Introducirse en el mundo de la religión mesoamericana no es tarea fácil. Se requiere viajar a otras épocas, acercarse a otra mentalidad y tratar de comprender una visión del mundo diferente a la que estamos acostumbrados. Ello implica buscar y aplicar la metodología adecuada, leer todo lo más posible sobre el tema, plantear problemas y hacer las preguntas adecuadas al tema que se pretende investigar. Más aún, la pesquisa de un dios mesoamericano presenta diversas complicaciones, puesto que las divinidades se caracterizan por su polisemia y sus múltiples relaciones con diversos aspectos. Comúnmente nos ocultan su esencia y sólo nos dejan ver lo más superficial, puesto que muchos de los datos aparecen velados. Afortunadamente, para el estudio de las deidades mesoamericanas contamos con importantes fuentes de información. Sin embargo, por un lado, la documentación escrita que se conserva pasó previamente por el filtro de la mirada occidental o mestiza de sus autores. Por otra parte, es imprescindible realizar el análisis e interpretación cuidadosos de la información de raíz netamente indígena, lo cual implica, entre otras cosas, confrontar gran cantidad de datos. Además, las imágenes plasmadas en diversos soportes —como papel, barro, piedra o muros pintados— nos hablan silenciosamente. Por ello, en el arduo trabajo de la investigación de “lo sagrado” pareciera que a veces el tema se nos escapa de las manos, o bien se acumula tanta información, a veces disímil, que no es fácil asirla para encontrar los hilos conductores más convenientes. Por ello es preciso recorrer un amplio camino y, en algunas ocasiones, regresar, corregir, reformular y buscar nuevos derroteros para lograr los objetivos planteados. Pero cuando se saca avante el proyecto, se obtiene una gran satisfacción que nos renueva el ánimo para continuar con la tarea que nos impusimos. Igualmente, nos insufla las fuerzas necesarias para seguir ensayando diferentes senderos que nos den luz sobre el tema a investigar. Ello para responder a las cuestiones y preguntas que fueron surgiendo en el transcurso de la aventura y, finalmente, poder aportar un peldaño en el acercamiento a la comprensión de la religión mesoamericana. Desde mi punto de vista, este fue el camino que compartí con Carlos González González en el desarrollo de su proyecto de investigación de doctorado. Trabajo que ahora, felizmente, ve la luz en forma de libro, el cual destaca por sus aportaciones.
La obra aborda una deidad enigmática: Xipe Tótec, cuya forma de culto llamó la atención de los cronistas por su cruenta práctica ritual: el desollamiento de víctimas y el vestirse la piel de los ofrendados, acciones que eran compartidas con la diosa madre Teteu innan en el rito dedicado a ella en la veintena de Ochpaniztli. El autor nos ofrece un estudio pormenorizado de “Nuestro señor el desollado”, “el pregonero”, o “el que se embriaga de noche”, trabajo que profundiza en las diversas significaciones que caracterizaron a este numen.
La investigación rastrea la presencia de Xipe Tótec a través de la arqueología en diversas partes del territorio mesoamericano, y en sus diferentes periodos. Discute las propuestas de los estudiosos que lo han identificado, desde época temprana, en representaciones que visten una piel humana. Sin embargo, con base en el minucioso análisis realizado, el autor establece que Xipe Tótec, con sus principales elementos distintivos como el portar una piel humana, el yopitzontli, la falda de zapote y su asociación con esta planta, queda definido en el Posclásico temprano, época en la que se encuentra presente en diversas partes de Mesoamérica, al igual que la práctica del sacrificio gladiatorio. Asimismo, lo detecta en la migración de los mexicas hacia la cuenca de México a través del calpulli Yopico, parcialidad que lo tenía como dios patrono y que desempeñó un importante papel en la fundación de México Tenochtitlan. Con ello González González vuelve a poner en la mesa de discusión la presencia de esta deidad en diferentes tiempos y lugares de Mesoamérica. Ya en México Tenochtitlan indica los sitios destinados al culto del dios, como el espacio dedicado a la realización de su fiesta dentro del recinto sagrado, que el autor ubica en su parte sur, y Tlalcocomoco, su templo periférico en la parcialidad de Moyotlan, sitio asociado al preludio de la futura ciudad, y relacionado con el corazón de Cópil, elemento que fue el fundamento sacrificial del establecimiento de la capital mexica.
De igual manera, el autor persigue a Xipe Tótec tanto en los retazos de las narraciones mitológicas conservadas como en las festividades. Explora y entrelaza mitos y ritos para develar las significaciones del dios. De esta manera, ubica tanto a la divinidad como el inicio de los sacrificios por desollamiento y flechamiento en el ocaso de Tula. Señala los orígenes de la guerra sagrada y su recreación ritual en la ceremonia de la veintena de Tlacaxipehualiztli. Establece sus nexos con diversas entidades sagradas como Quetzalcóatl, Nanáhuatl, algunas de las manifestaciones de la diosa madre y el Quinto Sol.
Profundiza la relación que, de acuerdo con los mexicas, existía entre la agricultura y la guerra, asociación que ante los ojos del pensamiento occidental no podrían ser compatibles. Sin embargo, nos muestra que guerra y agricultura quedan indisolublemente unidos en la fiesta de Tlacaxipehualiztli, ya que la inmolación de cautivos apresados en las batallas incidía en la fecundación de la tierra. Además, el principal acto ceremonial de la celebración, que era el rayamiento de los guerreros más valientes apresados, coincidía en la misma veintena con elementos propiciatorios para la lluvia, la siembra y el desarrollo del maíz. Así, por ejemplo, la gente ofrecía a quienes portaban las pieles desolladas y a Yohuallahuan, sacerdote de la deidad, parte de las mazorcas que tenían suspendidas en sus casas, cuyos granos servirían para la siguiente siembra. Igualmente, colgaban las pieles para vaticinar la cantidad de las futuras lluvias dependiendo de la abundancia de grasa que escurriera de ellas. Asimismo, llama la atención sobre la equiparación simbólica entre la milpa y el campo de batalla.
El autor escudriña el complejo simbolismo de la deidad al hacerle una disección minuciosa, quitarle la piel y analizar sus componentes. Por ello va más allá de lo que se había dicho sobre esta divinidad, que en gran parte se limitaba a los planteamientos de Eduard Seler, quien lo calificó como “dios de la primavera” siguiendo el canon de las estaciones de otras latitudes. Debido a la coincidencia de la fiesta de Tlacaxipehualiztli con el equinoccio vernal, el erudito alemán lo definió como el dios propio de dicha estación y, por ello, relacionado con el rejuvenecimiento de la naturaleza. Sin embargo, como ya es bien sabido, en Mesoamérica sólo se consideraba la existencia de dos estaciones: xopan y tonalco, es decir, épocas de lluvia y de sequía, respectivamente. Con base en esta premisa Carlos González establece los vínculos, la polaridad y la complementariedad entre Tlacaxipehualiztli y Ochpaniztli, y señala que esta última veintena era la preparación o preludio para la guerra, pues en ella el huey tlatoani o supremo gobernante entregaba armas y divisas para las batallas, en tanto que en Tlacaxipehualiztli se celebraban las victorias militares de las campañas realizadas en la época de sequía, el gobernante daba recompensas a los guerreros que se habían distinguido y los mexicas hacían alarde de su poder ante los gobernantes de otros pueblos.
González explora otras interpretaciones, y para ello toma en cuenta diferentes variables, no sólo la principal característica de su culto: el desollamiento, sino también la relación de esta práctica con la regeneración del maíz y los nexos del numen con Toci —Teteu innan y Tlazolteotl, deidades asociadas con el desollamiento—. Asimismo, analiza las fiestas que estaban ligadas a Tlacaxipehualiztli, esto es, Atlcahuallo, Tozoztontli y Ochpaniztli, al igual que la presencia velada del dios en la fiesta de Etzalcualiztli. Otra de las directrices que sirvieron como hilo conductor de la investigación fue la planta sagrada por excelencia: el maíz. Así, profundiza en las complejas relaciones entre la deidad que trata, y este alimento divino otorgado por las dioses y la guerra. De esta manera, establece la equiparación simbólica entre el maíz y los guerreros ofrecidos en la fiesta de Xipe Tótec, ya que ambos eran desollados, desmembrados e ingeridos.
Al abordar los nexos de esta divinidad con la práctica militar, destaca su presencia cuando los guerreros eran ascendidos de jerarquía y recibían distinciones por parte del huey tlatoani en Tlacaxipehualiztli. También señala la participación del dios en las ceremonias de investidura de los tlatoque y tetecuhtin, por ello el numen estuvo relacionado con el dios del fuego, ya que ambos compartían además el signo calendárico ce itzcuintli, favorable para la asunción al poder. Por último, se puede apreciar que Carlos González González devela en este libro muchos de los misterios que encierra esta deidad, así como su complejidad y sus múltiples relaciones con diversos aspectos naturales, sociales, políticos y religiosos.
Sobre la autora
Silvia Limón Olvera