Al repasar someramente la bibliohemerografía de Mechthild Rutsch, lo primero que salta a la vista es el predominio de los trabajos de revisión historiográfica en el campo de la teoría y práctica antropológica, tanto mexicana como de otros países, lo cual demuestra la larga experiencia de la autora en esta materia, a la que ha dedicado al menos un par de décadas de su vida profesional.
En esta ocasión Mechthild nos entrega la versión corregida de lo que fue una profunda investigación que le sirvió como tesis de doctorado. Se trata de un trabajo notable, ampliamente documentado y muy rico intelectualmente, dada la profusión de las hipótesis e ideas que lo impulsan, producto todo ello de una buena planeación de la investigación y de haber planteado a tiempo las preguntas correctas.
Al comenzar la lectura, el libro me resultaba particularmente entrañable, por tratarse del estudio de la profesionalización de la antropología en el Museo Nacional, antecedente del Museo Nacional de Antropología donde soy curadora de una sala etnográfica, y por lo tanto sentí que me atañía directamente. Lo leí como quien repasa su álbum familiar en el que aparecen abuelos y bisabuelos de los que en la infancia siempre oyó hablar bondades, pero de los que más tarde, en la edad adulta, se entera de que también eran humanos, con sus debilidades, pasiones y defectos más o menos grandes. Pero conforme avanzaba en las páginas ese deleite iba siendo sustituido por una inquietud: esas personas del álbum fotográfico ¿eran de veras antecesores? ¿O como suele suceder en las historias de familia, al hojear alguien su álbum cae en cuenta que no se parece a nadie de las fotos, y preguntando aquí y allá se entera que no lleva la misma sangre? Las historias relatadas por Mechthild por momentos son absolutamente familiares, pero en otros casos se abre una distancia significativa entre el pasado y el presente del Museo. Llegué al final de la lectura con la certeza de que la línea de continuidad entre el antiguo Museo Nacional y el actual Museo Nacional de Antropología es frágil, y se ha sostenido más con argumentos ideológicos que a fuerza de practicar una antropología propia de los museos antropológicos. A mi modo de ver, el elemento común que ha dado soporte a la continuidad es la existencia de colecciones y exposiciones, y si bien se anteponen como razón de ser del trabajo en el Museo, raramente la investigación se ha construido teniendo a las colecciones como protagonistas. Esta ambivalencia en la concepción de los acervos y la pérdida de una visión global sobre la función de la investigación dentro de los museos son las dos reflexiones que he desprendido del libro de Mechthild y que voy a exponer aquí como hace la misma autora, quien ofrece su ejercicio historiográfico como una herramienta para dialogar críticamente desde el presente.
En particular, de los cuatro capítulos que componen el libro, los dos primeros me resultaron sugerentes para repensar la práctica actual de la antropología en el Museo. El grueso de mi comentario se centra en esos capítulos, y mis referencias están cargadas hacia el caso de la etnografía por ser la situación que mejor conozco y que pocas veces se le menciona al hablar del Museo, incluso en el libro que nos ocupa.
En el primer capítulo, “El Museo Nacional”, la autora revela la vida cotidiana en ese recinto. Recurriendo a fuentes anteriormente poco socorridas, como los presupuestos y otros documentos administrativos, nos presenta la realidad y la ideología que estaba atrás del quehacer del Museo. Guiada por sus propias premisas y preguntas, la autora nos informa que la profesionalización en antropología propiamente dicha ocurre en la última década del Porfiriato, como un resultado previsible del desarrollo de la ciencia que entonces se venía gestando. Dicho periodo de profesionalización es antecedido por dos generaciones de precursores formados en las ciencias biológicas, pero con un interés en la historia nacional como producto de su nacionalismo y cultura general.
En el segundo capítulo el interés de Mechthild se enfoca en la enseñanza de la antropología en las primeras cuatro décadas del siglo XX. Ahí nos enteramos que en sus inicios la enseñanza de la antropología consistía en la impartición de siete cursos, de los cuales los alumnos seleccionaban uno o dos y se reinscribían en los mismos consecutivamente, sin que estuviera estipulado el número de cursos que debían tomar ni la forma de concluirlos. Los alumnos más persistentes, y quienes contaban con recomendaciones del personal de la institución, solían entrar como ayudantes en alguna de las asignaturas o en las secciones en que se dividía el Museo, como la de publicaciones e imprenta, y eventualmente podían ascender a profesores.
Los estudiantes se formaban bajo la guía de uno o dos maestros durante cuatro años aproximadamente. Llama la atención que el curso más solicitado fuera el de historia, en segundo lugar estaban los de etnología y arqueología, y en tercero el de prehistoria. Contrario a lo que pudiera suponerse, la arqueología por sí no era el interés predominante, pues los profesores la consideraban como auxiliar para el conocimiento de la antigüedad o, más aún, para el conocimiento etnológico de las sociedades antiguas y contemporáneas. El periodo es también interesante porque entonces se inicia una política estatal de financiamiento sistemático de investigaciones, con trabajo de campo en distintas disciplinas antropológicas y no sólo en arqueología, como había ocurrido en el siglo anterior en la Inspección de Arqueología.
Fue en estos años que Galindo y Villa propugnó por un reconocimiento del Museo como centro rector de la investigación, al que deberían supeditarse dependencias como la Inspección de Arqueología, que casi siempre gozó de autonomía e incluso llegó a tener presupuestos más altos, más personal y mejor pagado. Galindo y Villa se empeñó en que los profesores pudieran dedicar tiempo completo a las tareas del Museo, entendidas como el estudio de la antigüedad con el auxilio de la arqueología, entre otras fuentes, para su divulgación mediante exposiciones que respondieran a problemas etnológicos. Cien años después, Galindo y Villa podría ver que las disciplinas antropológicas y los investigadores que las ejercen en los museos han alcanzado reconocimiento, han sido beneficiados con la descarga de trabajos como la docencia y, comparativamente, sus salarios les permiten dedicar tiempo completo a la investigación; pero también podría ver que a la fecha sigue haciendo falta la consolidación de un trabajo propio de los museos antropológicos. Desde la perspectiva de Galindo y Villa la especificidad de dicho trabajo estaría dada por el tipo de asuntos etnológicos o etnográficos a investigar, en los que el manejo de colecciones y de exposiciones museográficas sería determinante.
La antropología se originó en el Museo junto con la formación de colecciones, pero durante su proceso de profesionalización se fue independizando de éstas. Por su parte, las colecciones siguieron creciendo, aunque sin justificación antropológica. Mientras la antropología se siguió desarrollando sin el apoyo de las colecciones, la teoría antropológica se fue enriqueciendo por su cuenta, apoyada en la información recolectada junto con las colecciones que fueron así tomadas como pretexto. Luego, cuando la antropología comenzó a desenvolverse en instituciones diferentes al Museo, definitivamente se abandonaron los acervos, demostrando con ello que no eran requisito indispensable para hacer investigación científica. Veamos brevemente cómo se abordaron estos asuntos de las colecciones y la investigación etnológica a partir del trabajo de Mechthild y otras fuentes, y cómo se abordan actualmente.
Las colecciones
Lo mismo que en el siglo anterior, a principios del XX las colecciones seguían siendo una preocupación para los profesores del Museo, particularmente el problema de la clasificación y sus criterios. Las discusiones reseñadas por Mechthild muestran que la intención última de todos los investigadores del Museo era promover el nacionalismo, la identidad y la cohesión entre la población del país cimentada en un devenir histórico común. Sobre esa premisa se clasificaron y expusieron los acervos arqueológicos y etnográficos. A fin de avanzar en esa clasificación, en 1907 se contrató a Eduard Seler como profesor honorario del Museo, quien a pesar de su carga de trabajo en Berlín aceptó la encomienda, viéndola como una oportunidad para tener acceso a las colecciones arqueológicas y valorar mejor el contenido del lote de piezas que estaba por adquirir para su traslado al Museo de Berlín. Más tarde Genaro García lamentó su decisión de encargar la clasificación científica a Seler, pues aun cuando elaboró 10 122 cédulas, el resultado no fue de su agrado y reconoció que Leopoldo Batres contaba con la experiencia suficiente para efectuar esa tarea. Aunque no hay testimonio de la participación de más personas con la excepción de Isabel Ramírez Castañeda, es indudable que debieron haber colaborado otros ayudantes, de lo contrario Seler hubiera tenido que hacer una ficha cada siete minutos durante diez horas diarias de lunes a sábado, en los aproximadamente seis meses que permaneció contratado por el Museo. Batres realizó cuando menos seis mil cédulas de piezas arqueológicas comenzando desde el principio, pero ninguno de los dos hizo el mismo esfuerzo para las colecciones de historia, antropología física o etnología. Así que vale preguntarse por qué no se encomendó la labor de clasificación a los mismos profesores del Museo.
Al revisar los resultados publicados en estos años de profesionalización vemos que la investigación se realizó independientemente de la conservación de colecciones y exposiciones. En otras palabras, el coleccionismo se movía con vida propia, sin despertar la curiosidad de los profesores, quienes investigaban en respuesta a su propia inclinación científica, la cual no se reflejaba en las colecciones ni en las exposiciones, una situación común para los años precedentes y posteriores a dicho periodo. Actualmente, junto a las colecciones etnográficas se conservan en el Museo 18 libretas correspondientes a los años 1888-1932, donde se anotaba un registro con los datos mínimos de las piezas adquiridas.1 Así sabemos que en 1897 se integró a la sección de cerámica un macetón de barro comprado en 50 centavos, firmando el recibo Galindo y Villa, y que en 1904 Nicolás León se compró a sí mismo —en ocho pesos— un cuadrito con un mosaico de plumas, manufacturado por el señor Mónico Guzmán de Pátzcuaro; pero nadie en ese entonces tuvo la precaución de fijar esos datos en la propia pieza, de manera que al correr los años y ya no estar las personas que guardaban memoria de las adquisiciones, los cuadernos de registro se disociaron de los objetos, dejándolos desprovistos de esa mínima información.
Cuando en 1961, como parte de los preparativos del cambio de local del Museo, se comenzaron a catalogar las colecciones etnográficas, no pudo recuperarse la información de las libretas más que en contados casos. El ejemplo más notable fue el de un sayal del que se pudo saber que había sido donado por Leopoldo Batres en 1920. Efectivamente, en el cuaderno de registros de ese año aparece el recibo de la donación hecha a Miguel Othón de Mendizábal de un sayal del pueblo caribe. Acorde con lo establecido, Mendizábal anotó el nombre del objeto, la etnia, la procedencia, el donador y el receptor. Sin embargo, Batres tomó al parecer la misma pluma y de su puño y letra agregó la forma en que había conseguido el sayal. Primero relató en tercera persona cómo el señor Batres llegó a la selva con el objetivo de establecer contacto con el pueblo “lacandón”. Ya encarrilado, dio vuelta a la hoja de registro de la libreta y cuando se le acabó pidió una hoja adicional para continuar su relato, ahora sí en primera persona. Citaré un extracto:
La túnica hecha de costra de árbol llamado mazahua [majagua] se adquirió en una expedición hecha por el mismo señor Batres en los bosques vírgenes y solitarios de Chiapas […] en ese sitio encontraron la tribu nómada de “Lacandones” a quien buscaban […] los salvajes se agazaparon entre la tupida vegetación preparando arcos y flechas en señal amenazante […] procuré por medios pacíficos hacerles entender que no iban a dañarles, para esto envié a mi hijo Salvador, que apenas contaba 15 años a que se acercara hacia ellos[;] dada la tierna edad del emisario crearon confianza […] el jefe de ellos se enfrentó a mi sin hablar […] vistiendo la túnica que hoy he donado al Museo […]le entregué algunas docenas de sartales de cuentas de vidrio de color que llevaba para ese fin y algunos espejitos en forma circular, recibiendo los presentes con una sonrisa muy agradable y fijando su mirada en uno de los espejos pensativamente se miró en el y pocos momentos después corrían por sus mejillas dos gruesas lágrimas entonces nos invitaron a que pasáramos a sus champas hechas de grandes hojas de plátano, en donde fuimos alojados sirviéndonos desde luego alimentos que consistían en bolas de maíz cocido y carne de pechuga de faisán asada”.
Después de una descripción del uso de sahumadores, de la indumentaria, el arreglo personal, la técnica de elaboración y forma de uso de arcos y flechas, Batres prosiguió:
Muy contentos estábamos de esa interesantísima compañía, pero una buena mañana al levantarnos nos encontramos enteramente solos, nuestros amigos habían desparecido. […]Agregaré que para que el salvaje me cedi[e]se su túnica después de muchas súplicas accedió mediante el canje de 20 pesos fuertes, por el camizón y una vez que los recibió los perforó en el centro, los enzartó en una cuerda y se los suspendió en el cuello”.2
Cuán diferentes serían las colecciones si de cada objeto tuviéramos un relato similar; pero no fue la preocupación de los antropólogos de entonces, de los que siguieron ni de los de ahora. Quienes se ocupaban de la investigación no eran responsables de las colecciones, igual que ahora, salvo contados casos. Por eso son atinadas las palabras de Mechthild, que si bien se refieren a la arqueología le quedan bien a la etnografía: “desde los inicios de la antropología mexicana, las funciones de conservación se independizaron de la investigación y la docencia académica, bajo cuya autoridad en todo caso deberían dar asistencia profesional.”
Si la antropología nació en el Museo de la mano de las colecciones, cabe preguntarse por qué no se desarrollaron juntas. Da la impresión que los investigadores de los museos formaron colecciones etnográficas porque se supone que eso debían hacer, porque eso se hacía en otros museos, pero ignoraban qué hacer con ellas. Quizá esto ocurrió dada la falta de documentos escritos para estudiar a las sociedades ágrafas y se buscó sustituirlos con objetos. Si fue así, entonces no se adquirían únicamente para su exhibición sino también para su estudio teórico, por ello, dicho sea de paso, no habría por qué extrañarse de que la mayoría de los museos tengan grandes acervos sin exhibir.
Todavía en 1922 el reglamento del Museo estableció como obligaciones de sus profesores la docencia, las conferencias, la escritura de un estudio al año, la clasificación y catalogación de los objetos del Museo y la conducción de los alumnos a una excursión anual de la que debían presentar un informe. En la era de los museos y de la antropología del gobierno, como describe Mechthild al periodo, se dio la profesionalización de la antropología, pero no la del antropólogo de museo. Todavía hoy hace falta subsanar esa carencia y crear una tradición de antropólogos-conservadores.
Hoy como entonces, buena parte de los antropólogos de museos sufre su relación con las colecciones, de las que se ocupa más por obligación que por convencimiento, pues no está persuadido de que los acervos pueden ayudarle a resolver problemas de índole etnológica si los utiliza como fuentes de conocimiento asociados a la etnografía de campo.
La etnología y la historia en el Museo Nacional
En el libro se mencionan dos corrientes en los cursos y quehaceres del Museo en la primera década del siglo XX: la ciencia de la antigüedad encabezada por Jesús Galindo y Villa, y la etnoantropología integral liderada por Nicolás León. Durante sus trabajos de campo el segundo solía realizar indagaciones en pueblos originarios dando importancia a la lingüística, la antropología física, la etnología y al final a la arqueología. Los artículos aparecidos en el Boletín del Museo durante esos años, con los resultados del trabajo de profesores y alumnos, muestran la influencia del enfoque etnoantropológico aplicado en la enseñanza e investigación —y que a la postre predominó—. Hasta el mismo Galindo y Villa reconoció que el sentido último de la paleontología, la antropología, la etnografía, la historia, y por consiguiente de la arqueología, era el estudio objetivo de las “razas humanas”, que él consideraba era materia de la etnología.
El discurso etnoantropológico de Nicolás León tenía como motivación la búsqueda del origen de los pueblos, problema que estuvo en boga durante el siglo XIX. Congruente con esa idea, en el proyecto que presentó en 1904 para el estudio de los popolocas de Puebla y Oaxaca propuso:
1. Determinar el área geográfica que ocupan los popolocas actuales.
2. Investigar la que en tiempos precolombinos hayan llenado.
3. Recoger datos relativos a su idioma.
4. Examinar su cultura actual.
5. Coleccionar productos de su industria.
6. Investigar su vida social actual.
7. Estudiar de un modo especial sus prácticas religiosas.
8. Acopiar el mayor número posible de datos folklóricos.
9. Buscar monumentos arqueológicos producto de su civilización prehispánica.
10. Estudiar su conformación física.
11. Tomar moldes, si fuera posible, sobre el vivo para arreglar maniquíes exactos de esa raza.
12. Coleccionar piezas de la indumentaria para vestir los maniquíes.
Mechthild destaca el carácter integral del proyecto y lo coloca en la vanguardia de la investigación en los principios del siglo XX, anterior incluso al trabajo sobre Teotihuacan de Manuel Gamio. Habrá quien desde el presente descalifique el proyecto por falta de una teoría explícita, pero dudo que en los años posteriores alguien dentro del Museo se haya propuesto emular la empresa de Nicolás León. La especialización en la antropología ha redundado en la minuciosidad del conocimiento a cambio de perder la perspectiva integral.
La escuela etnoantropológica fue continuada por Andrés Molina Enríquez, quien sostuvo que “el etnólogo tiene la visión conjunta de la economía, historia y geografía, y por lo tanto su visión es mucho más amplia que la de otros científicos sociales.” Y fue más allá al proponer la aplicación de la etnología por parte del Estado para la solución de los grandes problemas nacionales. Mechthild arriba a estas conclusiones después de leer los trabajos de Nicolás León y Molina Enríquez, lo que le permite poner en duda los resultados de revisiones historiográficas anteriores —como la de Juan Comas, por ejemplo—, que colocan a Gamio como el iniciador de la “antropología y del indigenismo científicos”. También concluye que el “Museo fue […] una institución sostenida por una creciente comunidad científica que, movida por pasiones académicas y políticas, se dio a la tarea de profesionalizar la antropología mexicana”. Una de las evidencias de ello es que “fue centro promotor de estudios etnográficos, arqueológicos, históricos, físicos y lingüísticos […]”
Con anterioridad, en el Museo había echado raíces “la escuela de León y Gama”, que consideraba a la arqueología una herramienta complementaria de la historia. Seguidores suyos, como José Fernando Ramírez, pensaban que el valor y cometido de la arqueología era confirmar la historia escrita. Lo mismo sucede en la etapa siguiente, cuando los científicos porfiristas del Museo “promueven activamente a su institución” y la sitúan como un pilar importante en la educación. Su función entonces era ordenar las colecciones de historia natural y las de historia patria para “construir la nueva narrativa de la nación mexicana”, pues según Galindo y Villa el Museo ponía los conocimientos al alcance no solamente del sabio, también del pueblo, en forma sintética y atractiva. Galindo y Villa estaba dispuesto incluso a ofrecer al público mensajes triviales, con tal de que de ellos se extrajera alguna lección educativa y se fortalecieran los sentimientos patrios. Curiosamente, un siglo después, y con un discurso similar, las autoridades de instituciones oficiales encargadas de la investigación y la difusión de la antropología hablan de “gestión” de la cultura y promueven la exhibición de los así llamados “tesoros”, despojándolos de su valor como documentos. El móvil de esta posición, por supuesto, no es fomentar los sentimientos patrios, sino la búsqueda de la ganancia mercantil mediante la colocación de objetos culturales en el mercado del arte.
En algún momento la investigación en el Museo perdió el rumbo que sentaron los iniciadores de la profesionalización —Nicolás León, Galindo y Villa y Molina Enríquez—, pues se abandonó la integración de la etnología, el conocimiento generado nunca se usó para ayudar a la resolución de los problemas nacionales, y se perdió de vista la misión educativa. A cambio de ello se desarrolló un tipo de investigación que en nada difiere de la que se lleva a cabo en otras instituciones de antropología.
Si menciono estas objeciones a la antropología pasada y presente no es para dar argumentos a la posición de quienes quieren separar la investigación de los museos y poner las colecciones en manos de “gestores del patrimonio cultural”, cualquier cosa que eso quiera decir, sino para hacerme portavoz de una inquietud compartida por algunos antropólogos e historiadores adscritos a los museos y que a partir de una autocrítica desean recuperar el valor científico de las colecciones, volviendo la vista a la experiencia transitada por los antecesores en el Museo, y para ello el libro de Mechthild se vuelve una referencia indispensable.
***
Esta es mi lectura del libro de Mechthild Rutsch. Cada lector hará la suya, pero nadie entre los antropólogos saldrá indemne, porque cada quien encontrará o creerá encontrar a sus ancestros dentro de alguna de las comunidades científicas progenitoras, y cada quien adoptará una parte de responsabilidad con ellas y con su legado.
Después de la lectura no faltará quien se anime a hacer la historia de la profesionalización de la antropología en otras zonas del país. Al igual que en la ciudad de México, en algunas capitales del interior también trabajaron individuos o grupos que fueron conformando tradiciones locales en historia y antropología. En Oaxaca, Veracruz, Michoacán, Jalisco, y particularmente en Yucatán, surgieron hombres como Isidro Gondra, Antonio de León, José Ignacio Iberri, Juan José Martínez de Lejarza, Miguel Tellechea, Manuel Nájera, Juan Pío Pérez, Vicente Calero, Andrés Quintana Roo y Justo Sierra O’Really, que en la primera mitad del siglo XIX sentaron las bases para el ulterior desarrollo de la antropología regional. 3 Sería interesante saber el proceso por el cual aquellos individuos o aquellas comunidades científicas devinieron en la boyante y excelente producción científica que encontramos hoy en día en las ciudades de provincia.
Sobre la autora
Catalina Rodríguez Lazcano
Subdirección de Etnografía, Museo Nacional de Antropología, INAH.
Agradezco a Carlos García Mora sus comentarios y minuciosa lectura.
Citas
- Archivo Histórico de la Subdirección de Etnografía, Museo Nacional de Antropología. [↩]
- Ibidem, f. 30, Libreta de donaciones y canje de Etnografía Aborigen de 9 de octubre de 1911 a marzo de 1961, 108 ff. útiles, sin foliar. Se ha conservado la ortografía y puntuación original. [↩]
- Catalina Rodríguez Lazcano, “La interpretación nacional”, en Carlos García Mora (coord.), La antropología en México. Panorama histórico, 1. Los hechos y los dichos (1521-1880), INAH (Biblioteca del INAH), 1988. [↩]