Lo masculino y lo femenino se nos aparecen como diferencias en la constitución de los seres enraizados en la biología. Las distinciones corporales que perceptualmente son captadas entre los sexos sirven para guiar la conducta reproductora. Resulta patente lo anterior en el reino animal, donde se destacan las señales específicas a cada sexo, acentuadas en los periodos en los que tienen lugar los apareamientos que aseguran la supervivencia de la especie. Pareciera entonces que en el ser humano las imágenes de lo masculino y lo femenino deberían conformarse de la misma manera, apoyándose en las distintas morfologías de los cuerpos que permiten saber quién es hombre o quién es mujer.
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