Si buscamos algunos rastros de la diversidad étnica y cultural de la población mexicana a través de los guarismos recabados por los censos nacionales desde 1895 hasta la actualidad, resulta evidente la escasa aportación de los inmigrantes internacionales al bono demográfico nacional durante el siglo XX. Tal fue el caso que en 1930, cuando la crisis económica mundial canceló temporalmente los grandes trasvases de población de origen europeo y asiático que habían llevado a varios millones de inmigrantes hacia Estados Unidos, Argentina, Canadá o Brasil desde el siglo XIX, los extranjeros en México apenas llegaban a poco más de 140 mil individuos, cuya importancia los ubicaba por debajo de uno por ciento de la población total del país.1 Aunque México difícilmente podría definirse como una nación de inmigrantes al inicio del siglo XXI —por el contrario, ha sido más relevante su papel histórico como expulsor de emigrantes temporales hacia Estados Unidos o territorio de tránsito de otros flujos de origen centroamericano o caribeño—,2 no por ello los hombres y mujeres que optaron por México como patria adoptiva, procedentes de Europa, Asia, África, Oceanía y aun del propio continente americano, pierden relevancia para el estudio y comprensión del variado collage étnico y cultural de la población nacional.
Los extranjeros que, más allá de una amplia gama de encuentros y desencuentros con los nacionales signados por la historia, producto de la compleja relación con “el otro”, de la diversidad y sus desafíos, han conformado comunidades que a veces se han estimado ajenas o aisladas de la población nacional, por su inserción en ciertos nichos económicos o laborales, su solidaridad étnica o grupal, su confluencia en instituciones comunitarias encargadas de recrear y reproducir prácticas culturales y lingüísticas de diverso origen o por su estancia temporal en el país —muchas veces alimentada por la esperanza de emprender el regreso al terruño como otros tantos inmigrantes en el mundo—, también se han adaptado o asimilado a la nación de acogida. Sus historias de logros y desengaños, que son también las historias de muchos mexicanos herederos de la tradición cultural de sus padres o abuelos que emprendieron la carrera migratoria en épocas precedentes, paulatinamente han cobrado interés no sólo entre sus actores, a veces insertos en la academia, sino también entre una amplia gama de especialistas de las ciencias sociales, que desde distintas ópticas han pretendido evaluar la participación de las comunidades de origen externo en distintos procesos del pasado mexicano.3
Aunque algunos centros de investigación y docencia de la ciudad de México —como el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores de Antropología Social, El Colegio de México, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Mora y aun la Universidad Iberoamericana—, desde la década de 1970 han dado a conocer una amplia gama de trabajos individuales y colectivos que abordan el devenir de algunas comunidades extranjeras en el país, tratando de explicar sus formas de integración económica o social y su aportación a la cultura nacional, con especial énfasis en la ciudad de México y algunas urbes de relativa importancia como Puebla, Guadalajara o Veracruz, la mirada se ha ampliado y profundizado en los últimos decenios gracias a las importantes aportaciones que ha hecho la historia regional. Aunque muchos de los trabajos que abordan el estudio de los inmigrantes externos han destacado —muchas veces desde la óptica de la historia económica—4 el papel de algunos de ellos como empresarios de especial impacto en el desarrollo de algunos circuitos regionales, así como los flujos de trabajadores, técnicos o profesionistas que llegaron al país requeridos por el desarrollo y la explotación de centros agrícolas, industriales o extractivos, la construcción de vías férreas o de obras de infraestructura, otros aportes han optado por un enfoque social, antropológico e interdisciplinario, buscando conocer las vinculaciones de algunos empresarios en el marco de procesos migratorios mayores o viceversa.
En ese sentido, dos de los trabajos que hoy integran el segundo volumen de la revista Dimensión Antropológica, dedicado a los extranjeros en México, son claros ejemplos de este tipo de enfoque. El primero, de la pluma de Leticia Gamboa y dedicado a los empresarios asturianos establecidos en Puebla, no ignora las vinculaciones de un singular grupo de hombres de negocios, con fuerte peso en la industria textil local, con el proceso general de la inmigración española en México, que tantas veces se ha señalado como “privilegiada”; en tanto el segundo, realizado por Catalina Velázquez, analiza la llegada de trabajadores chinos al Distrito Norte de Baja California, y logra identificar el ascenso económico de algunos de ellos y su importancia en el desarrollo económico regional, muchas veces disminuido por distintos prejuicios raciales.
En ambos casos se abordan comunidades de inmigrantes que tuvieron un importante peso regional entre las últimas décadas del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Los nacidos en España —asturianos y no asturianos— que se concentraron preferentemente en el centro este de México (56 por ciento del total),5 en conjunto fueron poco más de 46 por ciento de los extranjeros residentes entre 1895 y 1930. Los chinos del noroeste, en donde se alojaba más de la mitad de los llegados en el primer tercio del siglo XX, tuvieron tal peso que llegaron a constituir 53 por ciento de los nacidos en el extranjero de esa región en 1930,6 momento que, por otro lado, fue especialmente significativo por la virulencia que tomó el movimiento antichino en dicha demarcación. Y aunque los españoles no dejaron de sufrir la animadversión de algunos sectores de la población nacional, que en opinión de ambas autoras aumenta durante el periodo revolucionario, ambos ensayos muestran varias caras de la misma moneda. Los empresarios asturianos participaron en la conformación de instituciones de recreación y ayuda mutua que en gran medida beneficiaron el arribo de sus paisanos, pero también alimentaron el hispanismo del grupo, sus vínculos con la “madre patria” y, junto con sus esposas e hijos nacidos en el territorio nacional, lograron conformar claramente una comunidad que se asumía y se sabía distinta de la sociedad poblana de origen nacional o de otra ascendencia. En contraste, aunque los asturianos analizados se sumaron en forma natural a los sectores altos y medios de la sociedad poblana, los chinos —que también formaron asociaciones, sociedades y cooperativas, fundaron dos teatros, un hospital y otros centros que les permitían recrear y reforzar su identidad cultural— fueron una comunidad más modesta, sobre todo la que se ocupó del cultivo de los campos algodoneros del valle de Mexicali, aunque al paso del tiempo muchos de ellos tomaron un rol destacado en el comercio regional.
Y aunque los ensayos de Gabriela Pulido y Carlos Martínez Assad no dejan de señalar el papel sobresaliente de algunos inmigrantes o descendientes de inmigrantes en el mundo de los negocios en México —como los empresarios cubanos que desarrollaron toda una industria cultural en el país al difundir “lo cubano” a través de su música y la sensualidad de sus espectáculos plasmados en el cine nacional, o el más que conocido multimillonario de origen libanés Carlos Slim Helú, considerado actualmente el segundo hombre más rico del mundo—, el enfoque de sus trabajos no hace menos que mostrar otras caras de la relación con el “otro”. Mientras los hispanos y los chinos fueron, en gran medida, los grupos más estigmatizados por la población nacional, con sus periodos de virulencia y calma, tal parece que los cubanos y los libaneses fueron los inmigrantes mejor recibidos en el país y, en cierta forma, quienes se adaptaron con mayor facilidad al medio mexicano. Y aunque en los estereotipos culturales del cine nacional —reforzados por los propios músicos, artistas y empresarios cubanos—, donde cuatro rumberas inolvidables como María Antonieta Pons, Amalia Aguilar, Ninón Sevilla y Rosa Carmina interpretaban rumbas, congas y mambos con movimientos de especial erotismo y sensualidad que tal vez podían provocar el recelo de “los miembros de las ligas de la decencia” de los años cuarenta, para Carlos Martínez Assad cintas como, El baisano Jalil (1942) y El barchante Neguib (1945), protagonizadas por Joaquín Pardavé, difundieron una imagen de los inmigrantes libaneses como individuos “emprendedores, trabajadores, honestos y confiables”. Si bien el lector de ambos artículos seguramente recordará a otros inmigrantes ampliamente difundidos por el propio Pardavé en 1944 y 1945, como el empeñoso almacenero “Venancio Fernández”, fiel espectador del equipo Asturias, o recordará el café de Chang Chon, interpretado por Carlos Orellana en 1949, el cine, con el apoyo de otras fuentes, sin duda florece como una fuente de especial valor para conocer las diversas imágenes que se han tenido en México sobre los “otros”, y que en buena medida también se deberían asumir como “propios” en una sociedad que poco a poco asume su multiculturalismo.
Dejando de lado los números e incursionando en una biografía colectiva de cuatro cubanas destacadas, que se acompañan de un amplio número de paisanos llegados a México al mediar el siglo XX, como músicos, artistas o representantes, Gabriela Pulido documenta un flujo migratorio que tal vez podría perderse como gota de agua en el océano de los grandes trasvases de población estudiados por la demografía o la historia social, pero sin duda toma relevancia para los estudios culturales, con lo que se revela una forma distinta pero necesaria para descifrar los aportes de muchos más inmigrantes a la cultura popular del país receptor. Paradójicamente, esas mujeres cubanas llegadas a trabajar en el glamour del medio artístico —gracias al apoyo de amigos y “buscando horizontes”, como mencionó el propio Dámaso Pérez Prado—, al paso del tiempo contraen nupcias en el país, e incluso algunas de ellas dejan su profesión para cuidar a su familia, patrón que ofrece alguna distancia con la forma en que se establecieron los esponsales entre los libaneses; sin embargo, a fin de cuentas el matrimonio y la formación de una familia en el país receptor provocó su arraigo en México. La pronta unión de las familias de los inmigrantes, o la formación de otras en el país mediante su enlace con mexicanas o con mujeres del mismo tronco de una segunda o tercera generación, como se expresa en el caso de los libaneses llegados del Monte Líbano, Beirut, Asrun, Zellevel o Zgharta, y en menor medida entre los asturianos, definió la residencia definitiva de quienes llegaron con la pretensión de subsanar una carencia o procurando encontrar un lugar de acogida después de una persecución. Sin embargo, la identificación de las mujeres y los hijos de los inmigrantes con la cuna de sus maridos o padres dificulta estimar el monto de cada comunidad de origen externo y su impacto en el devenir nacional, aun cuando entre sus miembros no falten esfuerzos por identificar a aquellos que se sienten afines, como el Directorio libanés realizado por Julián Nasr y Salim Abud en 1948 o el Diccionario… de Patricia Jacobs en 2000 referido en el ensayo de Martínez Assad, así como un amplio número de portales de Internet que recogen y promocionan datos genealógicos dirigidos a vincular las familias de inmigrantes en el mundo. Fenómeno que, desde mi punto de vista, releva el cada vez mayor impacto del multiculturalismo en el proceso de la globalización.
Tal vez por ello Carlos Martínez Assad no duda en referir en su ensayo el aporte de un amplio número de mexicanos de origen libanés que han desempeñado un destacado papel en el mundo de la política, la ciencia, la educación y la cultura nacional; destacando sin duda su participación en la propia Universidad Nacional. Contribuciones individuales y colectivas de quienes se saben herederos de otras tradiciones, pero que también son parte de la cultura y el espacio mexicano, como ya refirió en buena medida un libro clásico compilado por Guillermo Bonfil Batalla, pero de las que aún falta mucho por saber.7 Es así como más allá del importante desarrollo de estudios que abordan aspectos colectivos de la inmigración internacional —donde generalmente se analizan las causas de expulsión o salida y los factores que posibilitaron la llegada, la inserción o la movilidad económica y social en la sociedad receptora—, resulta indispensable profundizar en otros aspectos de estas experiencias, menos dirigidas a demostrar la suma de rasgos etnoculturales destacados por la resistencia cultural de los inmigrantes y sus descendientes, que sus aportes a la cultura de la sociedad receptora—, así como sus singulares procesos de apropiación al nuevo espacio.8
La falta de arraigo en el país receptor, el aislamiento de los grupos al conformar instituciones, la ayuda mutua al contratar paisanos en sus comercios o compartir una misma vivienda, sus rasgos culturales o étnicos, y sobre todo la natural vinculación de los inmigrantes con su país de origen, en más de una ocasión han sido elementos cuestionados desde la perspectiva del nacionalismo mexicano. Ya en el volumen anterior de esta misma revista había mencionado el cúmulo de límites que la legislación migratoria nacional había impuesto a los inmigrantes que pretendían llegar a México. Pero aspectos como los que atiende Leticia Gamboa, cuando los asturianos enviaban remesas a sus pueblos en el primer tercio del siglo XX, o las aportaciones y la preocupación de “artistas, intelectuales, empresarios, profesionistas y políticos” de origen libanés por los conflictos políticos y bélicos que atraviesa Líbano, en fecha más reciente, no se aparta del comportamiento de los mexicanos que dejaron México para buscar mejores derroteros en Estados Unidos durante más de un siglo. Quién duda hoy en día del fuerte impacto en la economía nacional de las remesas que envían los trabajadores mexicanos a sus familias residentes en México desde Estados Unidos y, claro está, el evidente cambio cultural que se ha generado entre dos sociedades trasnacionales, donde más allá de la frontera, con sus barreras y obstáculos, la migración ha generado innumerables expresiones culturales y un número cada vez más amplio de mexicanos-estadounidenses o estadounidenses-mexicanos cuyo devenir no puede ignorarse, puesto que es uno de los aspectos más sobresalientes de la población al inicio del siglo XXI.
No quiero cerrar estas líneas sin recordar a Margarita Nolasco, a quien siempre admiré y con quien tuve el privilegio de colaborar en Dimensión Antropológica. Margarita, como es bien sabido, fue una de las más distinguidas etnólogas mexicanas, cuya obra en gran medida permitió conocer distintas facetas de la migración interna e internacional en México, sobre todo por su aportación al mejor entendimiento del entramado cultural y étnico de la frontera sur del país; espacio que recibió y sigue recibiendo a innumerables inmigrantes indígenas que buscan mejores oportunidades de vida y desarrollo en una región que les es ajena, pero también propia. Su partida es una pérdida, mas queda su memoria, plasmada por el afecto de aquellos que la recordaremos, y en todo el papel y toda la tinta que nos legó y que otras generaciones tendrán oportunidad de conocer y estudiar.
Sobre la autora
Delia Salazar Anaya (Coordinadora)
Dirección de Estudios Históricos, INAH.
Citas
- Véase Delia Salazar Anaya, La población extranjera en México (1895-1990). Un recuento con base en los censos generales de población, México, INAH (Fuentes), 1996. [↩]
- Ernesto Rodríguez Chávez, “La inmigración en México a inicios del siglo XXI”, en Ernesto Rodríguez Chávez (coord.), “Los extranjeros en México”, México, Instituto Nacional de Migración / DGE (Migración) (en prensa). [↩]
- Al finalizar la década 1980 el Seminario Inmigrantes en la Historia México, de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, realizó un primer recuento bibliográfico en más de 40 bibliotecas y asociaciones de la ciudad de México, publicado en Dolores Pla, Guadalupe Zárate, Mónica Palma, Jorge Gómez, Rosario Cardiel y Delia Salazar, Extranjeros en México 1821-1990. Bibliografía, México, INAH (Fuentes), 1994. Enseguida se pretendió actualizar el trabajo mediante la reseña de algunos libros más en Dolores Pla, Mónica Palma, Delia Salazar, Guadalupe Zárate y Magdalena Ordoñez, “Extranjeros en México III. Andamio”, en Historias, núm. 33, octubre de 1994-marzo de 1995. Y aunque también se han publicado algunos balances bibliográficos centrados en españoles, franceses o estadounidenses, en fecha reciente se terminó una nueva bibliografía general preparada por el Instituto Nacional de Migración, que recoge una amplia gama de títulos publicados en México a partir de 1990 y se publicará en Ernesto Rodríguez Chávez (coord.), op. cit. El programa México Nación Multicultural, de la UNAM, también está generando una bibliografía especializada que se alimenta periódicamente y puede consultarse a través de su página web: http://www.nacionmulticultural.unam.mx/index.html. [↩]
- Véase la página web de la Asociación Mexicana de Historia Económica, que ofrece recopilaciones bibliográficas anuales desde el año 2000 [http://www.economia.unam.mx/amhe/biblio.html]. [↩]
- Promedio de la población de origen español residente en el Distrito Federal, Hidalgo, México, Morelos, Puebla, Querétaro y Tlaxcala entre 1895 y 1930. Delia Salazar Anaya, op. cit. [↩]
- Promedio de la población nacida en China residente en Baja California, Baja California Sur, Sonora, Sinaloa y Nayarit en 1930. Ibidem. [↩]
- Guillermo Bonfil Batalla (comp.), Simbiosis de culturas. Los inmigrantes y su cultura en México, México, Conaculta/FCE (Sección de obras de historia), 1993. [↩]
- Sélim Abou, “Los aportes culturales de los inmigrados. Metodología y conceptualización”, en Birgitta Leander (coord.), Europa, Asia y África en América Latina y el Caribe, migraciones “libres” en los siglos XIX y XX y sus efectos culturales, México, Siglo XXI/UNESCO, 1989, p. 29. [↩]