Las categorías de lo pesado y lo ligero como operadores míticos

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A partir de elementos relacionados con la enfermedad y la muerte, mencionados en relatos modernos y prehispánicos, presento aquí una exposición general sobre la importancia que tienen los conceptos pesado y ligero en dichas narraciones. La presente exposición inicia, de manera arbitraria, con un relato registrado en la región de Zapotitlán Salinas en la Mixteca Baja del sur de Puebla. Posteriormente, esta narración es confrontada con otras procedentes de diversas regiones y épocas, finalmente hago una interpretación general, incluyendo otros relatos inéditos de esta misma zona.

Entre los múltiples temas que se intersectan alrededor del concepto de lo pesado, se pueden mencionar la muerte, la enfermedad, el pecado, la alimentación como causa de vida breve, el estado ligero como opuesto, las entidades anímicas, los árboles como sostén del cielo, los gigantes de humanidades anteriores, el fin de una época, los cerros como lugares mágicos y peligrosos, Tezcatlipoca, el trickster, o el diablo, como personaje engañador, etcétera. Estos temas se pueden desdoblar independientemente de los conceptos de pesado y ligero, pero frecuentemente se relacionan con los mismos, formando otras tantas vertientes de expresión en los mitos, que pueden ser paralelas y traducibles unas a otras.

El tema de la pesadez no siempre aparece en el mismo contexto, pero sí muestra una congruencia con los conceptos mesoamericanos fundamentales sobre la estructura del universo, indicando con ello no sólo la persistencia de las creencias (a pesar de la introducción de nuevos elementos), sino principalmente la necesidad constante e imperiosa de conservar y mantener la coherencia respecto a la idea del cosmos, por parte de las culturas locales, en una especie de ejercicio mental que se perpetúa aun mediante la modernidad impuesta por los esquemas europeos y contemporáneos.

El mito de referencia y su región

El presente relato lo registré el día jueves 8 de julio de 1993, a las 15:00 hrs., durante el descanso diario de la jornada en el sitio arqueológico de Cuthá, Zapotitlán Salinas, Puebla. Alfonso Reyes García, uno de los trabajadores, fue el narrador, quien lo contó a propósito de mis observaciones acerca del paisaje, especialmente sobre los cerros circundantes. Algunos detalles fueron ampliados por sus compañeros mientras bebíamos de una olla de mezcal de Oaxaca.

Dicen que en la barranca del Chilpetín, allá por los límites entre Puebla y Oaxaca, una señora mandó a sus dos hijos (niño y niña) a recoger tetechas (frutas de un cactus: Neobuxbaumia tetetzo). Cuando andaban por allá en el cerro se encontraron a un señor muy bien vestido (catrín) que los saludó y les preguntó lo qué andaban haciendo.

Ellos le respondieron que estaban recogiendo tetechas y entonces el señor abrazó a la niña. Luego los dos niños regresaron a su casa no muy lejos de ahí, y al poco rato la niña comenzó a tener mucha fiebre. Entonces hicieron una camilla para llevarla a un doctor, pero el camino era largo y pesado, pues tenían que cruzar por unos cerros muy altos (por el rumbo de San Luis Atolotitlán) para salir de ahí.

Entonces notaron que al ir subiendo, la camilla con la niña pesaba demasiado y los regresaba. Cuando vieron por qué pesaba tanto la camilla, se sorprendieron al ver que no había nada en ella. Entonces, para no llegar sin nada, le pusieron algunos troncos, para que no se viera como que no habían cargado nada. La niña desapareció, se supone que el diablo (el catrín) se la llevó.

El relato anterior presenta aspectos que lo relacionan directamente con los antiguos relatos míticos mesoamericanos. Como ha ocurrido desde la época del contacto europeo, los antiguos mitos y creencias mágico-religiosas se han transformado de modo que resulta a veces difícil reconocer sus raíces antiguas. Los relatos actuales no se pueden considerar como una simple repetición de lo que se narraba hace 500 o más años, pues los mitos y creencias se transforman de manera dinámica enriqueciéndose con nuevos detalles, a veces, y empobreciéndose en otras ocasiones en que las antiguas tradiciones van desapareciendo ante el empuje de la modernidad, que trae nuevas creencias y nuevos símbolos.

El relato que me sirve de entrada parece ser del tipo de los que han disminuido contenido debido a la pérdida constante de la identidad antigua, y su transformación en una nueva. Es preciso hablar un poco sobre el contexto etnográfico en que se presenta este relato. Las gentes que lo transmitieron en estos días pertenecen a la población de Zapotitlán Salinas, al sur del estado de Puebla. Esta región se considera dentro del área de influencia de los popolocas, aunque en el siglo XVI se hablaba aquí el mixteco y el náhuatl. A lo largo de los siglos se han conservado aspectos tecnológicos como la explotación de la sal, el pulque, las plantas, (en especial las cactáceas), y una agricultura precaria ya que la región es desértica. Sin embargo, las lenguas nativas se han perdido por completo en esta población que hoy día es de carácter mestizo, como en la mayoría del país.

Cerca de Zapotitlán se localizan algunas poblaciones de habla popoloca como Los Reyes Metzontla y San Juan Atzingo. Es posible que en esos lugares, relatos como el anterior aún se conserven de manera más completa. También es posible y casi seguro que los elementos de este relato hayan sido compartidos por otros pueblos nativos mesoamericanos. Aquí se presenta sólo el análisis preliminar de una parte importante de esta narración que se refiere a la relación de la enfermedad, el pecado, y la muerte, con lo pesado y lo ligero, para mostrar un caso más de la confluencia y permanencia de los antiguos sistemas religiosos mesoamericanos hasta nuestros días, aun en poblaciones donde se ha perdido la memoria y el sentido de estas creencias.

Lo pesado, lo ligero, y los seres telúricos en Mesoamérica

El mito de referencia tiene dos implicaciones inmediatas que vale la pena destacar. Primero, la categoría de lo pesado por oposición a la categoría de lo ligero como manifestación de una oposición bien conocida en Mesoamérica. Segundo, la presencia en los cerros de seres amenazadores que provocan enfermedades e incluso la muerte. Estos elementos están ampliamente documentados tanto en las fuentes escritas de los siglos anteriores, como en los datos que nos proporciona la etnografía moderna. En el presente caso se insistirá en la persistencia temática y continuidad del pensamiento mágico-religioso antiguo, ya que es aquí donde el mito de referencia encuentra su sentido. También cabe recordar que se trata en este caso de una comunidad moderna y mestiza donde se han perdido desde hace mucho las lenguas nativas que durante el siglo XVI, y hasta principios del siglo XIX eran el popoloca, el mixteco, y el náhuatl, no así el sentido de identidad regional, y algunos modos de vida ancestrales.

Existen muchas referencias al estado de pesadez que se vinculan directamente a las concepciones del universo según los antiguos mesoamericanos. López Austin ha sintetizado en varios trabajos el sentido de estos conceptos:

En Mesoamérica se creía en una doble composición de los seres mundanos. Todos ellos -hombres, animales, vegetales, minerales, los objetos manufacturados- estaban compuestos por dos tipos de materia: una ligera, interna, imperceptible, y otra pesada, cobertora y perceptible. ¡Hasta los dioses se cubrían con una capa de materia pesada cuando venían al mundo! La materia pesada limitaba la acción de los cuerpos y los unía a la muerte.1

Los hombres se convierten en mortales porque consumen plantas y animales para alimentarse, y por lo tanto participan de la tierra que lleva consigo la muerte misma. Se ingiere entonces lo visible y lo invisible. Los dioses, en cambio, sólo comen la parte invisible de las cosas, la materia ligera, es por eso que transitan más fácilmente por el cosmos en tiempo y espacio.2

Por lo regular se considera que lo relacionado con la tierra está contaminado por la enfermedad y la muerte, como parte integral y necesaria para un renacimiento y nueva vida, de acuerdo con la concepción cíclica del universo. Sin embargo, mientras más terrestre o telúrico es un personaje, más cerca está de la muerte, lo oscuro, lo húmedo, y también de lo pesado, ya que es demasiado terrestre por contraste a lo ligero que está mas cerca de lo ígneo, lo celeste y lo diurno. Sin embargo, estas observaciones que tienen su confirmación en relatos míticos, es necesario tomarlas con reserva, pues en realidad categorías como las que aquí analizamos toman su sentido del contexto en que se encuentran, y es posible que éste se transforme junto con el sentido que las mismas puedan tener.

En cuanto a casos específicos donde estos detalles aparecen, hay varias menciones en documentos del siglo XVI. Aquí haré mención de algunas de ellas donde lo pesado está directamente asociado a la enfermedad y a la muerte. En primer lugar, cabe mencionar el relato que ofrece fray Diego Durán sobre el maravilloso viaje que hacen a Aztlán los enviados de Moctezuma el viejo. El objetivo de este viaje era encontrar a Coatlicue, madre de Huitzilopochtli, y ofrecerle presentes de parte de su hijo, dios tutelar de los mexicas. Luego de recurrir a encantamientos mágicos como único medio para trasladarse hasta ese lugar, se encuentran al pie del cerro Colhuacan donde habita la diosa en cuestión. Al intentar subir por la falda del cerro, no lo logran, ya que se hunden en la arena hasta la cintura y no pueden avanzar en repetidos intentos. Entonces se les pregunta qué es lo que usan como alimento y ellos responden que cacao, a lo que los habitantes de ese mítico lugar responden: “esas comidas y bebidas os tienen, hijos, graves y pesados, y no os dejan llegar a ver el lugar donde estuvieron vuestros padres, y eso os ha acarreado la muerte”.3

Algunas observaciones son necesarias. Aunque aparentemente se trata de casos distintos, el relato de referencia tiene claras relaciones de transformación con el mito prehispánico. Se recordará que inicialmente se trata de dos niños que van solos a buscar alimento, y el catrín (dueño del cerro) les sale al paso sin que ellos lo esperen. Al tocar a la niña, ésta cae enferma, por lo cual varias gentes buscan sacarla del lugar por medio de una camilla que llega a tener un gran peso, y les impide salir. En el caso prehispánico, por el contrario, se trata de toda una corte de enviados que van a la búsqueda de los ancestros, dueños del lugar, y portan presentes que no son alimentos, sino obsequios que han manufacturado (bienes culturales), mientras que los niños del primer relato, no portaban, sino buscaban alimentos naturales (tetechas). El objetivo era llegar al cerro Colhuacan, sin embargo no lo cumplen porque ya están alimentados con cacao que los convierte en pesados. En el primer caso, cuando la niña cae enferma, es ahora un grupo de gentes el que intenta, ya no llegar, sino salir de entre los cerros, lo cual se ve frustrado por el peso de la enferma que desaparece. Existe entonces una inversión de términos entre lo natural y lo cultural, subir y bajar, y entre lo individual o lo colectivo de los encuentros, que remiten a la presencia de un posible sistema mayor de transformación, muy a despecho de la distancia cronológica que los separa. Abundaré un poco más en los detalles que nos pueden ayudar en este caso.

Los casos míticos más cercanos a la pesadez asociada con la muerte y la enfermedad los encontramos en las catástrofes que precedieron a la ruina de Tula y la caída de su dios Quetzalcóatl. En este ciclo mítico se ponen en juego los pasos que suceden al fin de una época, de manera similar al cierre de una era cosmogónica, con la diferencia de que en este caso intervienen los dioses y los hombres a la vez, con consecuencias desastrosas para estos últimos.

Se hace énfasis en indicar que los toltecas eran muy ligeros por su propio pie, y que iban rápidamente de un lugar a otro muy alejado, sin cansarse; esto ocurre antes del inicio de la ruina de Tula. Más adelante, Quetzalcóatl comete un doble pecado, por una parte bebe el licor de maguey, lo que le provoca malestar y enfermedad, y luego, como consecuencia, se sugiere que tiene relaciones sexuales con su propia hermana, lo que constituye una repetición de la transgresión sexual original de los dioses en Tamoanchan (Xochiquetzal y Tezcatlipoca), razón por la cual fueron arrojados de aquel paraíso. Posteriormente, se mencionan varios engaños que Tezcatlipoca-Titlacauan hizo a los toltecas en los que es clara la relación entre la muerte y lo pesado. Este dios lleva a los toltecas “que andaban como locos” a un abismo donde se despeñan y se convierten en piedras, es decir, se vuelven muy telúricos y pesados, y por consecuencia mueren.

Pero la parte culminante de estos desastres es cuando aparece el cadáver de una persona o de un niño que cobra un gran peso y comienza a apestar. Quienes lo huelen mueren, por tanto se intenta alejarlo de la población, para lo cual lo amarran con sogas y entre muchos tratan de moverlo sin mucho éxito. Cuando las cuerdas se rompen, quienes están sujetos a ellas también mueren.

Existen al menos cinco versiones de este suceso. Las más completa es la que ofrece Sahagún según la cual un nigromántico fue muerto por engañar a la gente en el mercado de Tula; luego su cuerpo comenzó a heder y murió mucha gente. Entonces ataron el cuerpo con sogas pero “pesaba tanto que los dichos toltecas no podían llevarlo”. Se unieron muchos para moverlo pero cuando se rompía la soga, los que estaban asidos a ella morían también, y fue necesario hacerle versos de canto. Finalmente lo llevaron al monte “y los que volvieron no sentían aquello que les había acaecido porque estaban como borrachos”.4

En la versión del “Anónimo mexicano”, se menciona a un gigante que abrazaba y mataba a la gente. Al día siguiente aparece un niño de cara blanca, muy hermoso, cuya cabeza podrida apesta y mueren por esto muchos. Finalmente lo llevan a una laguna donde desapareció en el agua.5 El mismo tema aparece en el Códice Ríos donde el muerto aparece con los intestinos de fuera, y al llevarlo arrastrando al monte las gentes cayeron en una concavidad entre dos cerros que se juntaron y murieron todos aplastados. La “Leyenda de los Soles”6 indica que prendieron a un mozuelo sin dientes, con la boca llena de suciedad y que luego de haberlo matado observaron que no tenía nada adentro, ni corazón, ni intestinos, ni sangre, pero hedía y provocaba la muerte. También fue arrastrado con sogas. Por último, Ixtlilxóchitl menciona también las catástrofes de Tula, y al niño blanco, rubio y hermoso, quien llevado a la presencia del rey, comenzó a podrírsele la cabeza y el hedor mató a la mayoría de los toltecas.7

Al respecto, Graulich opina que los aplastamientos de hombres y su conversión en piedras son equivalentes a la caída de la bóveda celeste al final de una era cosmogónica. En el caso del cadáver con un gran peso es considerado como la representación del pecado, entendido éste como el acrecentamiento del peso de la materia en perjuicio del fuego interior de origen celeste o, como diría López Austin, de la materia ligera. El pecado sería entonces “polvo, basura, estiércol, hediondez, podredumbre, pestilencia”. Los ayunos y penitencias se practicaban para, de alguna manera, aligerar la materia contaminada por el pecado.8

Inmediatamente después de la Conquista, estas creencias comenzaron a mezclarse con detalles del pensamiento europeo y se adaptaron a la nueva situación. Los casos considerados como hechicería se multiplicaron, pero aparentemente los antiguos conceptos nativos permanecieron intactos. Esto se puede apreciar en el caso referido por fray Andrés de Olmos, donde es claro que los seres telúricos continúan provocando enfermedades y muerte aun a los mismos españoles, de manera muy semejante al mito con el cual se inició esta exposición, como se puede apreciar:

Y me han dicho que allá en Tezcatépec se apareció el Diablo a algunos señores como un gigante, y les pidió que mataran a un guardián español que allá guardaba, llamado Juan Cordero. Pero ellos a esto no se atrevieron, porque era un viejo valiente. Sólo le revelaron, le dijeron aquello que el Diablo les había pedido. Entonces él [Juan Cordero] les dijo: vengan ustedes conmigo al lugar en que se les apareció el gigante; sacó su espada, la espada para herirle. Solo que por esto no se atormentaba el Diablo. A pesar de sus fuerzas, ya le hería mucho [al Diablo]. Al instante él, el gigante, lo abrazó; entonces por esto se cansó mucho [Juan Cordero] y por ello enfermó mucho y durante numerosos días, por esta razón, acostó su cuerpo en su cama. Se dice que no hizo el signo de la Cruz, que no dijo: Jesús.9

Los objetos pesados y los hombres

Las categorías de lo pesado como opuesto a la materia ligera se extienden en otros casos a seres vegetales, animales, minerales, y otros objetos fabricados por el hombre. De esto también se tienen datos conocidos. Sólo para citar dos casos, recordaré el de la piedra labrada que mandó hacer Moctezuma. Se dice que este gobernante envió a sus mejores escultores a buscar una piedra grande de una braza más de ancho y dos codos más alta que la que había en el templo de Huitzilopochtli. La encontraron en el sitio llamado Acolco, adelante de Ayotzinco, por el rumbo de Chalco, y la extrajeron entre diez o doce mil indios. Fue labrada por 30 oficiales y la trajeron hasta Iztapalapan con bailes y música. Después no pudieron moverla, y de pronto la piedra comenzó a hablar rehusando moverse.

Luego de repetidos intentos con música y conjuros, la piedra se movió un poco, pero no lograron llevarla lejos y volvió a hablar negándose a hacerlo y argumentando que ya la época de Moctezuma llegaba a su fin. Estando en el puente de Xoloco (hecho de unas planchas de cedro de siete palmos de grueso y nueve de canto “cayóse la piedra dentro del agua y llevó tras sí a los que la tiraban y muchos murieron; que no se pudo contar la gente que debajo consumió”. Al final, los buzos buscaron la piedra, pero ésta regresó a su sitio original de donde fue extraída; Moctezuma se conformó cuando los escultores labraron su efigie en una peña del cerro de Chapultepec.10

Volveré en este punto a otro relato actual del mismo tipo, procedente de la región sur de Puebla que está asociado igualmente con el final de una época. Se menciona que luego de la Conquista, los popolocas de San Juan Atzingo, pueblo muy cercano a Zapotitlán Salinas, quisieron trasladar una piedra labrada con la imagen de su dios desde el cerro de Castillo Rinconada, enfrente del cerro Cuthá, hacia el nuevo lugar donde se volvió a ubicar esta población.

Según parece, no todos estaban de acuerdo con el nuevo sitio. Cuando intentaron trasladar una piedra finamente esculpida desde uno de sus antiguos templos para la construcción del nuevo, “no quiso venir”. A medio camino se oscureció el cielo y empezó a llover. Tuvieron que dejar la piedra allí abandonada, pero cuando volvieron al día siguiente a continuar el traslado, se había desaparecido, para que se la encontraran de nuevo en el sitio anterior. También dicen que se oyen las campanas el día del santo patrón del pueblo rumbo al cerro del Castillo, siendo el lugar sacro de sus abuelos.11

Hemos visto hasta aquí cómo lo pesado y lo ligero se manifiesta en relación con el origen de la enfermedad y muerte, pero también con temas como el inicio o fin de una época, o en todo caso con las situaciones que dieron origen a un cierto estado de cosas. Tal es el caso del cadáver que apesta durante la ruina de Tula, de la piedra labrada que los popolocas intentan mover con poco éxito. Al mismo tiempo, habrá que señalar el hecho de que en estos tres casos se advierte la presencia de un código auditivo, paralelo a lo pesado y ligero, que consiste en la enunciación de llamados, cantos, música, versos, conjuros, y sonido de campanas en el último caso, todo esto con el fin de mover los objetos o personas que cobran un gran peso. Estos detalles, como se verá más adelante, no son casuales como tampoco lo es otro rasgo que no puede pasar desapercibido: el destino final de quienes mueren a causa de la enfermedad y la pesadez parece ser un medio acuático. Los toltecas arrojan el cadáver que hiede a una laguna (agua terrestre), la piedra labrada que mandó hacer Moctezuma arrastra a muchos al fondo del lago (agua terrestre), mientras que los popolocas que intentan mover la piedra labrada, no lo consiguen porque “oscureció el cielo y empezó a llover” (agua celeste). Me concentraré principalmente en la oposición inicial, y al final intentaré un resumen de lo que puede estar detrás de estas narraciones.

Algunos casos etnográficos sobre lo pesado y lo ligero

El tema de lo pesado y lo ligero, así como sus implicaciones es muy frecuente, y aparece constantemente en múltiples referencias etnográficas. Debo mencionar aquí algunas en particular, que tienen mucho en común con el relato de referencia. Los otomíes de Hidalgo hacen mención de la existencia de gigantes en tiempos antiguos. Estos eran seres frágiles, no estaban bautizados, y a la llegada de Cristo se convirtieron en piedras.12 Se trata evidentemente de seres telúricos como los que se mencionan en los textos del siglo XVI, baste recordar el caso del gigante mencionado por Torquemada, que aparece en un baile en Teotihuacan y causa gran matanza al abrazar a los que bailan.13

Estos mismos otomíes tienen muchas predicciones relacionadas con los sueños que remiten de manera directa a la antigua mitología mesoamericana. En un caso, se dice que cuando se sueña con arrastrar un gran árbol o cargarlo en la espalda, esto tiene como significado el transporte de un herido sobre una camilla, lo que no deja de ser una sorprendente coincidencia con el relato de referencia en Zapotitlán.14 También estos otomíes hacen mención de la figura mítica del Diablo al cual conciben como “un personaje proteiforme, Señor de la riqueza y de las mujeres, que controla desde su morada subterránea a una pléyade de demonios. Es una divinidad con la cual los hombres sellan un pacto que los conduce a la muerte”.15

En otro caso, entre los mixes de Oaxaca, se nombra al Diablo con términos descriptivos: “el demonio, el mero demonio, el Diablo, el Catrín. Esta última denominación […] indica un tipo charro bien vestido y montando a caballo”.16 El Diablo en los cerros es equivalente a los seres telúricos que amenazan a los humanos que cruzan por sus dominios. Estos seres también pueden caer en desgracia y sufrir las consecuencias como los humanos. Los lacandones actuales narran cómo los dioses en su viaje al Metlan fueron saliendo de la tierra por un agujero original, pero uno de ellos ingirió carne humana y “no pudo salir porque se volvió demasiado pesado”.17

Hasta aquí, podemos ver que existe una persistencia en las formas de expresión del pensamiento mesoamericano antiguo, y la constante repetición de temas como lo pesado, lo ligero, el pecado, los gigantes, etcétera, tienen como fin no sólo dejar clara la importancia de las antiguas concepciones del universo, sino el manejo lógico de tales categorías para dar cuenta de la diversidad actual y el origen de los rasgos locales en cada caso. Hay que mencionar, sin embargo, que existen muchas otras tradiciones que no son fáciles de asimilar al pensamiento mesoamericano. En la milagrería típica del cristianismo y los santos, existen muchas creencias relacionadas con la pesadez que tienen su origen en relatos europeos. Veremos qué ocurre cuando se está en presencia de conceptos para los cuales no podemos simplemente apelar a la persistencia de la antigua tradición mesoamericana.

A continuación menciono un caso que servirá para ilustrar el tema de este trabajo. En la población de San Juan Parangaricutiro, Michoacán, se cuentan varias historias de imágenes de santos que se negaron a moverse del lugar donde iban sólo de paso, adquiriendo un gran peso, y fueron adoptados como santos del lugar:

Hace 400 años o más, llegó un arriero con carga de sal, hilo, jabón, lejía y dos cajas. Buscó posada en casa de Maricho que no le pudo abrir la puerta (era tullido). El arriero lo vio tan mal de salud, porque había trabajado duro y se había enfermado de manos y pies. El arriero prometió llevarle un remedio, cargó sus mulas, pero no pudo levantar las dos cajas que eran su carga más pequeña. Dejó ahí las cajas, y no volvió por ellas. Al pasar un año las abrieron y había dos imágenes de dos Cristos. Maricho dice: “si tu me curaras te bailaría”, los dolores desaparecieron y pudo caminar. Ahora hay una gran fiesta y un gran mercado.18

A simple vista no se advierte relación con las narraciones que he revisado. Pero si observamos detenidamente encontramos elementos de tipo mesoamericano como la enfermedad que impide el movimiento (pesadez) por causa del trabajo, y su posterior transformación en estado ligero (el baile), en virtud precisamente de una promesa de ritual que implica cantos y música. También hay que notar que la pesadez de las dos cajas apuntan directamente hacia el inicio de una relación entre el Cristo y la comunidad, lo cual contrasta con el fin de una vida o una época, como es el caso de los relatos que he revisado con anterioridad. Lo que se aprecia aquí es la resignificación de los conceptos ya conocidos, y más aún, de una inversión completa de los términos contenidos en relatos europeos, a la luz de las concepciones locales, lo cual es además bastante común. El resultado es el esbozo general de un auténtico sistema, a partir del cual se presentan parcialmente algunas de sus posibles soluciones.

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Es preciso recordar que las categorías de pesado y ligero no tienen un significado único, pues como ocurre con todos los términos míticos, son susceptibles de cambiar su sentido dependiendo del contexto en que se expresen, como lo hemos observado. Esto implica relaciones de transformación, pues si en el mito inicial y los que hemos revisado antes se encuentra una secuencia: fin de época -ligero- pesado (muerte), hemos visto cómo esta secuencia puede cambiar a: pesado (enfermedad) -ligero- inicio de época. Así, también se transforman las connotaciones positivas y negativas de los términos, ya que en un caso lo pesado es negativo (muerte) y en el otro es positivo, pues gracias a la pesadez del santo, se inicia una nueva relación, lo cual, en resumidas cuentas, se puede expresar en términos de la transformación entre los términos inmovilidad-movilidad. En todo caso, me interesa llamar la atención hacia el riesgo de interpretar los mitos y sus elementos de composición como categorías con contenido único e inalterable, ya que desde esa perspectiva no es posible advertir relaciones de transformación como las que aquí he expuesto, ni acceder a la explicación de otros muchos detalles de su composición.

Volviendo a la comparación con el último relato, esto también podría interpretarse como una manera no consciente de marcar diferencias entre ambas tradiciones nativas y europeas. Sin embargo, en mi opinión, se trata más bien de conciliar, de manera intuitiva, los elementos cristianos dentro de las concepciones antiguas o tradicionales del universo, acerca del tiempo mítico y la vida cíclica: muerte, reposo, movimiento, vida, y de nuevo muerte, en este caso asociado a tradiciones nativas versus no nativas. Para profundizar en este bosquejo de sistema, y sus múltiples formas de expresión, es necesario incluir relatos complementarios de este tipo en la misma región y regiones vecinas, agregando al análisis el contexto etnográfico. El resultado sería un complejo orden de relaciones que presentaría las soluciones ya comentadas, así como numerosos casos intermedios, que a su vez nos remitirían a nuevos problemas.

Es sabido que las narraciones acerca de santos y personajes en cerros y cuevas son muy comunes en México, y tienen fuertes raíces europeas, baste recordar solamente el caso de San Cristóbal, gigante que carga al niño Jesús en su hombro, y al cruzar el río (medio acuático), no puede moverse debido al gran peso que adquiere su diminuta carga. En el caso del sur de Puebla, como en otras regiones, existe amplia información sobre apariciones de este tipo.19

Como contribución final de esta exposición, presento aquí tres ejemplos de la región de Zapotitlán, relacionados con la enfermedad, la muerte y lo pesado, que enriquecen las observaciones anteriores. Estos ejemplos confirman no sólo el origen mesoamericano de creencias modernas, sino su plena vigencia en la cultura actual. Aunque breves, los relatos son muy ilustrativos, y fueron recopilados en la población en julio de 1995.

Los muertos que pesan

1. Relato de Pedro Miranda: dicen que las gentes que hacen pacto con el Diablo luego que se mueren y los ponen en su caja, pesan mucho. Cuando los llevan a enterrar y cargan la caja, ésta pesa demasiado y no la pueden mover. Luego abren la caja (a veces la caja se parte por el peso) para ver por qué está pesada y se dan cuenta de que no hay nada. El Diablo se lo llevó. Entonces, para que no entierren la caja vacía le ponen piedras, para que no digan que no enterraron nada.

2. Relato de Pablo Carrillo: allá por la Cruz del Órgano, los caminantes decían que a veces se les montaba un muerto. Venían caminando y de pronto sentían el peso encima. Cuando llegaban a su casa caían con mucha fiebre y algunos se morían, era a causa del muerto que se les montó.

3. Relato de Vicente Carrillo García: allá en la Cruz del Órgano se le montaba el muerto a la gente. Este lugar está en la parte baja del río Zapotitlán, donde está la casa que hicieron los ingenieros de la Comisión del Papaloapan. Dicen que ahí crecía un órgano con sus brazos en forma de cruz. Decían que había un órgano viejo que se secó y luego volvieron a crecer otros dos, también con sus brazos en forma de cruz. Por ahí pasa un camino y dicen que a un caminante se le cargó el muerto y le ofreció dinero. Entonces le indicó en donde estaba una olla enterrada con dinero. Pero luego que llegó a su casa se le enfermó su hija y cayó con fiebre y se murió. Por eso ya no quiso regresar a donde estaba el dinero. Dicen que antes mucha gente que hacía dinero no se lo quería dar a nadie y lo enterraban. Por eso andan por ahí algunos espíritus en los caminos y se le cargan a la gente.

Conclusiones

Este breve análisis y reseña sobre relatos míticos confirma que, en la mayoría de los casos, las antiguas concepciones mesoamericanas continúan vigentes. Lo pesado, la contaminación de la muerte, lo terrestre, el pecado y la enfermedad, se siguen considerando como opuestos, y a la vez como complementarios de lo ligero, lo puro y lo trascendental. Pero más que una simple y mecánica continuidad de creencias atribuibles a la tradición mesoamericana, lo que se percibe es la capacidad de las poblaciones para someter a su lógica mítica, objetos y categorías más recientes, creando así nuevos conjuntos discursivos que tienen como intención mantener el sentido y la coherencia de sus expresiones culturales.

Un punto de reflexión importante lo constituye el hecho de que las comunidades actuales continúan ejerciendo esta lógica de relaciones incluso en el caso de aquéllas que no se consideran estrictamente indígenas, como ocurre en los casos de Parangaricutiro, Michoacán y Zapotitlán Salinas, Puebla. Las formas de expresión cotidianas toman fácilmente el rumbo del pensamiento mítico, y las posibles perturbaciones externas como las contingencias históricas, modas, y rápida penetración de medios de comunicación modernos son constantemente puestas bajo la observación e interpretación del lenguaje simbólico que son los mitos. En la región de Zapotitlán, como en la mayoría de las poblaciones rurales del país, el tiempo mítico sigue siendo parte importante de la cultura y la identidad.

Bibliografía

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Sobre el autor
Blas Román Castellón Huerta
Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, INAH.


Citas

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  2. Alfredo López Austin, Los mitos del tlacuache. Caminos de la mitología mesoamericana, 1990, p. 179. []
  3. Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, vol. 2, 1967, p. 219. []
  4. Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, 1979, pp. 200-201. []
  5. “Anónimo mexicano”, en Anales del Museo Nacional de México, t. 7, 1903, p. 47. []
  6. “Leyenda de los Soles”, en Códice Chimalpopoca, 1975, pp. 125-126. []
  7. Fernando de Alva Ixtlixóchitl, Obras históricas, vol. 1, 1975-1977, pp. 278-279; cf. Michel Graulich, Quetzalcoátl y el espejismo de Tollan, 1988, pp. 207-218. []
  8. Michel Graulich, op.cit., p. 211. []
  9. George Baudot, “Apariciones diabólicas en un texto náhuatl de fray Andrés de Olmos”, en Estudios de cultura náhuatl, vol. 10, 1972, p. 355. []
  10. Hernando Alvarado Tezozómoc, Crónica mexicana escrita hacia el año de 1598, 1944, pp. 494-499. []
  11. Robert L. Abell, “Los popolocas orientales: un estudio etnológico sobre San Juan Atzingo, Puebla”, tesis de maestría, 1974, p. 19. []
  12. Jacques Galinier, La mitad del mundo. Cuerpo y cosmos en los rituales otomíes, 1990, p. 248. []
  13. Michel Graulich, Quetzálcoátl y el espejismo…, op.cit., pp. 209-210. []
  14. Jacques Galinier, La mitad del mundo…, op.cit., p. 203. []
  15. Ibidem, p. 248. []
  16. Walter S. Miller, Cuentos mixes, 1956, p. 182. []
  17. Marie-Odile Marion, “La noche de la vida: la vida en el Metlan”, Ponencia ante el Simposio Latinoamericano: No una, sino muchas muertes, 22 de agosto de 1995. []
  18. Rosa María Plá, “Los mitos y las leyendas: de cómo una comunidad indígena se apropió de su historia”, en A. Chamorro (ed.), Sabiduría popular, 1983, pp. 435-436. []
  19. Alma Yolanda Castillo Rojas, Encantamiento y apariciones. Análisis semiótico de relatos orales recogido en Tecali de Herrera, Puebla, 1994. []

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