Alicia Olivera de Bonfil y Víctor Manuel Ruiz Naufal (eds.), Peoresnada, periódico cristero. Julio de 1927 a abril de 1929, transcripción de Amparo Gómez Tepexicuapan, México, Conaculta/INAH (Fuentes), 2005.

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DA420901Este libro, que forma parte de la Colección Fuentes editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, es producto de la larga relación que Alicia Olivera ha mantenido con la investigación del movimiento cristero, y que inició, como indica la propia autora, en la década de 1960 a iniciativa de Wigberto Jiménez Moreno, quien buscaba a una persona que realizara el rescate y microfilmación del archivo de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, resguardado por Miguel Palomar y Vizcarra. El vínculo que estableció Alicia con Palomar fue fundamental, pues no sólo obtuvo valiosa información del movimiento de uno de sus principales protagonistas, sino que también logró establecer contacto con otros personajes implicados en la lucha. De acuerdo con lo expuesto por Olivera, Palomar y otros de los veteranos cristeros estaban convencidos de que era necesario preservar la memoria de lo que había pasado en el conflicto religioso, razón por la que pusieron en sus manos la copia de uno de los periódicos editados por los rebeldes: Peoresnada, el cual fue editado entre julio de 1927 y abril de 1929. El último número apareció unos días antes de que las autoridades civiles y religiosas firmaran los acuerdos que ponían fin al conflicto (21 de junio de 1929). El periódico fue puesto en resguardo del archivo del Museo Nacional de Historia y ahora, a través de la Colección Fuentes del INAH, se pone a disposición de investigadores, estudiantes y el público que desee acercarse a un aspecto poco conocido de la lucha cristera: el uso de la prensa para difundir sus ideales y las noticias más relevantes de la guerra.

La obra cuenta con dos estudios introductorios: uno a cargo de Alicia Olivera y otro realizado por Víctor Manuel Ruiz. El estudio de Olivera antecede al de Ruiz, pero desde mi perspectiva debió colocarse primero el de Ruiz porque ofrece un panorama general del movimiento cristero, mientras el de Olivera menciona aspectos generales de la obra y, en específico, la manera en que se obtuvo el periódico. Para fines de esta reseña comenzaré con el texto de Ruiz, pues me parecer que proporciona un buen resumen de los acontecimientos más relevantes del movimiento, sin ofrecer nada nuevo a la interpretación del suceso. El autor indica que el movimiento cristero debe entenderse como una de las reacciones del catolicismo ante los cambios sociales y políticos ocurridos a finales del siglo XIX y principios del XX. Los orígenes del conflicto se sitúan en la política conciliatoria de Porfirio Díaz, la cual permitió que la Iglesia recobrara sus bienes y la influencia social perdida después de la restauración de la República en 1867. Con la publicación de la encíclica Rerum novarum (15 de mayo de 1891) se fortaleció la posición del catolicismo en las organizaciones obreras mexicanas, pues este documento criticaba los excesos del capitalismo, proclamaba los derechos de los trabajadores, combatía la lucha de clases y la huelga como instrumento de combate, y afirmaba la preponderancia de la Iglesia sobre el Estado. La entente cordiale entre el poder civil y el eclesiástico se hizo evidente en 1900, cuando el obispo de San Luis Potosí, Ignacio Montes de Oca, declaró que la Iglesia había logrado muchos avances gracias al apoyo del gobierno porfirista.

Estas afirmaciones enardecieron a algunos grupos liberales, que reunidos en San Luis Potosí buscaron “contener el avance del clericalismo”. Con la caída de Díaz y el ascenso de Madero a la presidencia de la República se manifestó una nueva relación de los católicos con el gobierno, lo que llevó a la fundación, en enero de 1911, del Partido Católico Nacional, el cual tuvo una mediana participación en la vida política del país, pues algunos de sus miembros fueron electos diputados. Ruiz menciona que no se debe considerar a la Constitución de 1917 como la causa del conflicto entre la Iglesia y el Estado, pues se desencadenó a raíz de la expulsión, en enero de 1923, de monseñor Ernesto Phillipi, delegado apostólico del Vaticano. En la administración callista las relaciones se volvieron más tirantes, pues el presidente ordenó hacer efectivas las disposiciones que contenía la Constitución referentes a la religión. Como respuesta, en marzo de 1925 se fundó la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, encabezada por Miguel Palomar y Vizcarra, con la intención de “detener al enemigo” y reconquistar la libertad religiosa. Ante la expedición del decreto del 2 de julio de 1926, que reformaba el código penal e imponía mayores sanciones a quienes violaran los artículos constitucionales referentes a la religión, la Liga promovió un boicot económico con la intención de presionar al gobierno para que derogara la mencionada ley, pero sus acciones no obtuvieron resultados y el decreto se mantuvo vigente.

La tensión existente entre la Iglesia y el Estado provocó esporádicos levantamientos. La Liga se percató de que el enfrentamiento armado era inevitable, por lo que en septiembre de 1926 organizó un comité de guerra formado por Bartolomé Ontiveros y René Capistrán Garza, quien además fue representante de la Liga en Estados Unidos. En ese país Capistrán contrató al general Enrique Estrada para que dirigiera el movimiento, pero la sedición fue descubierta y el militar fue hecho prisionero por las autoridades estadounidenses. Capistrán trató de convencer a la jerarquía católica estadounidense para que otorgaran recursos al movimiento mexicano, pero sus gestiones no obtuvieron ningún resultado. La guerra cristera tuvo carácter regional y afectó la región del Bajío, el Occidente, parte de Durango y Zacatecas, y en el Sur a Guerrero y Oaxaca. Muchos religiosos tuvieron participación activa en la guerra, aunque la mayor parte de la alta jerarquía permaneció neutral. Las principales acciones cristeras fueron difundidas por medio de folletos, corridos y publicaciones, cuya característica fue presentar los hechos como gestas colmadas de religiosidad y sacrificio por parte de los “defensores de la fe”. Los periódicos no sólo buscaban mostrar las afrentas realizadas en contra de la religión, sino también presentaban demandas sociales.

Ese fue el caso de Peoresnada, publicación que Alicia Olivera ubica en la categoría de periódicos de lucha, los que se distinguen en circunstancias especiales porque funcionan como instrumentos de oposición a un régimen. Estos periódicos se conforman de hojas volantes de rápida elaboración, que buscan dirigirse a todo público y se distribuyen de manera clandestina. Olivera señala que Peoresnada fue una publicación semanal fundada por el sacerdote José Adolfo Arroyo, vicario de Valparaíso, Zacatecas; y tuvo como colaboradores a Vicente Miramontes, jefe de operaciones y delegado de la Guardia Nacional del Centro, y a Aurelio R. Acevedo, jefe de la brigada Valparaíso. Los editores explicaban que se había titulado Peoresnada al periódico debido a que reflejaba las circunstancias en las que se encontraban los católicos en ese momento, pues la persecución había ocasionado que no pudiera tenerse una prensa católica que defendiera su posición, por ello tuvieron que recurrir a la impresión de unas cuantas hojas para informar lo que acontecía en el campo de batalla y dar difusión a su ideario. La circulación del periódico era similar a la cadena de rezos, pues el que recibía un ejemplar tenía la obligación de sacarle copias y repartirlas. Este sistema funcionó hasta el número 89, pues a partir del 90 se le asignó un costo de 50 centavos. Olivera menciona que el periódico circuló en el norte de Jalisco y el sur de Zacatecas, región de acendrada religiosidad y de mayor integración del movimiento cristero con la población civil.

En esta zona se formaron cinco regimientos al mando de Pedro Quintanar, quien proporcionó a los combatientes de la región una buena organización militar, fundamental para lograr infringir varias derrotas a las tropas federales que operaban en ese sector. La organización de los cristeros de la región de Valparaíso era peculiar, pues no sólo se preocuparon por los aspectos militares, sino también por los morales. Estos hombres se propusieron defender la religión y observar una conducta pura e intachable. Así, Peoresnada se debe entender desde una doble faceta: como vehículo ideológico de enlace entre los combatientes y sus seguidores, y como un instrumento de información y combate de las malas costumbres. Por ello no debe extrañar que en las páginas del periódico se publicaran manifiestos de líderes cristeros, documentos eclesiásticos, tratados contra el pecado, disertaciones sobre la legitimidad de la guerra santa, crónicas de guerra, poesías y cantos religiosos, partes de guerra y lineamientos de conducta moral. Las notas publicadas daban cuenta del radicalismo de sus redactores, quienes mencionaron en varias ocasiones que no se debía obedecer a los hombres sino sólo a Dios. Si los cristeros querían lograr la victoria, debían reprimir sus pasiones que los convertían en “brutos animales”. Los católicos no se habían dado cuenta de que la actual situación era producto de sus disipaciones, pues la persecución entablada en su contra era resultado de la cólera divina.

Las diversiones, los pasatiempos y las disipaciones constituían una falta de sentido cristiano, por lo que exhortaba a los combatientes a dedicarse a la oración, la penitencia y la humildad. Los redactores decían que los católicos debían estar convencidos de que luchaban por una buena causa y que su muerte sería recompensada en el cielo. Varias notas hacían referencia a los “malos católicos” que no prestaban ayuda económica y material al movimiento, pues, según los redactores, todos debían contribuir para lograr la victoria de la causa. A los “malos católicos” se les ubicaba en la categoría de enemigos de la religión, estrategia discursiva que buscaba convencerlos del “error” en que se encontraban. En uno de los números se publicó una exhortación a Calles, donde se le pedía que abandonara el gobierno porque nadie lo consideraba presidente de la República sino sólo un general revolucionario. Los editores decían que los católicos pedían que se restableciera la paz y se les respetara el derecho a conservar sus vidas, defender sus familias, sus bienes y sus creencias. Se mencionaba que seguirían en la lucha hasta lograr la caída de la “tiranía”, lo cual harían por medio de las armas. Los editores estaban convencidos de que la persecución había sido inspirada por Lucifer, pero tenían la esperanza de que ésta acabara con rapidez.

En el periódico se mostraba que el agrarismo era otro de los grandes enemigos de la Iglesia católica. Los redactores indicaban que éste transgredía varios mandamientos, pues en su seno habían surgido varias leyes que destruían los derechos de la sociedad y de la Iglesia. Los agraristas se apoderaban de los terrenos y bienes de manera violenta, sin otorgar algún tipo de indemnización. Como los sacerdotes mostraban las violaciones en que incurrían, los agraristas emprendieron una persecución en su contra y los llamaron “amigos de los ricos”, “enemigos de los pobres” y “opositores al progreso”. La celebración del 16 de septiembre sirvió como un pretexto para criticar las costumbres “relajadas” de la población, pero sobre todo para afirmar que Iturbide era el verdadero padre de la patria, honor que no debía atribuirse a Hidalgo, quien había iniciado el movimiento de forma inadecuada. Para los redactores resultaba injusto que Iturbide fuera calificado como un traidor, pues no se podía llamar de esa forma a quien había logrado que realistas e insurgentes proclamaran la independencia de manera pacífica. Si había sido coronado emperador no fue por su voluntad, sino por demostrar su amor a la patria. Los mexicanos habían cometido un parricidio al ejecutar a su padre, crimen que, según lo redactores, clamaba venganza del cielo y era la causa de los males que se expiaban. Lo peor de todo era que su nombre había sido borrado del Congreso y en su lugar se había colocado el del líder “bolchevique” Carrillo Puerto, acción que debía avergonzar a la nación.

Los redactores incluyeron varias notas que daban cuenta de que las malas acciones eran castigadas y las buenas eran recompensadas. En el primer caso se mencionaba la muerte de un agrarista cuyo padre era el presidente del sindicato interprofesional “León XIII” de Valparaíso. Se decía que el joven había sido corrompido por el agrarismo, corriente a la que se había afiliado sin el consentimiento de su padre. El agrarismo lo había hecho incorregible y murió en el mismo lugar donde había tirado una cruz a balazos. Otro ejemplo de malas acciones castigadas era la muerte de Obregón —noticia a la que, por cierto, no se le dedicó mayor atención—, pues se decía que su “trágico” asesinato era consecuencia de haber iniciado la persecución de la Iglesia. La ira de Dios se había volcado sobre el cadáver del general, pues en su tránsito hacia Sonora había entrado en descomposición y fue necesario reventar la caja de bronce en que se llevaba y colocar el cuerpo en una nueva caja, casi sepultado en cal viva. Los redactores afirmaban que este acto demostraba que la justicia divina se burlaba de uno de sus más “terribles enemigos”. Respecto a las buenas acciones premiadas se podía observar el caso de unos cristeros que habían sobrevivido en su mayoría, pese a que habían sido sorprendidos por los soldados federales. Los redactores atribuían la milagrosa salvación a tres hechos: las oraciones especiales que se habían hecho por ellos, que los “defensores” hubieran rezado el rosario antes de dormir, y haber mostrado humildad ante las órdenes de su jefe.

Otro ejemplo lo constituía la muerte del padre Pro, antecedida por sucesos extraordinarios, pues, según lo redactores, la gente había observado que en el cielo aparecían cuatro palmas luminosas, una por cada uno de los que murieron fusilados en la Penitenciaría junto a Pro. La sangre del sacerdote, la cual fue recogida en pañuelos, había ayudado a curar las enfermedades de varias personas. Esta nota mostraba a los lectores que en verdad los defensores de la religión morían como mártires, y por lo mismo tenían un lugar ganado en el cielo. La información que contienen las notas periodísticas es compleja y variada, por lo que debemos celebrar que Alicia Olivera y Víctor Manuel Ruiz hayan puesto manos a la obra e hicieran lo necesario para publicar una fuente hasta entonces inaccesible a los estudiosos del movimiento cristero y al público en general. No existe duda de que habrá muchos investigadores y estudiantes deseosos de conocer el contenido de Peoresnada y proponer investigaciones que permitan comprender uno de los aspectos desconocidos de la lucha entablada entre la Iglesia y el Estado en la década de 1920. El movimiento cristero todavía cuenta con muchos vacíos que deben llenarse, y publicaciones como esta ayudan a delinear nuevos caminos para comprender el pasado de nuestro país.

Sobre la autora
Beatriz Lucía Cano Sánchez
Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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