Tres textos etnográficos sobre la mujer indígena guatemalteca

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DEBATE1

El estudio antropológico de género y de la mujer ha avanzado mucho desde la publicación del innovador libro Woman, Culture and Society (1974),2 el cual contiene, entre sus magníficos ensayos, el de Lois Paul, “The Mastery of Work and the Mystery of Sex in a Guatemalan Village”, donde se ofrece una descripción bastante expresiva de las mujeres mayas de habla zutuhíl, de San Pedro de la Laguna. El trabajo etnográfico de Paul reflejaba el enfoque de comunidades individuales desprovisto de su historia, típico de la antropología cultural de mediados del siglo XX, sin embargo el ensayo recoge la paradoja esencial de la complementariedad y el patriarcado que yace en el corazón de las relaciones entre los sexos de los mayas.3 Tres etnografías recientes de estudiosas norteamericanas, Judith N. Zur, Violent Memories: Mayan War Widows in Guatemala (1998); los volúmenes de Linda Green, Fear as a Way of Life: Mayan Widows in Rural Guatemala (1999); y Diane M. Nelson, A Finger in the Wound: Body Politics in Quincentennial Guatemala, demuestran el avance de los enfoques etnográficos en el estudio de género. También presentan la variedad de paradigmas sobre la que los estudiosos de hoy día se basan para analizar la identidad del sexo.

Estas etnografías influidas por los intentos antropológicos de colocar a las personas y a los lugares de manera más adecuada en la historia y comunicar la realidad de la guerra, la violencia y la pobreza en que viven, también ilustran el giro mesoamericanista hacia el estudio de Guatemala y su reciente historia bañada de sangre.4 Después de resumir el contenido de cada volumen, me dirijo hacia una discusión temática y comparativa, y hago hincapié en tres puntos: primero, cómo cada autora el asunto de género; segundo, cómo define cada una de ellas su unidad de estudio; y tercero, cómo sitúa cada una su unidad de estudio en el flujo del tiempo y los sucesos.

Violent Memories de Judith N. Zur, publicada en 1998, es una etnografía brillante arraigada en rumbos más tradicionales de género que las de los libros de Green y Nelson, sin embargo resuelve los retos presentados haciendo investigaciones sobre Guatemala y escribiendo acerca de la Guatemala actual. Zur ha trabajado como psicóloga clínica y como terapeuta de familia, además de estar entrenada en antropología. Estos conocimientos y experiencia le permiten una visión más profunda del impacto que la violencia de la contra sublevación ha tenido en las comunidades y los individuos. La autora está interesada especialmente en las mujeres mayas de Emol (el nombre es un pseudónimo), una aldea K’iche en la región sur del departamento de El Quiché en el centro de Guatemala. Ella combina un enfoque etnográfico de Emol, y los caseríos a su alrededor, con el de la historia de vida de cinco mujeres excepcionales, todas pertenecientes al grupo de viudas de Emol,5 cuya diferencia de edades y personalidades se hace muy evidente. Vemos y sentimos las diversas reacciones a las trágicas pérdidas que han sufrido y las desgracias que han tenido que soportar.

Los primeros tres capítulos crean el marco para la descripción y el análisis del impacto de la campaña del Estado de Guatemala contra los marxistas, izquierdistas, y eventualmente su propia ciudadanía indígena. A un capítulo introductorio siguen otros que colocan a Emol y a los K’iche en el contexto de la historia regional y nacional, de la política y la cultura, y describe las relaciones entre los sexos de los mayas. A pesar de que los hombres ocupaban más puestos de liderato, se percibían como superiores a las mujeres y a menudo se envolvían en relaciones extra maritales; la autora demuestra el verdadero poder y autoridad de las mujeres K’iche en el ejercicio de sus roles institucionalizados en la jerarquía cívico-religiosa. Además sostiene que, en la segunda mitad del siglo XX, hemos sido testigos del declive de la posición de la mujer por la influencia creciente de las sectas protestantes, a menudo “fundamentalistas”, que marginan a las mujeres, ya que consideran que no sirven en puestos de liderazgo. En su opinión, las migraciones laborales y la difusión de la violencia institucional han nutrido esa marginación y como consecuencia trajeron un aumento de tensiones en las relaciones matrimoniales y en la vida familiar.

Los capítulos 4 y 5 describen la inhumana guerra civil de Guatemala. El capítulo 4 documenta los hechos sucedidos entre 1978 y 1982 cuando el Estado de Guatemala comenzó su campaña de limpia de todos sus elementos subversivos. El capítulo 5 abarca los años desde 1932 hasta 1984, se muestra cómo los guatemaltecos fueron testigos del desarrollo de una violencia más cruda, según crecía en importancia el sistema de la patrulla civil, en la que la gente patrullaba sus comunidades asaltando y matando a sus vecinos. Este apartado representa una etnografía valiosísima de la experiencia militar del hombre indígena, en el cual retrata la participación del hombre indígena en estas patrullas y las repercusiones de la guerra que hacen que los participantes, especialmente los líderes de patrullaje, continúen teniendo una presencia intimidante pero a la vez temerosa a que las viudas los expongan públicamente o busquen castigo sobrenatural para ellos.

Entender cómo esta guerra se realizó y como el alto nivel de tensión entre los de una misma aldea a causa de la misma, provee una base para examinar los retos a que las viudas se enfrentan para poder reconstruir sus vidas en lo económico y en lo social (capítulo 6), y para recordar y entender los hechos que sucedieron quienes tuvieron que soportar sus efectos psicológicos (capítulo 7). Todo esto ocurrió en circunstancias en que el Estado trató de negar y reprimir los recuerdos. Los capítulos siguientes examinan los resultados todavía caóticos de esta guerra cuyos niveles surrealistas de violencia y horror los narra con nitidez Zur. En el capítulo 8 contempla la muerte y las horrorosas consecuencias de las desapariciones y sepulturas clandestinas de familiares y amigos, cuya suerte específica muchas veces se desconoce. La autora expone el precio psíquico, corporal y social de una negación masiva de la muerte, sancionada por el Estado que automáticamente impedía celebrar las prácticas funerales de costumbre. Al no efectuar los típicos funerales y entierros dejaba a los K’iches sobrevivientes compitiendo con las almas errantes y atormentadas de los muertos. Estos espíritus “forman una nueva clase de patrulla, convirtiéndose en otra presencia aterradora, que persigue a los vivos igual que lo hacen los jefes locales”.6

Los capítulos 9 y 10 analizan cómo los K’iches tratan de comprender su reciente pasado violento: ellos se explican por qué sus seres queridos fueron asesinados y cómo la mayoría de las explicaciones (tanto políticas como sobrenaturales) no alivian el sufrimiento de las viudas. Zur presenta en el capítulo 10 un análisis cultural de los cambiantes conceptos sobre el peligro de los K’iches, y muestra que el alto nivel de tensión que el ejército guatemalteco y las patrullas locales introdujeron en la vida de ellos intensificó el miedo a la brujería y a los espíritus, lo que socavó las instituciones y la cohesión comunitaria. El último capítulo describe los sucesos ocurridos en 1993 cuando se efectuaron las exhumaciones en Emol y las investigaciones sobre la violencia a cargo de comisiones de alto nivel de la Iglesia y el Estado.7 Ninguna de esas investigaciones, ni la fundación de Coordinación Nacional de Viudas Guatemaltecas (Conavigua) tan útiles y alentadores como esos sucesos suelen ser, pueden cambiar la realidad para los emoltecos que Zur estudió, pues al haber vivido “el horror de hacerse cosas el uno al otro que anteriormente creían que sólo los ladinos eran capaces de hacer y lo que es peor, ellos saben que pueden verse obligados a repetirlo”.8 Esta etnografía es la mejor que he leído en mucho tiempo, el trabajo sensible de la autora dice mucho acerca de lo que es la vida para la población, mayoritariamente rural, de los indígenas de Guatemala después de la guerra. Su análisis también sugiere que Ruanda y Serbia devastadas por la guerra (para nombrar solo dos áreas que actualmente están tratando de vivir con las consecuencias de guerras fraticidas) no lograrán sanar ni a nivel individual, ni comunitario, ni nacional por mucho tiempo.

Aunque los libros de Green y de Nelson no logran la profundidad de visión que alcanza Zur, sus trabajos no obstante contribuyen sustancialmente al entendimiento antropológico de la Guatemala de hoy. Fear as a Way of Life de Linda Green se asemeja en el tema al libro de Zur. Ella estudia la comunidad de Xe’caj (también un pseudónimo), una aldea de habla kaqchiquel en las montañas del centro del departamento de Chimaltenango. Con la atención más concentrada en las estrategias de supervivencia de las viudas, Green también encausa la historia biográfica en su obra. En la primera parte, “A Legacy of Violence”, asienta las bases de su enfoque en las viudas. Muy influida por la reciente onda de teoría materialista cultural, Green usa sus lecturas de Michel Foucault, Antonio Gramsci, Raymond Williams y Stuart Hall, entre otros, para analizar lo que ella ve como una relación dialéctica entre cambio y continuidad. Comparte una preocupación común en muchas etnografías escritas en las dos décadas pasadas, especialmente por estudiosos norteamericanos, acerca de la ética y responsabilidades acarreadas por la investigación y los escritos, y justifica su trabajo (en el primer capítulo que plantea el contexto teórico, temático y cultural de su libro) declarando que tiene la responsabilidad de contar sus experiencias. Su deseo de hacerlo se hace más conmovedor porque sus informantes creen que si comparten sus historias, las injusticias del pasado reciente podrían corregirse o, como ellas lo expresan: “Si la gente supiera lo que nos pasaba, harían algo al respecto.”9

El capítulo siguiente detalla la historia del Altiplano de Guatemala y recalca que aunque el pasado reciente ha sido espantoso, los grupos indígenas de este país han sufrido por largo tiempo la violencia estructural impuesta por siglos de racismo y explotación económica lo mismo que por los ciclos de represión política. Por lo que Green hace hincapié en la continuidad de los patrones de violencia de Guatemala, mientras que Zur enfatiza la ruptura. Asimismo Green muestra cómo Guatemala ha sido el campo de batalla entre las ramas católicas y protestantes del cristianismo, un hecho que ha tenido sus propias repercusiones corrosivas dentro de las comunidades indígenas aun cuando los conversos encuentran sentido, alivio y estímulo en las enseñanzas evangélicas. El tercer capítulo documenta lo que significa vivir en un clima de terror tanto para los etnógrafos como para los aldeanos, un clima dominado por lo secreto y el silencio impuestos por el gobierno que se niega a obligar a los militares a responder por sus acciones.

La segunda parte, “A Legacy of Survival”, comienza con un examen de los compromisos matrimoniales, el matrimonio y la viudez en Xe’caj (capítulo 4). Al igual que otros, Green considera que la introducción del capitalismo ha debilitado la complementariedad económica de hombre–mujer,10 pero también documenta la posición económica de las viudas que sufren, además de la pérdida de miembros de sus familias, la pérdida de hogares, campos y pertenencias personales. En una pequeña sección ella detalla los intentos de varias organizaciones por proveer ayuda económica y apoyo social. Muestra que, a pesar de que esos proyectos y organizaciones ocasionalmente lograron cambiar las circunstancias económicas de la viudas, a menudo ayudaron a las mujeres mayas a reflexionar sobre su propia identidad en un contexto más amplio, más histórico y cultural.

Los últimos tres capítulos abordan varios aspectos de la adaptación de las viudas a las nuevas realidades familiares, comunales y políticas con las que tienen que vivir. El capítulo 5 reporta las consecuencias psicológicas y físicas de la pérdida y el sufrimiento; es mucho menos detallado que el trato que Zur le da al mismo tema, en parte porque Green nunca entra de lleno en los sistemas de creencias locales antes, durante y después de los años de violencia más intensa. El capítulo 6 considera la acción de tejer como un medio de expresión de identidad femenina y maya, además de una forma de ganarse el sustento, fomentada por organizaciones no gubernamentales de pequeña escala y unas pocas cooperativas locales.

El capítulo 7 trata de la influencia de las sectas protestantes evangélicas, con cinco o seis de ellas compitiendo cada noche por seguidores en Xe’caj y las comunidades adyacentes. Éste es uno de los dos mejores capítulos del libro y en él la autora demuestra que la conversión y la afiliación son dos fenómenos diferentes, y describe las razones por las que los indígenas guatemaltecos, especialmente las mujeres, hallan estas sectas tan atractivas. Ella arguye que aunque existe una conexión entre la élite represiva de Guatemala y los misioneros fundamentalistas extranjeros, estimulados particularmente por el general Efraín Ríos Montt (antiguo dictador y el poder actual tras bastidores en la elección del nuevo presidente guatemalteco populista de derecha, Alfonso Portillo Cabrera), otros factores explican la conversión de manera más satisfactoria. Desde motivos económicos (a la cabeza de los cuales está el deseo de evitar las obligaciones de las cofradías), hasta la posibilidad de expresar colectivamente las emociones de una manera saludable (i.e. despolitizada), pero a la vez comunitaria y espiritual, las viudas encuentran acceso a la posibilidad de cicatrizar sus heridas mientras que el rechazo fundamentalista del alcohol les sirve de ayuda para tratar con problemas específicos en sus vidas. Green ve a las sectas protestantes más como religiones que ofrecen mensajes de supervivencia y alivio del sufrimiento que como religiones de represión u oportunidades económicas.11 Ella las considera una manera de lidiar con la marcada división de la comunidad, documentada tanto por la misma Green como por Zur, secuela de la violencia de los años setenta y ochenta. El tema primordial del último capítulo del libro de Green pone en relieve las estrategias de las viudas para sobrevivir. Al mismo tiempo este capítulo reitera que la reciente guerra civil, a pesar de ser mucho más horrenda, se desarrolla sobre un pasado histórico violento con el que las comunidades mayas han tenido que enfrentarse por mucho tiempo.

El libro de Diane M. Nelson, A Finger in the Wound, se concentra en el presente de Guatemala y trata sobre los intentos de los mayas de crear una presencia fuerte en el fragmentado ambiente político de la Guatemala de la posguerra. La autora despliega un orden impresionante de retórica y lecturas teóricas, pero aunque el libro es muy informativo, a uno lo cierra perturbado por su tono de autoconcentración.

Nelson comienza explicando el uso de la metáfora del cuerpo herido como símbolo de la naturaleza problemática del nacionalismo de Guatemala. Nos ofrece una etnografía de un creciente movimiento de los derechos de los indígenas centrada primordialmente en el año 1992, el año del quinto centenario. Los métodos de Nelson para estudiar este movimiento tan diverso y difuso se basan en sus años de vida en Guatemala y en el tiempo que estuvo trabajando con los refugiados guatemaltecos en Chiapas, sirviendo de intérprete a Rigoberta Menchú durante tres reuniones de asuntos indígenas internacionales y organizando apoyo para los activistas mayas en Estados Unidos. Alternando entre los conceptos de las heridas de cuerpos individuales y las del cuerpo político de Guatemala, sus capítulos se basan también en el concepto de fluidarity. Ella usa este término para señalar la ambigüedad, contradicciones y el cambio constante que caracteriza el terreno político y cultural de Guatemala, así como su rechazo de las categorizaciones binarias. Después de un capítulo introductorio que trata brevemente la historia y el panorama cultural de Guatemala, el segundo capítulo titulado “Gringa Positioning, Vulnerable Bodies, and Fluidarity: A Partial Relation” (Posicionamiento de gringa, Cuerpos vulnerables y fluidarity: Una relación parcial), lo que nos da una idea de la manera en que titula los capítulos, pasa a una descripción de sus experiencias y las de otras, como gringas en Guatemala. Usa la paliza sufrida por una turista norteamericana en una aldea indígena del Altiplano como el lente a través del que describe sus propias experiencias, y concluye que los norteamericanos -antropólogos, activistas y otros de la izquierda- deben abandonar toda ilusión que les quede, de una solidaridad sin complicaciones con los grupos indígenas, entre los que los norteamericanos fantasean encontrar solo heroínas, nunca villanas.12

Los capítulos 3 y 4 detallan la naturaleza de las relaciones del Estado de Guatemala con los mayas y los intentos de éstos por influir, aún participar, en el Estado. La ambivalencia del Estado hacia la población maya están, según Nelson, mejor representada por las reacciones del Estado y la élite al otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a Rigoberta Menchú, y es que el tema del quinto capítulo. Nelson usa los chistes crueles, racistas y sexistas acerca de Menchú difundidos abiertamente para demostrar cómo la vida y los proyectos políticos de esta activista menoscaban las tentativas del Estado de usar a la mujer maya como la imagen domesticada de una pintoresca, segura, y tradicional Guatemala. No obstante el humor desconcertante de esta sección del libro (y la intención de Nelson es, claramente, que nos sintamos incómodos), el capítulo siguiente, “Bodies That Splatter: Gender, “Race” and the Discourse of Mestizaje” (Cuerpos que salpican: género, “raza” y el discurso del mestizaje) regresa al lector a la violencia de la Guatemala colonial y de su pasado más reciente. Nelson analiza cómo la población ladina de Guatemala define y entiende las identidades nacionales constituidas por raza y etnia. Ella usa el libro de la antropóloga guatemalteca Marta Casaus Arzú, Guatemala: linaje y racismo, donde se arguye que las familias de la élite de Guatemala usaban una ideología racista (y el matrimonio estrictamente entre sí) para mantener su dominio del poder económico y político desde el período de la Colonia en adelante, para mostrar que la binaria ideología racista se mantiene arraigada en la ficción de que la población es blanca o indígena, en vez de mestiza. Ella también señala los preceptos de género que son parte del raciocinio de la élite sobre la raza. Observar que estas ideas tienen sus orígenes en creencias sobre la pureza de la mujer blanca y la agresividad sexual por naturaleza de la india, contribuye a socavar cualquier conceptualización de una unificadora identidad cultural mestiza para la población guatemalteca.

Los capítulos 7 y 8 estudian a los grupos activistas mayas, se analiza cómo hacen uso de la tecnología moderna visual, de sonido y de la computadora para comunicarse con sus comunidades, las ciudades de Guatemala, y también con el exterior. Nelson también examina cómo esos grupos lucharon para presionar al gobierno de Guatemala a ratificar el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo de la ONU sobre los derechos de las personas indígenas y tribales en los países independientes. El capítulo 8 recoge este tema ofreciendo la mejor descripción en el libro de la interacción de los grupos activistas mayas con el gobierno de Guatemala, narra cómo estos grupos ejercieron presión, con éxito, para que se aprobara este documento como ley. Sin embargo, Nelson advierte que esto puede tener resultados contradictorios ya que los grupos indígenas pueden introducirse dentro del aparato del Estado o las instituciones del mismo pueden invitarse a formar parte de esos grupos (o ambos procesos pueden ocurrir simultáneamente). El capítulo final examina el impacto en Guatemala de los ajustes estructurales, analiza en particular el impacto de los nuevos tipos de labores (exportaciones no tradicionales, turismo y maquilas) en la división por género del trabajo, al igual que el uso continuo de la mujer maya como símbolo de paz. Nelson teje el género como un tema a lo largo de su retrato de un escenario político complejo y muy inestable, y apenas se halla información sobre las activistas políticas mayas exceptuando a Rigoberta Menchú, por lo que uno se queda pensando si este libro que reta y desconcierta provee suficientes detalles etnográficos para poder contestar las muchas preguntas fascinantes que plantea.

Los tres libros reseñados comparten varios temas aunque difieren un poco en la materia y metodología. Es evidente el interés que cada autora demuestra en la mujer y el género, y cada una lo hace basada en sus lecturas de antropología feminista de los años setenta y ochenta. Zur y Green proveen un análisis centrado en la mujer en el que la vida de la mujer domina el texto. Nelson no coloca a la mujer en el centro de su análisis, aunque trata a Rigoberta Menchú como actriz clave en el escenario político de Guatemala y examina hasta qué punto el asunto del género está empotrado en los conceptos de raza, clase y etnia. Estos libros demuestran hasta qué grado la antropología ha aceptado la figura femenina como algo completamente legítimo. En cambio, al concentrarse tanto en la mujer, los libros de Zur y Green irónicamente nos plantean la pregunta: ¿dónde están los hombres? Zur, por lo menos nos suministra, algún material sobre las experiencias militares del hombre, pero muchas preguntas quedan sin contestar. ¿Cuál es el efecto a largo plazo de la guerra civil de Guatemala y del alto número de bajas, en las estructuras políticas y de clase de las comunidades indígenas? ¿Qué influencia tuvo la experiencia militar en la definición de masculinidad de los mayas? ¿Cómo están lidiando los hombres mayas con los cambios económicos de los años ochenta y noventa? ¿Cómo era la vida para los sobrevivientes masculinos, especialmente los niños? Una antropología de los hombres es, paradójicamente, un resultado necesario de una antropología de mujeres, pero será totalmente diferente de los estudios etnográficos anteriores que, sin problemas (inconscientemente, en realidad), colocaban al hombre en el centro del análisis. Problematizar la masculinidad quiere decir analizar la vida de los hombres y las interrelaciones y separaciones entre los conceptos culturales de masculinidad, sexualidad, raza, clase y etnia. Al plantear estas preguntas, estos tres libros representan un punto de partida para Guatemala.

Además del desafío que enfrenta la antropología contemporánea de concentrarse con más detenimiento en toda una gama de experiencias de género, se encuentra frente a otro reto, el de basarse en el estudio de localidades individuales para poder examinar los procesos de cambio regionales, nacionales y transnacionales. Cada autora usa una estrategia diferente con relación a lugar y localidad. Zur usa la más tradicional de estas estrategias al estudiar una aldea individual y los caseríos adyacentes. Sin embargo, ella coloca de manera eficaz esta área dentro de una historia regional y nacional más amplia y proporciona la descripción más completa del período de guerra. Su libro obsequia al lector una profundidad comprensión en la relación entre la historia de Emol y la de la Guatemala reciente, especialmente las causas y el impacto social de la intensa violencia fraticida. Linda Green también estudia un lugar específico, pero a menudo generaliza cuando habla de “los mayas”, usando su investigación para contar la historia de la Guatemala indígena más que de una comunidad o región en particular. Aunque su libro contiene conocimientos valiosos, no es un libro que se lee para obtener un nivel de comprensión de la violencia per se. Nelson aplica un método muy diferente a la de Zur o Green y no intenta hacer un estudio comunitario. En parte una etnografía urbana que describe a las personas y los eventos en la ciudad de Guatemala, y en parte una reflexión posmoderna del nacionalismo problemático de Guatemala, éste es un libro acerca de conceptos de identidad, no de la vida como se vive en lugares específicos.

A Finger in the Wound también plantea una pregunta sobre si una etnografía posmoderna con una estructura tan fluida puede proporcionar una representación adecuada de las fuerzas históricas que crearon la Guatemala de principios de la década de los noventa. Para ser un libro que pone énfasis en la continuidad del cambio, carece curiosamente de contexto histórico y cultural, proporcionando sólo el más superficial recuento del periodo de guerra y las relaciones de los mayas con el ejército y las guerrillas. Las catastróficas fisuras internas de las comunidades que se discuten en buena parte de la literatura de los eruditos de los años ochenta y noventa, probablemente influyeron en los trabajos de los grupos activistas mayas contemporáneos, pero Nelson comenta muy poco acerca de esa parcialidad.13

De hecho, una perspectiva histórica más extensa y profunda podría llevarnos a cuestionar cuánto en realidad cambiará la situación política del indígena, hombre o mujer, de Guatemala. “Cuál es el futuro político de una población que aprendió inicialmente sobre la participación democrática en la década revolucionaria de 1944 a 1954, sólo para serle arrebatada por un golpe respaldado por la CIA, e involucrarse por pura frustración en la revuelta activa, que tuvo como resultado la matanza de 1975-1985”.14 La elección de Alfonso Portillo Cabrera mediante un proceso en el que el 63 por ciento de la población de Guatemala no votó,15 sugiere que aunque las cosas vayan cambiando (como la lucha de los activistas mayas por un lugar en el estado de Guatemala), permanecerán prácticamente igual.

Sobre la autora
Susan Kellogg
Departamento de Historia, Universidad de Houston.


Citas

  1. El artículo fue traducido del inglés por Ana María Paredes. Las referencias de los libros son: Linda Green, Fear as a Way of Life: Mayan Widows in Rural Guatemala, Nueva York, Columbia University Press, 1999, 229 pp.; Diane M. Nelson, A Finger in the Wound: Body Politics in Quincentennial Guatemala, Berkeley, The University of California Press, 1999, 427 pp., y Judith N. Zur, Violent Memories: Mayan War Widows in Guatemala, Boulder, Westview Press, 1998, 338 pp. []
  2. Michelle Rosaldo y Louise Lamphere, (eds.), Woman, Culture and Society, Stanford, Stanford University Press, 1974. Otro innovador texto antropológico feminista siguió al año siguiente, el de Rayna Reiter, (ed.), Toward an Anthropology of Women, Nueva York, Monthly Review Press, 1975. []
  3. Obras importantes recientes sobre las mujeres mayas que añaden detalles al retrato más breve de Paul incluyen las de Laurel Herbenar Bossen, The Redivision of Labor: Women and Economic Choice in Four Guatemalan Communities, Albany, State University of New York Press, 1984; Christine Eber, Women and Alcohol in a Highland Maya Town: Water of Hope, Water of Sorrow, Austin, The University of Texas Press, 1995; Tracy Bachrach Ehlers, Silent Looms: Women and Production in a Guatemalan Town, Boulder, Westview Press, 1990; Rosalba Aída Hernández Castillo, (ed.), La otra palabra: mujer y violencia en Chiapas, antes y después de Acteal, México, CIESAS/COLEM/CIAM, 1998; Brenda Rosenbaum, With Our Heads Bowed: The Dynamics of Gender in a Maya Community, Albany, Institute for Mesoamerican Studies, 1993 y Guiomar Rovira, Mujeres de maíz, México, Era, 1997. []
  4. Entre las discusiones sobre el creciente compromiso de la antropología con la historia están las de Aletta Biersack, “Local Knowledge, Local History: Geertz and Beyond,” en las de Lynn Hunt, (ed.), The New Cultural History, Berkeley, The University of California Press, 1989, pp. 72-96; Bernard Cohn, An Anthropologist among the Historians and Other Essays, Delhi, Oxford Univerity Press, 1987; John L. Comaroff y Jean Comaroff, Ethnography and the Historical Imagination, Boulder, Westview Press, 1992; James D. Faubion, “History in Anthropology”, en Bernard J. Siegel, Alan Beals y Stephen Tyler, (eds.), Annual Review of Anthropology, vol. 22, Palo Alto, Annual Reviews, 1993, pp. 35-54; Susan Kellogg, “Histories for Anthropology: Ten Years of Historical Research and Writing by Anthropologists”, en Eric H. Monkkonen, (ed.), Engaging the Past: The Uses of History Across the Social Sciences, Durham, Duke University Press, 1994, pp. 9-47; Shepard Krech III, “The State of Ethnohistory”, en Bernard J. Siegel, Alan Beals y Stephen Tyler, (eds.), Annual Review of Anthropology, vol. 20, Palo Alto, Annual Reviews, 1991, pp. 345-75; Emiko Ohnuki-Tierney, (ed.), Culture through Time: Anthropological Essays, Stanford, Stanford University Press, 1990; William Roseberry, (ed.), Anthropologies and Histories: Essays in Culture, History and Political Economy, New Brunswick, Rutgers University Press, 1989. Los recientes tratados antropológicos de la guerra son discutidos por Anna Simons en “War: Back to the Future”, en William H. Durham, E. Valentine Daniel y Bambi B. Schieffelin, (eds.), Annual Review of Anthropology, vol. 28, Palo Alto, Annual Review, 1999, pp. 73-108. Sobre la pobreza, refiérase al estudio etnográfico monumental de Nancy Scheper-Hughes, Death without Weeping: The Violence of Everyday Life in Brazil, Berkeley, The University of California Press, 1992. Algunos estudios etnográficos recientes de la población maya de Guatemala (por autores norteamericanos) incluyen Maya Cultural Activism in Guatemala, de Edward Fisher y R. McKenna Brown, (ed.), Austin, The University of Texas Press, 1997; Maya Saints and Souls in a Changing World, de John Watanabe, Austin, The University of Texs Press, 1992; e Indigenous Movements and Their Critics: Pan-American Activism in Guatemala, de Kay Warren, Princeton, Princeton University Press, 1998. Murdo J. MacLeod ha revisado escritos históricos recientes sobre Guatemala en “Archival Empiricism, or Fine New Wine in Solid Old Bottles: Recent Writing on the History of Guatemala”, Colonial Latin American Review, vol. 8, núm. 1, 1999, pp. 139-44. Véase también el libro reciente de Greg Grandin, The Blood of Guatemala: A History of Race and Nation, Durham, Duke University Press, 2000. []
  5. Los estudios de género en los mayas con enfoque en la historia de vida, se originaron con el trabajo de Gretchen Elmendorf en su libro, Nine Mayan Women: A Village Faces Change, Nueva York, Schenkman Publishing Co., 1976. []
  6. Judith N. Zur, Violent Memories: Mayan War Windows in Guatemala, 1998, p. 224. []
  7. El ambiente de terror que Zur describe continúa hasta hoy y está bien documentado por el asesinato brutal y todavía sin resolver del obispo Juan Gerardi en 1998, quien encabezaba el proyecto patrocinado por la Iglesia, Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI) sólo dos días después de que hiciera público el reporte. []
  8. Judith N. Zur, op.cit., 1998, p. 309. []
  9. Linda Green, Fear as a Way of life: Mayan Windows in Rural Guatemala, 1999, p. 21. []
  10. Laurel H. Bossen, op.cit., 1984; Bachrach Ehlers, op.cit., 1990. []
  11. Linda Green, op.cit., 1999, p. 165. []
  12. Diane M. Nelson, A Finger in the Woond: Body Politics in Quincentennial Guatemala, 1999, p. 62. []
  13. Tal parcialidad, en un sentido, es el tema del libro controversial de David Stoll, Rigoberta Menchú and the Story of All Poor Guatemalans, Boulder, Westview Press, 1999. También sobre partidismo, en adición a Fisher y Brown, op.cit., y Warren, op.cit., véase Harvest of Violence: The Mayan Indians and the Guatemalan Crisis, de Robert Carmack, (ed.), Norman, The University of Oklahoma Press, 1988 y Guatemalan Indians and the State, 1540-1988 de Carol A. Smith, (ed.), Austin, The University of Texas Press, 1990. []
  14. Richard N. Adams, “Conclusions: What Can We Know About the Harvest of Violence?” en Carmack, op.cit., p. 291. []
  15. La Jornada, “Editorial”, 28 de diciembre de 1999. []

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