericanas en las décadas de 1890 y 1900, incrementaron las dificultades para sostener el equilibrio logrado por los porfiristas, al punto que el avance del nacionalismo y la xenofobia contribuyeron al estallido de la Revolución mexicana.29
Es prematuro, al momento de escribir estas líneas, establecer comparaciones cimentadas en un análisis justo y empírico, entre las políticas exteriores de Díaz y las de Salinas de Gortari. Pero la entrada de México al Tratado Norteamericano de Libre Comercio y la subsecuente derogación de gran parte de la legislación nacionalista merece, al menos, una breve observación pertinente. La presidencia de Salinas de Gortari quizá señaló el final de una era que comenzó bajo Porfirio Díaz: una era en la que los gobiernos mexicanos utilizaron la política exterior nacionalista para endulzar la realidad de que el país existe bajo la sombra de Estados Unidos. Sólo el tiempo dirá si los gobiernos mexicanos posteriores a Salinas recurrirán nuevamente al acto de equilibrar la inversión extranjera y el nacionalismo.
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Vázquez, Josefina Z. y Lorenzo Meyer, The United States and Mexico, Chicago, University of Chicago Press, 1985.
Sobre el autor
Jürgen Buchenau
Traducción de Gerardo Necoechea G.
Citas
- Cfr., por ejemplo, Josefina Z. Vázquez y Lorenzo Meyer, The United States and Mexico, Chicago, University of Chicago Press, 1985, PP. 89 -102. [↩]
- Robert J. Jr. Deger, “Porfirian Foreign Policy and Mexican Nationalism: A Study of Cooperation and Conflict in Mexican-American Relations, 1884-1904”, tesis de doctorado, Indiana University, 1979; Jürgen Buchenau, In the Shadow of the Giapit. The Making of Mexico’s Ceiztral America Policy, 1876-1930, Tuscaloosa, The University of Alabama Press, 1996. [↩]
- William B. Schell explica lo paradójico con la influencia de ciudadanos estadounidenses residentes en México, quienes favorecieron una política liberal hacia las inversiones extranjeras mientras que se opusieron a la diplomacia del buque militar. Ver “Integral Outsiders, Mexico City’s American Colony, 1876-1911. Society and Political Economy in Porfirian Mexico”, tesis de doctorado, University of North Carolina at Chapel Hill, 1992, especialmente cap. 6. Schell exagera la influencia de la colonia norteamericana en México, y no comprueba que haya influido en la formulación de la diplomacia porfiriana. [↩]
- Daniel Cosío Villegas, The United States versus Porfirio Díaz, Nettie Lee Benson (trad.), Austin, University of Texas Press, 1964. [↩]
- Alan Knight, “Peasants into Patriots. Thoughts on the Making of the Mexican Nation”, en Mexican Studies/Estudios Mexicanos, 10:1, Berkeley, California, invierno 1994, pp. 135 -161. [↩]
- Se necesitan más estudios acerca del nacionalismo como factor en la política local y regional durante la guerra con Estados Unidos. Para la Revolución, este tema ha recibido más atención, por ejemplo en Daniel Nugent et al., Rural Revolt in Mexico and U. S. Intervention, San Diego, Center for U.S.- Mexican Studies, 1988, cap. 1-4. [↩]
- Cfr. Nicholas Shumway, The Inventioiz of Argentitia, Berkeley, University of California Press, 1984; y Barman Roderick J., Brazil. The Forging of a Nation, 1798-1852, Stanford, California, Stanford University Press, 1988. [↩]
- Karl W Deutsch, Nationalism and Social Communication. An Enquiry into the Foundations of Nationality, Cambridge, Mass., MIT Press, 1966. [↩]
- Luis González, “The Dictatorship of Porfirio Díaz”, en Hugh M. Hamill (ed.), Caudillos. Dictators in Spanish America, Norman, University of Oklahoma Press, 1992, p. 176. [↩]
- Para el “mito de Juárez” durante el porfiriato, cfr. Charles Weeks, The Juárez Myth in Mexico, Tuscaloosa, University of Alabama Press, 1987, pp. 29-53. [↩]
- Friedrich Katz, “Mexico: Restored Republic and Porfiriato”, en Leslie Bethell (ed.), Cambridge History of Latin America, Cambridge, Cambridge University Press, 1984, t. 4, pp. 56-59; E. J. Hobsbawm, Nations aizd Natinalism since 1780, 2a ed., London, Canto, 1992. [↩]
- Katz, op. cit., pp. 56-59. [↩]
- Cfr. Benedict Anderson, Imagined Communities. Reflections on the Origins and Spread of Nationalism, London, Verso, 1983. [↩]
- Don M. Coerver, The Porfirian Interregnum. The Presidency of Manuel González of Mexico, 1880-1884, Fort Worth, Texas Christian University Press, 1979. [↩]
- LesterG. Langley, America and the Americas. The United States in the Western Hemisphere, Athens, University of Georgia Press, 1989, pp. 95-96. [↩]
- Dexter Perkins, A History of the Monroe Doctrine, 2a ed., Boston, Little, Brown and Co., 1955, pp. 181-90. [↩]
- Porfirio Díaz, informe leído al H. Congreso de la Nación, 1 abril 1896; texto según Los presidentes de México ante la nación, Luis González y González (ed.), México, D. F., Cámara de Diputados, 1966, t. 2, pp. 462-63. [↩]
- Díaz Lancaster Jones, México, D.F., 31 enero 1896, Universidad Iberoamericana, México, D. F., Colección General Porfirio Díaz, caja 41:8, t. 18, ff. 397-99. [↩]
- La muerte de Romero en 1898 hizo afianzar esta tendencia. Cfr. Harry Bernstein, Matías Romero, 1837-1898, México D. F, Fondo de Cultura Económica, 1973, pp. 300-1. [↩]
- Para este intento a mediar, cfr. Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores, México, D.F. (AHSRE), LE-1335. [↩]
- Lorenzo Meyer, Su majestad británica contra la Revolución mexicana, 1900-1950. El fin de un imperio informal, México, D.F., El Colegio de México, 1991, pp. 81-91. [↩]
- Azpíroz a Mariscal, Washington, 24 dic. 1904, AHSRE, LE-1845, pp. 315-17; Casasús a Mariscal, Washington, 16 enero 1905; y Godoy a Mariscal, Washington, 5 oct. 1905, AHSRE, LE-1846, pp. 58-62 y 33-36; Greville a Foreign Office, México, D. F., 2 junio 1905, Public Records Office, Kew, Gran Bretaña, Records of the Foreign Office, 50/541. [↩]
- Jürgen Buchenau, In the Shadow of the Giant, caps. 3 y 4. [↩]
- Daniel Cosío Villegas, Historia moderna de México. El porfiriato. Vida política exterior. Segunda parte, México, D. F., Editorial Hermes, 1963, pp. xxix-xxx. [↩]
- El Imparcial, México, D. F., 1 abril 1909; Mariscal a León de la Barra, México, D. F., León de la Barra a Mariscal, Washington, 2 y 12 abril 1909, AHSRE, Archivo de la Embajada de México en Estados Unidos, t. 191, pp. 703,710-14; Knox, memorándum, 17 abril 1909, Library of Congress, Washington, Manuscript Division, Knox Papers, caja 27, fol. 7. [↩]
- Jürgen Buchenau, “Counter-Intervention Against Uncie Sam. Mexico’s Support for Nicaraguan Nationalism,” en The Americas, 50:2, Washington, octubre 1993, pp. 227- 52. [↩]
- Francisco I. Madero, La sucesión presidencial en 1910, San Pedro, Coahuila, s.e., 1908. [↩]
- Este problema aún aparece en Deger en “Porfirian Foreign Policy” -estudio que pretende revisar la interpretación aceptada de la política exterior porfiriana. En su tesis que sólo abarca el periodo hasta 1904, Deger manifiesta que la guerra entre España y Estados Unidos provocó que Díaz se retirara de su política internacional activa. Los libros de Buchenau y Cosío Villegas rechazan esta hipótesis. [↩]
- Para el papel del nacionalismo en la Revolución mexicana, cfr. Alan Knight, “The United States and the Mexican Peasantry, c. 1880-1940,” y John M. Hart, “U.S. Economic Hegemony, Nationalism, and Violence in the Mexican Countryside, 1876-1920,” en Nugent et al., Rural Revolt in Mexico, pp. 25-60 y 69-87. [↩]