Las lenguas de México y sus hablantes en los estudios científicos (1833-1874)

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El exhaustivo trabajo de la maestra Bárbara Cifuentes titulado: “Lenguas amerindias en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1833-1874)” publicado en esta revista, conduce al lector de la mano a lo largo de un periodo por demás fértil en el estudio de las lenguas indígenas. Su texto da cuenta de un vínculo productivo entre los intereses intelectuales del mundo académico y las necesidades pragmáticas de un país que estrenaba su independencia en el siglo XIX. Del puntual análisis que llevó a cabo esta autora sobre la labor de los ilustres miembros de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE), podemos deducir que fincaron su labor en tres premisas: a) dar a conocer cuál era la real conformación geográfica, humana y cultural de la nueva patria, b) sustentar su trabajo en las corrientes del conocimiento que guiaban el trabajo de las sociedades científicas de Europa, Estados Unidos y del propio país y c) ampliar, precisar y corregir, cada vez que lo consideraban necesario, el conocimiento que se tenía sobre México. Aquél de las lenguas fue punta de lanza para abordar el amplio espectro de este trabajo frente a los especialistas de otros países que anteriormente habían tratado de dar cuenta de las características de nuestra diversidad lingüística. Fue también fundamental en las tareas de reconstrucción de un pasado propio y un requisito necesario para forjar el presente de la nación.

El ensayo historiográfico de Cifuentes analiza un amplio acervo documental y pone a nuestro alcance el resultado de trabajos fundamentales que exploraron el origen, la trayectoria histórica y la diversidad de las lenguas de México. En esta labor participaron de manera destacada varias comisiones creadas en el seno de la SMGE. Sus miembros supieron obtener el mejor provecho de los aportes de la estadística, y supieron incorporar su conocimiento sobre la historia, la etnografía y la lingüística así como la discusión de las ideas filosóficas del momento. El presente ensayo reúne la labor de estas comisiones en dos momentos: el primero (1831 a 1861), se distingue por la recuperación de las hipótesis construidas a propósito del mundo americano y por la recopilación de información relativa a las lenguas habladas por sus habitantes. El segundo, corresponde a las investigaciones particulares sobre los orígenes, la trayectoria, los contactos y el destino geográfico de los pueblos de México y sus lenguas.

Las actividades académicas de estos dos periodos han sido sistemáticamente reconstruidas y analizadas por Cifuentes, quien recurrió a una extensa documentación original y a numerosos estudios llevados a cabo por especialistas de la historia de la lingüística y de las ideas filosóficas. Mi intención en este artículo es partir de ellos para abrir una reflexión sobre el estatus que se acordó a las lenguas indígenas frente al español en el contexto académico del siglo XIX.

Con esta finalidad dirijo mi atención, en las páginas que siguen, al trabajo que sobre los pueblos y lenguas de México llevaron a cabo dos eminentes figuras de la SMGE: Manuel Orozco y Berra y Francisco Pimentel. Una mirada de conjunto al cuidadoso análisis que hizo Cifuentes sobre su producción científica nos lleva a reconocer que ambos se acercaron a fuentes de diversa índole que interpretaron, reclasificaron y enriquecieron, de acuerdo con su experiencia académica particular -etnográfica, la del primero y lingüística, la del segundo-. En una época en que el acceso al acontecer de las lenguas no contaba con la posibilidad de los registros orales, los datos que analizaron provenían de los textos en lenguas indígenas producidos durante la Colonia, y de los estudios sobre dichas lenguas elaborados en los siglos XVIII y XIX. A estas fuentes se agregó el diálogo con los estudios que sobre el mundo americano aportaban los filósofos y lingüistas norteamericanos y europeos. A pesar de que sus trayectorias académicas diferentes se reflejan en el resultado, no siempre coincidente de sus interpretaciones, podemos constatar que estos académicos supieron hacer empleo del conocimiento de lo propio, para aclarar, puntualizar o cuestionar los datos que, propuestos desde el exterior, ofrecían una relación no siempre bien fundamentada de nuestra realidad.

El reto del Ensayo de clasificación de las lenguas de México, de los Apuntes para las inmigraciones de las tribus de México y de la Geografía de las lenguas de México, obras escritas por Orozco y Berra en el marco de la SMGE, fue desde mi punto de vista, ampliar, someter a análisis, precisar y, en algunos casos, corregir la información que permitiera un anclaje científico sólido al pasado y presente de la pluralidad de México. Con el fin de establecer la relación de parentesco entre los pueblos y describir sus migraciones, sus contactos y sus territorios, Orozco y Berra -a pesar de no ser filólogo ni lingüista-,1 se acogió a los procedimientos de la gramática comparada y a sus principios de clasificación que seguían una progresión de lo simple a lo complejo. Al revisar las páginas de su obra observo que, con base en su propia investigación, ponderó y sometió a juicio crítico los estudios de los especialistas europeos:

…en Europa, tratan los escritores con más acierto cuanto pertenece á la China o á la África central, que lo que a México corresponde,2 fuera por su insuficiencia: [del] catálogo de las lenguas de México, que he formado tan completo como me ha sido posible, […] dan idea apenas aproximada las obras de Hervás, Balbi, etc., cuyas noticias reunidas no llegan ni con mucho á lo que yo presento.3

Observo igualmente que, no obstante su confrontación con los estudios que le antecedieron, Orozco y Berra no sometió a discusión la impronta occidentalizante que marcaba el pensamiento político y científico de su siglo. Su apreciación de las lenguas deja entrever gran afinidad con la ideología lingüística humboldtiana que establecía un paralelismo entre las características de una lengua y aquéllas de la nación que la habla. Desde esta perspectiva relacionó la lengua mexicana con un alto grado de civilización alcanzado por sus hablantes: “De todo esto podremos inferir, que el mexicano es el habla de un pueblo adelantado en la civilización, guerrero, conquistador, inquieto”.4 Por otra parte, su clasificación lingüística del otomí -“…sus palabras se componen cuando más de dos sílabas, y en muy raros casos de tres; aunque es probable que éstas se han introducido en la lengua por el contacto que ha tenido con otras hablas del país”-, fue interpretada en paralelo con la de sus hablantes: “Los otomíes pues […] son un pueblo muy antiguo que conserva su primitiva rustiquez…”5

Cifuentes, al resumir la opinión que Orozco y Berra emitió sobre el panorama lingüístico de México, indica que el español, por ser más homogéneo y culto, fue el idioma al que este autor otorgó el futuro más promisorio. Creo importante enfatizar que la noción clasificatoria que subyace a este acotamiento, no era considerada en su época como subjetiva, sino que estaba en total consonancia con las concepciones genealógicas acerca de las familias lingüísticas y con el orden de cualidades aceptadas en el trabajo del mundo científico europeo. A la luz del paradigma teórico que dominó la investigación lingüística de ese siglo, el español -romance emparentado con la familia indoeuropea que desde 1492 recibiera su bautizo gramatical de manos de Antonio de Nebrija, y que a su larga tradición de lengua escrita añadía su expansión en un amplio espacio de las tierras americanas-, reunía las características clasificatorias que aseguraban su sobrevivencia en las colonias del reino peninsular. Debo añadir que Orozco y Berra se sintió no sólo comprometido con su mantenimiento sino con la salvaguarda de su estructura que veía afectada por el contacto de las lenguas indígenas. De esta suerte, muestra su preocupación porque:

Los indios estropean miserablemente el idioma por falta de enseñanza aunque también por capricho y tenacidad; no dicen completas las palabras, dislocan las concordancias, confunden los géneros, no siguen el giro de las conjugaciones…6

A pesar de que el léxico indígena era ya parte de la riqueza y particularidades del español mexicano en el siglo XIX, podemos aquí apreciar que, al igual que sus contemporáneos, este erudito cuidaba que no se fracturara el nivel formal que ataba el español a un árbol genealógico de noble alcurnia: el de la familia indoeuropea.

La SMGE acordó poner la Comisión Idiomas en la parte lingüística en manos de Francisco Pimentel. Dicha decisión tomaba en cuenta su reconocida trayectoria en el estudio de las lenguas, ya que no había prácticamente trabajo de antecesor suyo que no hubiera consultado y discutido. Su docta erudición se hizo presente en el Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México (1862) cuya introducción se subtituló “Historia y aplicaciones de la filología”:

Hay […] entre nosotros, muchas obras que facilitan el estudio de los idiomas mexicanos; pero falta un libro que los comprenda todos, conforme á las miras de la lingüística: es decir, un libro donde se analicen, describan, juzguen y comparen. En consecuencia, siendo éste el objeto de la presente obra, tiene el carácter de oportuna, el primero que debo poseer todo escrito que se da a la luz pública.7

A lo largo de los años, su familiaridad con las lenguas de México así como su erudición en materia de gramática, filología y lingüística (desde los clásicos griegos a los especialistas europeos, norteamericanos y mexicanos de sus días), legitimaron su cuestionamiento de las diferentes posiciones sobre la clasificación de las lenguas. No pretendo extenderme más sobre los resultados de su obra, que están expuestos pródigamente en el texto de Cifuentes. Me limitaré a colocar un acento de insistencia en algunos de los criterios conceptuales que anclaron su trabajo sobre las lenguas. Pimentel estaba de acuerdo con Federico Schlegel,8 quien opinaba que era arbitrario fincar el origen de las lenguas en un mismo punto inicial, como el de la onomatopeya. Consistente con esta premisa, descartó las tesis sobre los principios progresivos del lenguaje, la onomatopeya, la interjección y el monosilabismo.9 Así, rechazó rotundamente que la ley del lenguaje siguiera un esquema progresivo del monosilabismo al polisilabismo: “…las lenguas en su origen, pudieron tener un estado embrionario; […] después se fijaron; […] fijadas son inalterables, y […] nosotros las hemos conocido ya, en su estado de fijeza”.10 Pimentel apoyó esta tesis haciendo acopio de las características del huasteco, el mixteco, el mexicano y el ópata señalando el polisilabismo de sus palabras simples y mostrando sus afijos y su significado relacional. Con ello argumentó:

los idiomas mexicanos […] no causan una revolución científica, confirman únicamente lo que se ha observado ya respecto de los idiomas de Europa y Asia, es decir, que el monosilabismo de todas las palabras y de todas las inflexiones es una suposición sin fundamento.11

En su disertación ¿La lingüística es ciencia natural?12 se propuso examinar los fundamentos que clasificaban las ciencias humanas en históricas y naturales y los razonamientos que situaban a la lingüística en el segundo de estos campos. En este sentido recuperó la convicción de Humboldt,13 para quien el lenguaje era inherente al hombre, y la aceptó como extensible a las características de cada tipo de lenguas. Su disertación se orientó a la conclusión de que la lengua era por lo tanto obra de Dios: “Dios crió al hombre con la facultad de hablar, como le crió con todas las demás facultades físicas y morales y en este sentido se dice y muy bien, que el lenguaje es natural”.14 Siendo que las ciencias de la historia se ocupaban de las obras del hombre y las ciencias naturales de las obras de la naturaleza quedaba zanjado para Pimentel que: “…la ciencia del lenguaje debe referirse á las obras de Dios, es decir, a las ciencias naturales.”15 Desde esta perspectiva se distanciaba en cierta medida de la postura de Schleicher para quien, como veremos más adelante, el lenguaje era tanto parte de las ciencias naturales (lo lingüístico) como de la historia (lo filológico), y marcaba igualmente distancia con la impronta del darwinismo que permeaba la concepción del filólogo y lingüista alemán.

En el reconocimiento de la superioridad de ciertas civilizaciones y de sus lenguas se mantuvo, en cambio, de acuerdo con la posición de los especialistas europeos. Al argumentar sobre la tendencia a la inalterabilidad de las lenguas, sutiles adjetivaciones acompañaban sus comparaciones:

Ahora bien, el othomí rodeado de lenguas polisilábicas, estrechado por ellas, dominado por una civilización más adelantada, atraído por la perfección del tarasco, por la riqueza del mexicano, pobre en medio de la abundancia: el othomí no ha cambiado nunca, es lo mismo que el primer día, monosilábico y rudo.16

Y los calificativos de excelencia se aplicaban sin titubeos en el caso de la diversificación indoeuropea: “…una mezcla que participa del genio de sus madres, como el español, francés e italiano, por una parte, y el inglés por otra”.17 En ese escenario de cambio lingüístico, el español fue valorado como producto de un contacto afortunado y, aunque no hizo mención puntual a su expansión colonial posterior, cabe indicar que Pimentel manifestó su acuerdo con una regla de Balbi, la cual podía ser esgrimida a favor del estatus de esta lengua frente a las indoamericanas: “…no es la conquista o el dominio lo que introduce tal lengua en tal país, casi siempre es la superioridad relativa del idioma la que acaba por hacerse dominante sea que pertenezca al vencedor o al vencido”.18

Los acercamientos, así como los alejamientos teóricos de los especialistas mexicanos y europeos indican que la distancia espacial y temporal no impidió el ir y venir de las ideas entre los miembros de la SMGE y los estudiosos de otras latitudes. Este fructífero intercambio científico sobre las lenguas cribó entre párrafos y líneas el de las ideas que orientaban el papel histórico de sus hablantes. Detenernos un momento en dos de los interlocutores europeos de Orozco y Berra y Pimentel -Wilhelm von Humboldt y August Schleicher-, es parte de la finalidad de este artículo donde intento aproximarme a las ideas lingüísticas y sociales que hicieron de las lenguas indígenas preciados objetos de estudio, pero aceptaron que el español desplazara su mantenimiento.

El primero de estos hombres nació en la segunda mitad del siglo XVIII; a partir de 1812 sus reflexiones sobre el lenguaje estuvieron imbuidas por la tipología evolutiva que orientó el desarrollo científico de su siglo. Desde esta perspectiva propuso tres momentos para el examen y análisis de las lenguas:

[1] La formación primera, pero completa, de su estructura orgánica.
[2] Las variaciones debidas a añadidos ajenos, hasta que las lenguas vuelven a alcanzar una situación de estabilidad.
[3] Su perfecccionamiento formativo, que les otorga mayor finura, una vez que su delimitación (frente a otras lenguas) y su estructura de conjunto están ya fijas y son inalterables.19

El reconocimiento de las formas gramaticales y sus relaciones sólo era develado -según Humboldt-, cuando se estudiaba cada idioma en su peculiaridad estructural. Por esta razón fue crítico de las descripciones parafraseadas cuando el estudio de una lengua desconocida se abordaba desde la perspectiva de la más conocida. Entre estas descripciones se contaban las de las artes de las lenguas indígenas modeladas a la imagen latina:

Las lenguas de América proporcionan frecuentes ejemplos de tales nociones erradas, y lo más importante que ha de hacerse en las reelaboraciones de las gramáticas españolas y portuguesas es desembarazarse de las torcidas consideraciones de esa índole y fijar los ojos puramente en la estructura original de aquellas lenguas.20

Las lenguas contenían para Humboldt “conceptos de formas” y “conceptos de objetos”. Las formas eran las que cumplían el papel de establecer relaciones para enlazar a los objetos. A las formas de la afijación y la flexión él añadía el de aquellas que originariamente eran léxicas y progresivamente se habían fijado como formas gramaticales. Las lenguas que habían alcanzado un alto grado de evolución, la verdadera flexión, podían expresar el pensamiento con el solo recurso de su forma gramatical. Éstas eran catalogadas como lenguas cultas. Por el contrario, las que únicamente se servían del ordenamiento de palabras y sílabas para indicar las relaciones de los conceptos eran, en la calificación humboldtiana, “lenguas primitivas” que acuñaban el enlace discursivo “de manera incompleta e imperfecta”.21

A la luz de estos principios, el alemán y sus ancestros nobles -el griego, el latín, el sánscrito y el gótico- pertenecían al linaje de las lenguas cultas. De las lenguas indoamericanas, la mexicana fue una de las más apreciadas por este especialista. Reconoció en ella, una progresión gradual que había conducido a la unión gramatical de las palabras con el auxilio de ordenamientos, afijaciones y flexiones. La lengua mexicana, decía, reunía en el infinitivo el concepto de sustantivo, indicado por la ordenación y el de futuro, indicado por la flexión. La sucesiva presencia de formas gramaticales la aproximaba a las lenguas occidentales y mostraba:

…el espíritu de la nación, artífice de la lengua, espíritu que, si un sustantivo […] debía ser usado en el sentido de la preposición, añadía a ese sustantivo una preposición ya existente con el fin de no dejar desunidas gramaticalmente las palabras (al modo del latín ad instar o del alemán inmitten).22

Fuera de esta lengua -junto con la maya y la guaraní que contaban para él “entre las más completas”-, la mayor parte de los otros idiomas indoamericanos presentaba a su parecer formaciones gramaticales todavía imperfectas. Entre los ejemplos con los que apoyó esta última afirmación señalaba la lengua huasteca que sólo había desarrollado formas activas y carecía en absoluto de formas de casos por lo que su primera persona de singular se limitaba a indicar el concepto de “yoidad”,23 y la mixteca, que se expresaba con conceptos de objeto ahí donde la mexicana empleaba formas gramaticales del orden preposicional.24 La causa de esta debilidad lingüística radicaba para Humboldt en sus hablantes: “…no debe olvidarse que la individualidad espiritual de un pueblo puede ser más idónea que otras para la formación de la lengua y el pensar formal (y esas dos cosas van inseparablemente unidas)”.25

Las aportaciones de esta autoridad al estudio de las lenguas tuvieron lugar paralelamente a un momento de fortalecimiento del espíritu nacional alemán que se traducía en la postulación de un estrecho vínculo entre la lengua y el pueblo que la hablaba. Bajo este impacto ideológico Humboldt postuló que:

El criterio para juzgar una lengua es la claridad, precisión y vivacidad de las ideas que ella despierta en la nación a que pertenece, nación por cuyo espíritu está formada y en la que ella ha vuelto a operar a su vez de manera formativa.26

La relación lengua-nación fue a tal punto determinante para él, que lo llevó a asegurar: “…una lengua nunca llegará a poseer una estructura gramatical excelente si no tiene la suerte de ser hablada al menos alguna vez por una nación que sea ingeniosa y piense con profundidad”.27

La flexión, la forma que privilegiaba, era susceptible de mostrarse en los orígenes de una lengua, y el elemento que la hacía progresar o la dejaba de lado, era la individualidad espiritual de cada pueblo.

Lo anterior servía para explicar por qué no todas las lenguas conocidas contaban con formas gramaticales completas y autónomas que permitieran la expresión adecuada del pensamiento. En conjunto, Humboldt vinculó este nivel de cultura intelectual de la lengua al desarrollo de la escritura alfabética y a la excelencia de la literatura.28 Asimismo consideró que el alfabeto era el único que permitía la expresión gráfica de la creación literaria, y desconoció en las lenguas americanas, incluida la mexicana, otra escritura que la desarrollada bajo la influencia española:

…al investigar las lenguas de América mi atención ha estado siempre dirigida al mismo tiempo a averiguar si su estructura lleva las huellas del uso de alfabetos perdidos. Pero nunca he encontrado tal cosa: antes bien, el organismo de esas lenguas es precisamente de tal naturaleza que […] puede atinadamente concebirse que esas lenguas no llegaron a la invención de un alfabeto…29

A juicio de Humboldt, sin alfabeto no era posible la organización de secuencias narrativas. En consecuencia, a pesar de que apreció el grado de perfección alcanzado por los jeroglíficos mexicanos -a los que juzgó capaces de conservar el pensamiento y no sólo las meras imágenes-, descartó la posibilidad de que pudieran ser testimonio de la poesía que en esta lengua se citaba.30

Por su parte, Schleicher fue una de las figuras europeas más sobresalientes en el campo de las concepciones genealógicas sobre las lenguas. Siendo él mismo un versado botánico, su trabajo filológico estuvo influido progresivamente por las ciencias naturales y por las tesis evolucionistas sobre la vida orgánica, de las que Erasmus Darwin, en el siglo XVIII, y Charles Darwin en la segunda mitad del siglo XIX fueron representantes destacados.

Fascinado tanto como Humboldt por la morfología flexiva definió la palabra como “un producto del pensamiento donde concurren la significación y la relación“.31 Esta última, señalaba, no podía faltar en ninguna lengua humana pero no siempre era explícita en su estructura, lo que interpretó como indicador de procesos distintos de evolución. De esta suerte, postuló a la manera en que los naturalistas postulaban la evolución de los organismos, un trayecto histórico que se manifestaba en tres clases. Una clase inicial, donde la palabra presenta una rigurosa unidad, pero carece de la expresión particular de sus relaciones: el estadio de las lenguas monosilábicas; una clase intermedia, donde a menudo las relaciones se explicitan con el auxilio de palabras yuxtapuestas o afijadas, aunque a expensas de la unidad: las lenguas aglutinantes y, finalmente, una tercera clase donde se encuentran incorporadas significación y relación sin perder la unidad:

He aquí, la clase más elevada, la más rica, la más fecunda, las más flexible; la que refleja mejor que las precedentes los movimientos del alma y del espíritu, el acto del pensamiento donde ocurre la fusión completa de la significación y de la relación...32

Schleicher se interesó por marcar una clara distinción entre la filología y la lingüística. La primera era una ciencia histórica que a través de la lengua permitía reconocer la esencia intelectual de las nacionalidades. Su existencia estaba anclada en el arte de escribir, donde se plasmaba la actividad intelectual y la construcción de la nacionalidad.33 La sintaxis y el estilo eran objetos de esta ciencia por ser dependientes del pensamiento y la voluntad de los individuos. Por su parte la lingüística daba cuenta de la organización de las formas esenciales de la lengua que existían independientemente de la voluntad de los individuos. Se trataba, por lo tanto, de formas puras, como las de las ciencias naturales y su estudio pertenecía a esta disciplina.34 La distinción planteada por Schleicher tenía claras consecuencias metodológicas: al igual que otras especies de la naturaleza, había clases de lenguas que dependían de otras, con lo que el lingüista se veía obligado a trabajar como el botánico o el zoólogo, comparando reinos enteros de lenguas, mientras el filólogo podía contentarse con estudiar una o dos a profundidad.

A la luz de los conocimientos que proporcionaba la lingüística, Schleicher estableció analogías que orientaban su propuesta clasificatoria de los idiomas. Los conocimientos que existían hasta ese momento sobre las lenguas americanas indicaban que del norte al sur del continente, éstas presentaban muchas analogías entre ellas pero nada en común con las lenguas europeas. Sin embargo, no dejó de reconocer la ausencia de investigaciones lingüísticas suficientes para poder establecer clasificaciones puntuales y exhaustivas.

Al igual que Humboldt, planteó un vínculo estrecho entre, por un lado, la flexión y las posibilidades que ésta brindaba a la creación literaria y, por otro, la importancia del papel histórico de los pueblos que habían desarrollado esta forma gramatical. Las lenguas indogermanas eran las únicas que a su juicio podían guiar el estudio de los idiomas europeos ya que pertenecían -al igual que las semíticas- a la categoría flexional. En su opinión ambas eran las únicas susceptibles de reconstruir la historia de la humanidad.35

Schleicher, quien se había adentrado principalmente en el conocimiento de las lenguas orientales (el chino en particular), tenía también una opinión formada sobre los idiomas indoamericanos. A sus ojos, éstos no reunían las condiciones para entrar en el campo de la filología, pero eran objetos de estudio que merecían la atención de la lingüística36 en la misma medida en que otros “seres orgánicos” eran acreedores de atención científica. Es en este sentido que insistió en la necesidad de entablar estudios minuciosos acerca de ellos.37

Los resultados de la investigación sobre las lenguas de México en el siglo XIX, que recupera Cifuentes nos demuestran que los especialistas mexicanos que colaboraron en la SMGE, dieron amplia respuesta al requerimiento de Schleicher. En la misma medida, conducen a la reflexión sobre la paradoja del desencuentro entre el estudio de las lenguas indígenas y la legitimación de sus hablantes. Dicha paradoja encuentra su explicación en el contexto de las ideas sociales que a lo largo de la historia se han mantenido vinculadas al trabajo científico.

Por una parte, la importancia del conocimiento sobre las lenguas indoamericanas fue reconocido de manera unánime, tanto por los eruditos mexicanos como por los especialistas europeos. Dicho conocimiento contribuyó a ampliar el campo de investigación de la lingüística comparativa. En él fueron ubicados los idiomas de los pueblos precolombinos, que ejemplificaban distintos momentos del desarrollo del lenguaje. Más allá de la atención que les acordaron Orozco y Berra y Pimentel, Schleicher y W. von Humboldt, las explicaciones sobre su origen, el análisis de sus complejas estructuras y las propuestas para su clasificación, fueron el centro de un amplio número de trabajos científicos a lo largo del siglo XIX. Por otra parte, no recibió igual atención la reflexión académica sobre el derecho de estos idiomas a subsistir, al lado del español. Esta ausencia se tradujo en la pérdida de varias lenguas indígenas en el siglo de la independencia38 y en el marcado descenso del número de sus hablantes.39 El español fue clasificado como un idioma más completo y perfecto, lo que dio por sentado su derecho lingüístico a permanecer como la lengua de oficio del México independiente.

Desde otro ángulo, los hablantes de las lenguas indígenas no fueron acreedores a tener un lugar en la formación de la conciencia nacional. Liberales y conservadores expusieron por igual razones que sustentaban la necesidad de “desindianizar” al país, si éste aspiraba a alternar económica y culturalmente con aquellos que ya eran parte del mundo industrializado.40 Su diversidad era por demás contradictoria con los principios que dominaban los espíritus nacionalistas de la época. De acuerdo con ellos, la uniformidad lingüística y cultural era requisito tácito para el fortalecimiento de la nación. Los estudiosos de las lenguas y las culturas no fueron ajenos a este principio fundador de los estados nacionales. Así como Orozco y Berra se atemorizó ante la posibilidad de que los hablantes indígenas corrompieran el español, Pimentel veía con tal pesimismo su futuro racial y cultural que proponía: “que los indios olviden sus costumbres y hasta su idioma mismo si fuere posible. Sólo de este modo […] formarán con los blancos una masa homogénea, una nación verdadera”.41

Los hablantes de las lenguas estudiadas profundamente en el siglo XIX fueron un capítulo ya cerrado para la historia moderna; al no reunir las cualidades que exigía la imagen del progreso en el proyecto de la nación independiente, no tuvieron lugar en ella.

Bibliografía

Humboldt, Wilhelm von, “Sobre el estudio comparado de las lenguas en relación con las diversas épocas de su evolución”, en Escritos sobre el lenguaje, Barcelona, Península, 1991, pp. 33-59.

____________, “Sobre la génesis de las formas gramaticales y su influencia en la evolución de las ideas”, en Escritos sobre el lenguaje, Barcelona, Península, 1991, pp. 67-100.

____________, “Sobre la escritura alfabética y su conexión con la estructura de las lenguas”, en Escritos sobre el lenguaje, Barcelona, Península, 1991, pp. 101-132.

Mora, José María L., México y sus revoluciones (edición facsimilar), París, Librería de la Rosa, 1836.

Orozco y Berra, Manuel, Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México, México, Imprenta de J.M. Andrade y F. Escalante, 1864.

Pimentel, Francisco, Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México, 1862.

____________, “Importancia de la lingüística”, en Obras completas, t. II, 1861, pp. 499-506.

____________, “Historia y aplicaciones de la filología”, en Obras completas, t. II, 1862, pp. 509-541.

____________, “¿La lingüística es ciencia natural?”, en Obras completas, t. II, 1889, pp. 557-558.

Schleicher, August, Les langues de l’Europe moderne, Paris, Lagrange/Garnier, 1832.

Urías, Beatriz, Indígena y criminal, México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 2000.

Sobre la autora
Dora Pellicer
Escuela Nacional de Antropología e Historia, INAH.


Citas

  1. “Debe saber el lector, que el primer elemento con que cuenta para creer en mi ensayo de clasificación es, que soy del todo ignorante de las lenguas del país. Así pues nada entiendo de sus sistemas gramaticales, ni de sus diccionarios, ni menos las he analizado y comparado. Las clasifiqué siguiendo única y exclusivamente la autoridad: es decir, adopté como verdades demostradas las opiniones que los autores de las gramáticas asientan acerca del parentesco o afinidad de las lenguas.” Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México, 1864, pp. X-XI. []
  2. Ibidem, p. IX. []
  3. Ibidem, p. XI. []
  4. Ibidem, p. 15. []
  5. Ibidem, p. 17. Cabe señalar que al emitir estos juicios, Orozco y Berra se acogió en gran medida a los de fray Manuel Crisóstomo Nájera en su Disertación sobre la lengua othomí, expuesta en 1839 ante la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia. []
  6. Ibidem, p. 64. []
  7. Francisco Pimentel, introducción de la primera edición del Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México, t. II, p. 517. []
  8. Cfr. “¿La lingüística es ciencia natural?”, en Obras completas, t. II, 1889, pp. 557-558. []
  9. “Pasando a consultar la historia y el mecanismo de las lenguas vemos que es falsa la supuesta gradación del lenguaje, ya se le considere elevándose desde el monosilabismo hasta el polisilabismo, ya desde la interjección hasta el verbo, ya se refiera a su origen exclusivamente à la onomatopeya.” Ibidem, p. 554. []
  10. “Importancia de la lingüística”, en Obras completas, t. II, 1861, p. 504. []
  11. “¿La lingüística es ciencia natural?”, en Obras completas, t. II, 1889, p. 552. []
  12. Ibidem, pp. 547-580. []
  13. Ibidem, p. 579. []
  14. Idem. []
  15. Ibidem, p. 580. []
  16. Ibidem, pp. 562-563. []
  17. “Importancia de la lingüística”, en op. cit. p. 503. []
  18. Balbi citado por Pimentel, en ibidem, t. II p. 505. []
  19. Wilhelm von Humboldt, [1820], “Sobre el estudio comparado de las lenguas en relación con las diversas épocas de su evolución”, en Escritos sobre el lenguaje, 1991, pp. 33-59. []
  20. Wilhelm von Humboldt, [1822], “Sobre la génesis de las formas gramaticales y su influencia en la evolución de las ideas”, en Escritos sobre el lenguaje, 1991, pp. 67-100 (cita p. 71). []
  21. Ibidem, p. 95. []
  22. Ibidem, p. 89. []
  23. Ibidem, p. 77. []
  24. Ibidem, p. 89. []
  25. Ibidem, p. 82. []
  26. Ibidem, p. 70. []
  27. Ibidem, p. 93. []
  28. A pesar de lo anterior, Humboldt no pudo dejar de reconocer que la lengua china -a sus ojos, estaba casi desprovista de formas gramaticales-, había desarrollado por milenios su propia literatura, obras filosóficas e históricas. Cfr. ibidem, pp. 97-98. []
  29. Wilhelm von Humboldt, [1824], “Sobre la escritura alfabética y su conexión con la estructura de las lenguas”, en Escritos sobre el lenguaje, op. cit., pp. 101-132 (cita p. 121). []
  30. Cfr. ibidem, p. 129. []
  31. August Schleicher, Les langues de l’Europe moderne, 1832, p. 8. []
  32. “Voilà certainement la classe la plus elevée, la plus riche, la plus féconde, la plus flexible; elle seule reflète mieux que les précedents, les mouvements de l’âme et de l’esprit, l’acte de la pensée dans laquelle […] il y a fusion complète de la signification et de la relation…” Ibidem, p. 12. []
  33. “…la philologie étudie la langue pour arriver par là à la connaissance de l’essence intellectuelle des nationalités; la philologie appartient à l’histoire […] (elle) ne saurait exister que là où il y a de la littérature; elle se sert de la langue comme un organe pour étudier la vie intellectuelle et morale d’une nation.” Ibidem, pp. 1-2. []
  34. “Tout ce qu’il y a dans la langue de naturel, c’est a dire provenant de l’essence naturel de l’Homme, et mis en dehors de l’influence de la volonté, c’est la science des formes, elle appartient à la linguistique.” Ibidem, p. 4. []
  35. “…la marche historique des idiomes européens, elle ne saurait être étudiée en général que chez les Indo-Germains […] seules les langues à flexion, celles de Sémites et des Indo-Germains, ont porté sur leurs épaules jusqu’au aujoud’hui l’histoire de l’humanité.” Ibidem, p. 54. []
  36. “Nous n’avons point une philologie des idiomes américains, parce que leurs peuples n’ont ni histoire ni littérature proprement dites: mais celà n’empêche pas ces idiomes d’être des objets éminemment importants pour la linguistique.” Ibidem, p. 2. []
  37. “Il est enfin temps, ce me semble, de pousser les recherches dans les langues américaines, […] On connaît touts les ordres des êtres organiques; pourquoi s’arrêteraiton devant les langues américaines […]?” Ibidem, p. 49. []
  38. Menciono entre otras: el californiano, el lipano, el concho, el chuchón, el guasave, el pochuteco, el tubar y el chiapaneco. []
  39. Aproximadamente un 48 por ciento si se comparan los datos del Censo de Revillagigedo al terminar el siglo XVIII y los del primer censo nacional de población en 1895. []
  40. Cfr. José María Luis Mora, México y sus revoluciones, 1836. []
  41. Francisco Pimentel, “Memoria sobre las causas que han originado la situación actual de la raza indígena de México y medios de remediarla”, en Obras completas, t. III [1864], 1903, pp. 140. Citado por Beatriz Urías, Indígena y criminal, 2000, p. 15. []

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